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Las tormentas de Eduardo Rivera y RMV

Las tormentas de Eduardo Rivera y RMV
Diciembre 16
08:37 2016
  • Era marzo del 2010, y Eduardo Rivera estaba a un paso de convertirse en el candidato a la alcaldía de Puebla por el PAN, muy en contra de los pronósticos.

 Erika Rivero Almazán

(Primera Parte)

Eduardo Rivera Pérez nunca fue el favorito.

Había muchos otros antes en la lista para convertirse en candidato a la alcaldía de Puebla y romper el estigma perdedor que arrastraba el PAN en la capital con José Antonio Díaz García, Antonio Sánchez Díaz de Rivera y Pablo Rodríguez Regordosa.

El principal detractor de Rivera era el candidato a la gubernatura, Rafael Moreno Valle, quien hizo todo lo posible para impulsar a otra figura en esa posición: pasando por el priista Enrique Doger, a algún ciudadano fuera del círculo rojo o, al final, al propio entonces senador Humberto ‘El Tigre’ Aguilar Coronado, quien al final del camino perdió la contienda interna contra Rivera.

Pero no.

En contra de todo pronóstico, se concretó la candidatura de Eduardo Rivera a la alcaldía de Puebla.

Este cambio inusitado en el panorama panista tiene su historia:

Rivera Pérez fue el primero en alzar la mano: inmediatamente después de concluir las elecciones federales del 5 de julio del 2009, cumplió su promesa y citó a una rueda de prensa para hacerlo oficial: competir por la candidatura a la alcaldía de Puebla.

Y es que desde su regreso de España, tras permanecer en Madrid por año y medio para completar sus estudios de postgrado en la universidad Complutense, Eduardo Rivera Pérez se rebeló como el próximo aspirante a la alcaldía de Puebla.

Apoyado por la ultraderecha, su primera misión fue asegurarle una diputación plurinominal con el cargo de líder de la bancada panista en el Congreso Local.

A partir de ése momento, los reflectores lo acompañaron.

Fue entonces cuando Rivera demostró su perfil y rompió el paradigma de sus antecesores, siempre contestatarios y herederos de las tomas de tribuna, los encadenamientos y pancartas: Eduardo Rivera optó otra vía: sentarse en las mesas priistas y compartir el pan y la sal con ‘el enemigo’, tomarse la foto con los marinistas y desertar de las declaraciones incendiarias en la prensa contra sus opositores.

Pasó la prueba de fuego cuando tras el escándalo nacional de la periodista Lydia Cacho y  el gobernador de Puebla, Rivera no corrió a morder la yugular de Mario Marín, como dictaría la lógica del panismo tradicional.

Fue medido y reservado en su crítica.

Tildado de tibio e inexperto, Eduardo Rivera no modificó su perfil:

Tenía sus motivos: ya había conocido las entrañas del Partido Populista Obrero Español y el Partido Popular, y de cómo la derecha recalcitrante europea se había ido modificando, modernizando, hasta ahora llegar a una línea ‘centro-humanista’. Esa era su aspiración para el PAN, sobre todo, llevarlo al nivel estatal.

Él mismo se definió como “un político profesional: es mi vocación. Me gusta hacer una política realista, responsable y de resultados, de resolver problemas sociales utilizando las técnicas y las herramientas políticas.

“La política no es estar agarrado de la greña, con constantes declaraciones incendiarias en la prensa. Creo más en la política del diálogo, el entendimiento, la negociación, que en  denostar, señalar y oprimir al adversario. Como diputados (panistas) podemos reconocer en el adversario la posibilidad de que pudiera tener razón y hasta mejores propuestas que nosotros. Si benefician al estado, bienvenidas, que se aprueben y que se aplaudan, pero también, como oposición ante las políticas públicas del gobierno, cuando estas decisiones sean inconvenientes, las vamos a reprobar. (Milenio, Mayo 29 2009)”.

Así fue construyendo vínculos: escuchaba a todas las voces sin discriminar a ninguna, respondía su celular a quien lo llamara, conducía su propio coche y hacía cola en la fila del cine los fines de semana.

Sencillo y austero.

Sin poses de grandilocuencia.

Sin bravuconadas.

Sin marearse en el ladrillo.

Paso a pasito, lentamente, fue ocupando un lugar de cierto respeto en la farándula política, sobre todo, en el círculo rojo.

Fue en el declive natura del ‘Pastor’, Francisco Fraile, cuando Eduardo fijó su posición en las filas de la ultraderecha: se convirtió en el heredero del báculo del Pastor, y por ende, en el vehículo oficial más eficaz de la Organización en Puebla.

