¿Felicidad o libertad?

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¿Felicidad o libertad? La columna de Fidencio Aguilar Víquez

Un dilema que va más allá de las pretensiones del estado y de los poderes públicos.

Aunque debería ser una relación armónica, de método y de fin o de términos concomitantes, ya sea ser libre para ser feliz, ya sea ser feliz para ser libre, en los hechos lo que solemos experimentar es un conflicto o una falta de plenitud en ambos propósitos o caminos: ni somos felices del todo ni somos libres para todo. Tales condiciones no obstan para señalar que siguen siendo nuestros más hondos deseos y no los concebimos separados: ¿Qué sería una felicidad sin libertad o una libertad que no nos lleve a un rango de felicidad?

Los dos polos de referencia tienen un sentido antropológico y un sentido histórico y político. Uno recuerda, por ejemplo, las tesis y planteamientos de Platón sobre el propósito de la polis de formar al hombre idóneo: virtuoso y, por tanto, feliz, porque no hay verdadera y genuina virtud sin realizar su efecto.

“Ahora bien: en este momento nuestra tarea consiste en fundar un gobierno dichoso, a nuestro parecer por lo menos, un Estado en el que la felicidad no sea patrimonio de un pequeño número de particulares, sino común a toda la sociedad.” (Platón, 2004: 138).

No hay que pensar o imaginar que Platón era ingenuo –él que conoció las entrañas del poder y padeció la persecución de alguno de los tiranos de Siracusa-, siempre estuvo consciente de que la realidad que vivimos no es sino un reflejo tenue de las formas perfectas y puras que tienen su mundo en otra realidad (la verdadera realidad), el mundo de las ideas. Por ello, aunque el estado es el mejor camino para lograr la virtud de los seres humanos, no deja de ser el espejo –tan sólo el reflejo- de la verdadera idea, real en sí misma, la del bien y la justicia. Por ello esos reflejos, esas sombras pueden ser –y son de hecho- siempre imperfectas, borrosas y a veces confusas. Pero eso no le quita mérito ni fundamento al estado y a su propósito, la felicidad y la virtud humanas. Para ello se requiere indispensablemente la educación como tarea de formación de la polis. Su propósito: formar al hombre educado, es decir, al ciudadano.

Del otro lado, es decir, del lado de la libertad, se encuentra Aristóteles, el discípulo de Platón; como es bien conocido, la postura del Estagirita en torno a la democracia es que ésta tiene un propósito bien determinado: hacer libres a los ciudadanos, porque sólo de esa manera se puede establecer el régimen mismo democrático.

“La libertad es el principio fundamental de la constitución democrática. Esto es lo que acostumbra decirse, implicando ello que sólo en este régimen político pueden los hombres participar de la libertad, y a este fin apunta, según se afirma, toda democracia.” (Aristóteles, 2000: 184).

Como se sabe, Aristóteles también tuvo contacto con el poder y su dinámica –al ser preceptor de Alejandro-, por ello pudo no sólo describir sino también vivir los distintos tipos de regímenes y sus perversiones. Y del régimen democrático no dudó en señalar cómo la demagogia lo pervierte, por ello su acendrada defensa de la libertad como su «principio fundamental». Los pensadores modernos de cuño liberal (Locke, Mill y otros) no han dejado de insistir en la libertad individual y en las libertades políticas como el pivote de toda república democrática, y en la responsabilidad que tienen los poderes públicos de respetarla y de resguardarla.

En un sentido antropológico, la búsqueda y el logro de la felicidad y de la libertad, no son mecánicos ni reflejos; incluso, no sólo son búsquedas y logros arduos, sino que a veces –ironías de la vida- se tornan engañosos e incompletos: creemos que lo que nos hace felices o libres es esto o aquello, y resulta que ni esto ni aquello nos hacen felices ni libres. Y tanto felicidad como libertad se tornan deseos inalcanzables. Es, sobre todo, la experiencia moderna del mundo y de la existencia como condición histórica del ser humano. Tal experiencia, como lo escribe Camus en El hombre rebelde, es un deseo no logrado, experimentado de forma confusa, paradójica e irónica:

“el hombre rechaza al mundo tal como es, sin aceptar abandonarlo. En realidad, los hombres se aferran al mundo y en su inmensa mayoría no desean dejarlo. Lejos de querer siempre olvidarlo, sufren, por el contrario, porque no lo poseen bastante, extraños ciudadanos del mundo, desterrados en su propia patria.” (Camus, 1989: 291).

Por otro lado, además de vivir esa contradicción –querer pero no poder, rechazar pero no abandonar-, a veces parece surgir un dilema: se es feliz a costa de no ser libre, o se es libre sin lograr ser feliz. Llegan momentos o situaciones en que se tiene que decidir entre la felicidad o la libertad, como si fueran contradictorios. Y en efecto, experimentamos, o nos imaginamos, que por querer ser felices tuvimos que dejar de ser libres: una familia, una profesión, un trabajo. O en su caso, fuimos libres a costa de dejar eso que considerábamos era la felicidad. Y en realidad lo que experimentamos es que no era verdadera felicidad aquello que creíamos que lo era, ni era verdadera libertad aquello que suponíamos que era.

