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Retrato de septiembre

septiembre 15
23:08 2016

Autor: Verónica Mastretta

Hace justo un año que unos ojos curiosos y sensibles muy cercanos a mí observan el zócalo de México cada día. Unos ojos que lo conocían poco y que han aprendido a descubrir en él a México entero, con lo bueno y lo malo. Han visto de todo en estos doce meses, de septiembre a septiembre. Lo primero que vieron fue la organización de la ceremonia del grito y luego el grito mismo con un zócalo repleto tres noches después, abarrotado, sin que importara mucho quién saldría por el balcón; lo  importante sucedía abajo, con miles de personas divertidas con las peloteras y el borlote, el ruido y las fritangas, con los niños desvelados mirando al cielo sobre los hombros de sus padres, esperando el resplandor de los fuegos artificiales.

El zócalo casi nunca descansa. Lleva siglos siendo el centro político y religioso del país. Marchas, plantones, eventos culturales, protestas, desfiles, campamentos, mítines, conciertos, cortejos fúnebres, todo convive y compite por un pedazo del corazón de México. Ahí sucede lo más inusitado, lo más impredecible. Rodeando la plaza al este, el Palacio Nacional, el emblema del poder oficial y laico. Al norte, la Catedral Metropolitana es el emblema de los poderes fácticos del clero y las creencias. Al sur, El Antiguo Palacio del Ayuntamiento  y el Edificio de Gobierno. Al oeste la plaza está rodeada por edificios comerciales, administrativos y hoteles. En la esquina noroeste está el Museo del Templo Mayor. Por eso  el eco de lo que ahí sucede se oye en todo el país.

La enorme plaza central, la segunda más grande del mundo, es la tierra de todos y de nadie, el espacio del pueblo. Hace ya unos años se colocó  justo en medio un asta enorme, en la que cada día izan y arrían una gigantesca bandera. Se ve preciosa. Nadie pelea con ella. Solo al atardecer la bandera se rinde ante la noche.

Hay días en que las marchas de peticiones, solicitudes o protestas son tranquilas. Otros días, los granaderos llegan como prevención y otros como contención para que las cosas no pasen a mayores. Puede ser que durante horas, de un lado los policías con sus escudos, sus cascos y macanas se enfrenten cara a cara con los grupos más aguerridos que hay en México, armados como solo ellos saben hacerlo. La línea divisoria entre policías y manifestantes puede ser tan delgada como un hilo de seda que contiene milagrosamente a ambos lados. Y aun así, este año, de septiembre a septiembre, el zócalo ha sobrevivido esos acontecimientos con saldo blanco. Se dice fácil, pero no lo es. Hay mucho encono en nuestro país, sobran los motivos para protestar, pero también sobran las razones para preferir que se logren acuerdos antes que buenos pleitos.

Hay tanta energía rara en ese zócalo. Pensar que la piedra ceremonial más importante  y emblemática de la cultura prehispánica, el calendario Azteca,  estuvo primero enterrada en el zócalo, frente a la catedral casi 200 años, y luego adosado a la pared izquierda de la catedral por otros casi cien, es para mí un indicador de que ahí todo puede suceder y casi todo puede convivir.

Esta semana mi curiosa y querida testigo del acontecer en el zócalo me mandó el siguiente chat:

“Te mando esta foto que tomé hoy en la tarde en el zócalo, una tarde particularmente despejada por las lluvias y el viento que le sobraron al último huracán. Fue una tarde airosa y especial, con cielo azul y nubes. Te la mando porque hoy  entendí lo que es el amor por México. Me tocó estar ahí cuando llegó la hora de bajar la bandera y hacía un aire terrible. La bandera  aún estaba húmeda y pesaba muchísimo. Los soldados designados para bajarla no la podían controlar. Cuando inició la ceremonia no calcularon que eso sucedería. No sabía y ahora lo sé, que la bandera no debe nunca tocar el suelo en esta ceremonia, pero peligrosamente empezó a rozarlo mientras los soldados trataban con todas sus fuerzas de impedirlo; los hombres designados no eran suficientes porque cuando inició el protocolo no hacía tanto aire. Se ve que desde el Palacio Nacional, desde donde todo lo supervisan, se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo. El problema era ese, que ya estaba sucediendo. Entonces pasó lo que pasó. Los civiles que estaban viendo los intentos fallidos de los soldados para que la bandera no tocara el suelo, sin más entraron a apoyarlos, a ayudarlos, y entre todos cargaron la bandera mientras se iba doblando  de acuerdo al protocolo. Ningún soldado se opuso a la ayuda de los civiles, lo importante  era que no se arrastrara la bandera; y ahí estuvieron ciudadanos anónimos, ayudando con todo, aunque ya habían llegado los refuerzos. Al final, de manera espontánea, uno de ellos saludó a la bandera y todos los demás siguieron el ejemplo. Miré la hora. Solo habían pasado diez minutos. Los que ahí estuvimos creo que sentimos lo mismo: no solo un profundo amor por México, sino lo que eso significa. Meter el hombro cuando hace falta, sin escatimar, sin condiciones.”

¿No es justo esa actitud, ese espíritu de lo que sucedió en el zócalo lo que nuestro país necesita?

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1 Comentario

  1. no tengo
    no tengo septiembre 20, 17:59

    Hola, me gusta mucho la informacion.

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