Cuando se le preguntó si era ‘heredero del Pastor’, en referencia de convertirse en el relevo de Francisco Fraile, Rivera respondió: “Si se habla de un Pastor, es porque pastorea un rebaño, y ésa es una práctica que ya no se hace en el PAN, y que nunca debió existir. En lo personal, ejerceré un liderazgo en el Congreso o donde el partido me lo indique, pero jamás utilizaré el patrimonio de los demás ni me apoyaré de sus carreras buscando mi beneficio personal. Yo sí estoy dispuesto a trabajar con los mejores, rodearme de personas más competentes que yo, y llegado el momento, abrirles las puertas para que lleguen más lejos. Creo en un liderazgo que te haga rodearte de los mejores, que no se sienta uno con el derecho de tener el patrimonio de los logros de los demás, ni de sus carreras, sino estar consiente que absolutamente todo obedece a una corresponsabilidad del equipo..”.

 

Domando al Tigre hasta enjaularlo

La candidatura es de quien la trabaja, decía Eduardo Rivera. Tal vez por eso Humberto ‘el Tigre’ Aguilar Coronado se quede como el perro de las dos tortas.

La apuesta del Tigre fue abocarse a tejer sus alianzas en el círculo rojo, con los grandes liderazgos del PAN y con Santiago Creel, haciendo caso omiso a lo que él ya sabía: el cacicazgo poblano de los ‘yunquísimos’ pesa.

Y mucho.

Y no puede, ni debe ignorarse.

Así que mientras el Tigre esparció sus semillas en el campo capitalino y a nivel presidencial, Lalo las regó en tierras aldeanas.

Fue así como la encuesta levantada por GEA-ISA a finales de febrero concedía una ventaja al Tigre de alrededor de 6 puntos porcentuales.

La publicación del sondeo de opinión en los medios de comunicación provocó que Eduardo Rivera, en vez de tirarse al piso y lamentar su derrota, reconociera abiertamente que iba abajo en las encuestas pero que iba a repuntar en menos de 15 días.

Y lo logró.

Así, mientras el paso del Tigre fue titubeante, tímido y poco claro en sus aspiraciones, primero por Casa Puebla, y después por la alcaldía (de lo perdido, lo que aparezca), Eduardo Rivera siempre dio pasos cortos, pero seguros: reconoció su falta de conocimiento y su bajo nivel de intención de voto, pero empezó a trabajar al día siguiente en que terminó el proceso electoral federal del año pasado: en una rueda de prensa oficial fue el único que dio a conocer su intención de convertirse en el candidato del PAN a la presidencia municipal de Puebla.

Desde ese momento, emprendió (aparentemente) solo su camino, el cual, hay que reconocerlo, siempre fue ascendente.

Paso a pasito.

Lento, pero seguro.

En contra parte, el Tigre, fue empequeñeciéndose lentamente en su guerra contra Rafael Moreno Valle y Ana Teresa Aranda: mientras estos dos personajes peinaban el estado, tocaban puertas y se arrebataban la preferencia de la militancia, el Tigre prefirió evitarse la fatiga.

El día de la verdad llegó y las encuestas del CEN lo arrojaron a la tercera posición.

Motivo por el cual, ya viéndose sin salida, el Tigre optó por la retirada.

En ése momento la jugada fue la correcta, de lo contrario, hubiera corrido la suerte de la Doña, quien sufrió una estocada mortífera de dos a uno en la contienda interna.

El Tigre, con esa gala ufana que tanto le caracteriza, se le hizo fácil pedir como ‘regalo de consolación’ la alcaldía de Puebla.

Y todavía le puso condiciones: siempre y cuando no lo expusieran a pasar el trago amargo de competir en una elección interna, ya que de antemano, sabe que el Yunque le daría un portazo en las narices para privilegiar a su cachorro: Lalo Rivera.

El CEN le respondió que lo pensaría.

Pero tampoco le dijo que no.

El Tigre, otra vez confiado, se dedicó a tejer sus amarres en el CEN.

Mientras, Rivera sudaba la gota gorda sembrando en la aldea poblana.

Los tiempos se vinieron encima.

Y el Tigre definió su estrategia: comprometer a su adversario a una candidatura de unidad, ya que no en vano sus anteriores campañas lo ubicaban muy por encima en el nivel de conocimiento que a Rivera.