Buscamos la felicidad en las cosas, y también la libertad, la plenitud o la belleza como la llamaba san Agustín; y como él, la buscamos en las cosas. Basta recordar ese libro X de las Confesiones, donde plantea el Hiponense que, en efecto, las cosas no son esa belleza fundante –Dios mismo- pero, con todo, hablan de Él:

“Pregunté a la tierra y me dijo: «No soy yo»; y todas las cosas que hay en ella me confesaron lo mismo. Pregunté al mar y a los abismos y a los reptiles de alma viva, y me respondieron: «No somos tu Dios; búscale sobre nosotros.» Interrogué a las auras que respiramos, y el aire todo, con sus moradores, me dijo: «Engáñase Anaxímenes: yo no soy tu Dios.» Pregunté al cielo, al sol, a la luna y a las estrellas. «Tampoco somos nosotros el Dios que buscas», me respondieron.

“Dije entonces a todas las cosas que están fuera de las puertas de mi carne: «Decidme algo de mi Dios, ya que vosotras no lo sois; decidme algo de él.» Y exclamaron todas con grande voz: «Él nos ha hecho.» Mi pregunta era mi mirada, y su respuesta, su apariencia.” (X, 6, 9) (Agustín, 2002: 396-397).

Ni la felicidad ni la libertad nos las dan las cosas, el mundo en términos de Camus, por ello es que no nos satisfacen ni nos satisfarán nunca, aunque tengamos todo y gocemos de todo. Pero es verdad que las cosas, el mundo entero, nos dicen: «Busca más allá». Esto no lleva a la cuestión fundamental: hay que ir más allá de las cosas y más allá de uno mismo, más allá de esta existencia temporal, sí, también. Mas ello, ¿querría decir que la felicidad y la libertad experimentadas en determinados momentos, en ciertas situaciones, en esos espacios que se dejan mirar a lo largo de nuestra existencia, no son reales y tan sólo son una sombra, un espejo o un reflejo? Son reales en verdad pero no en toda su plenitud y profundidad. Por eso el Hiponense habla de «apariencia»: las cosas tal como se nos presentan y la referencia que nos dicen a cada instante, «mirar más allá».

Mirar de forma trascendente sin dejar de reconocer la realidad de estas situaciones o momentos en que somos felices y somos libres, que aunque sean reflejo o apariencia (en su sentido de mostrarse tal cual: el aparecer es una forma en que se muestra el ser). En términos de Octavio Paz, un pensador también cercano a nosotros: Esto (lo que tocamos y sentimos) no sólo nos lleva a aquello (lo que nos llena y nos da plenitud), sino también: esto es aquello, es decir, en esta existencia temporal, finita, histórica, podemos experimentar esa otra verdadera realidad.

“En suma, el «salto mortal», la experiencia de la «otra orilla», implica un cambio de naturaleza: es un morir y un nacer. Mas la «otra orilla» está en nosotros mismos. Sin movernos, quietos, nos sentimos arrastrados, movidos por un gran viento que nos echa fuera de nosotros. Nos echa fuera y, al mismo tiempo, nos empuja hacia dentro de nosotros. La metáfora del soplo se presenta una y otra vez en los grandes textos religiosos de todas las culturas: el hombre es desarraigado como un árbol y arrojado hacia allá, a la otra orilla, al encuentro de sí. Y aquí se presenta otra nota extraordinaria: la voluntad interviene poco o participa de una manera paradójica. Si ha sido escogido por el gran viento, es inútil que el hombre intente resistirlo. Y a la inversa: cualquiera que sea el valor de las obras o el fervor de la plegaria, el hecho no se produce si no intervine el poder extraño. La voluntad se mezcla a otras fuerzas de manera inextricable, exactamente como en el momento de la creación poética. Libertad y fatalidad se dan cita en el hombre.” (Paz, 2003: 136).

En conclusión, ser feliz o ser libre puede no ser un dilema, pero sí es siempre una búsqueda, a veces ardua búsqueda, un salir fuera de nosotros para descubrir quiénes somos nosotros mismos. Esta dimensión antropológica es la que con frecuencia se nos olvida, y por ello la dimensión histórica y política parecen omitirla y con facilidad y liviandad –sobre todo desde el poder político-, se tocan estos temas fuera de una dimensión que no le corresponde. En cambio, siempre es mejor considerar la otra dimensión para ver la referencia y la hondura, como lo han hecho los filósofos, los pensadores, los poetas y los artistas, todos aquellos que han sido tocados por eso que denominamos inspiración: para que nos recuerden que todos los seres humanos estamos llamados por esa «otra voz» que canta a la «otra orilla».

Referencias bibliográficas:

Agustín, san (2002): Las confesiones,  Obras completas, T. II, texto bilingüe, edición crítica de Angel Custodio Vega, 1a. ed., BAC, Madrid, 10a. reimpresión, 612pp.

Aristóteles (2000): Política (Bilingüe), introducción, versión y notas de Antonio Gómez Robledo, Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana, UNAM, México, 1a. ed. 1963, 2a. ed., 250pp.

Camus, Albert (1989): L’homme révolté, Editions Gallimard, Paris [versión castellana: El hombre rebelde, trad. Luis Echávarri, Alianza Losada, Buenos Aires 1953, 1a. ed. Libro de bolsillo, Madrid 1982, 1a. reimpresión, Alianza Editorial Mexicana, 1989, 343pp].

Paz, Octavio (2003): Obras completas, 1. La casa de la presencia. Poesía e historia, edición del autor, Círculo de lectores / Fondo de Cultura Económica, 1a. ed. Barcelona, 1991; 2a. ed. México, 1994, 4a. reimp., 619pp.

Platón (2004): La república, trad. José Tomás y García (reimpresa en Madrid en 1886), Panamericana, Santafé de Bogotá, 4a. ed. 1997, 10a. reimp., 432pp.

@Fidens17

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