Cuando todo parecía que el PAN evitaría una campaña campal el 20 de marzo, una vez que Humberto Aguilar ganara casi por defaul, el marcador sorprendió a todos en menos de 15 días, cuando la nueva encuesta de GEA-ISA demostró en una rueda de prensa oficial un empate técnico.

Aguilar Coronado sabía que someterse a una elección interna de su partido, significa adentrarse a los terrenos sagrados del Yunque, en donde él no ejerce ningún poder ni influencia.

La caballería pesada de los yunquísimos tiene a su preferido, a su cachorro, que protegerán a capa y espada.

Fue así como ese 20 de marzo fue imposible que el Tigre pudiera arrebatarle a Rivera la candidatura.

Porque con todo y el aparato funcionando a favor de Rivera, la verdad es que la candidatura es de quien la trabaja.

 

El estigma de ser yunquísimo

Eduardo Rivera es el heredero de la ultraderecha poblana.

Su último reducto.

Y este hecho fue fundamental para que esté a punto de convertirse en el candidato a la alcaldía de Puebla.

Sin embargo, apenas marcó la mitad del camino para el entonces diputado con licencia.

Eduardo Rivera se enfrentaba para el 4 de julio con un cuadro nada halagador, al contrario, estaba cundido de dificultades y espinas, y en donde de nada de serviría contar con el apoyo de las vacas sagradas del panismo:

1.- Para empezar, el candidato del PRI, Mario Montero Serrano le lleva una delantera de 44 puntos porcentuales, tanto en intención de voto como de conocimiento.

2.- Una campaña electoral se gana con dos factores: dinero y estructura. Y ninguna de las dos es el fuerte ni de Eduardo Rivera ni del PAN: recordemos que en las elecciones federales del 2009 Acción Nacional no cumplió el requisito mínimo de mantener en custodia sus casillas, y apenas pudo cuidar el 60 por ciento, incluyendo la capital, bastión en donde se supone cuenta con más representatividad. ¿Se imagina cómo estuvo el interior del estado?

3.- Su imagen y la estrategia que empleó Rivera es completamente casera: no se vislumbra profesionalismo ni seriedad por ningún lado: el saludo militar, estilo patrullero es malísimo, ya que el imaginario colectivo lo asocia precisamente con un trancho, o sea, corrupción. Además, el morado y el azul marino que utiliza como fondo para su fotografía de medio cuerpo provoca que menos se le ven las facciones y que no se distinga a la persona: pésimo error cuando la intención es darlo a conocer. Nunca siguió la estrategia de Blanca Alcalá, que gracias al photoshop se blanqueó el cutis, se alborotó la melena y lució como Lucía Méndez.

4.- En ese sentido, Eduardo Rivera requería con urgencia de contratar un asesoramiento político de profesionales, con experiencia a nivel nacional e internacional, pues estaba siguiendo el patrón perdedor de sus antecesores como José Antonio Díaz García, Pablo Rodríguez Regordosa y Toño Sánchez Díaz de Rivera, quienes se caracterizaron por llevar una campaña electoral con puras ‘corazonadas’, dejándose guiar por el ‘feeling’ del momento y de confeccionar la política en las rodillas.

  1. Eduardo Rivera llevaba consigo la enorme responsabilidad de romper con la cadena de derrotas de los yunquísimos: aquellos personajes que ganan dentro del PAN, pero que son incapaces de cosechar éxitos electorales.
  2. Desde el inicio de la campaña, nunca pudieron ponerse de acuerdo ambos equipos: el de Rafael Moreno Valle y el de Eduardo Rivera Pérez. Los panistas tradicionales veían en Moreno Valle a un advenedizo príista, mientras que los morenovallistas veían a Rivera como un tipo mediano sin experiencia para ganar elecciones, sin estrategia, pero sobre todo, sin los recursos económicos y estructura con la que sí contaba el candidato a la gubernatura.
  3. Las campañas de ambos panistas se empezaron a ser divergentes, cada uno por su lado.
  4. Aunque cuando era obligatorio por la agenda de promoción, los morenovallistas se quejaban de que ellos organizaban todo, pagaban todo, convocaban a la gente, y Eduardo Rivera sólo llegaba a sentarse y a recibir los aplausos, ya que nunca contó con la agenda ni la visión puntual de los morenovallistas.
  5. De ahí que cuando fue la victoria del PAN a la gubernatura, los morenovallistas jamás concedieron ningún crédito a Eduardo Rivera ni a su equipo, ya que siempre reprocharon que fue gracias a la ‘ola’ electoral que supo mover a su favor Rafael que Eduardo pudo ganar la alcaldía.

(Continuará…)

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