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Desde sus labios muertos. Un cuento de Erika Rivero Almazán

Desde sus labios muertos. Un cuento de Erika Rivero Almazán
septiembre 23
00:17 2016
  • Sí, era su voz, su mirada, el peso de su cuerpo helado encima del mío. Estaba muerta. Lo sabía. Pero no me importaba: tenía que aprovechar ese encuentro, esa oportunidad única: estaba en mi cama, conmigo, dispuesta.

Erika Rivero Almazán

 

Mis pesadillas comenzaron con el primer contacto de sus labios muertos.

Es decir, la había soñado de muchas maneras, reviviendo una y otra vez los capítulos de su tumba, del entierro, del campo verde con sus reguiletes, del ridículo sol y el cielo despejado como si fuera un día de campo familiar: todos ahí, menos ella.

La sensación de pérdida, del corazón doliendo, de mis lágrimas continuadas, imparables, de mi cuñada sosteniendo en brazos a mi hijo, que al igual que un eco, sólo hacía resonar más mi llanto.

Siempre me gustó su nombre: Ada, sin h.

No supe que estaba ahí hasta que me reclamó qué estaba usando su pluma negra. Desconocía que su banca estaba a tres de la mía, en la misma hilera: con su cabello esponjado, pelirrojo, su piel blanca, blanca y sus pecas se me figuraba a un hada de verdad, como las de porcelana de colección que tenía mi mamá en la sala.

Sus ojos fieros me retaban otra vez en lo que yo repasaba las pecas de su nariz: era bonita.

— Dame mi pluma, ¿por qué te la robaste?

—Es mía.

—No, es mía.

—Chismosa, ¿cómo sabes?

—Porque tiene mis iniciales en la punta, menso.

Efectivamente, estaba marcado ‘Ada’.

—Pues estaba tirada, o sea que es mía.

—Ni lo sueñes.

Me arrebató la pluma con la que estaba improvisando la tarea de álgebra, se retiró con paso lento, ufano y tranquilamente se acomodó en su asiento.

Así terminó nuestra primera pelea, pero empezó 7 años de noviazgo y 4 de casados.

No sé que me dolía más: que ninguna otra noche iba a sentir su cuerpo junto al mío o que era de esos hombres que se derrotan con la pérdida de su mujer.

Nunca creí que fuera de esa especie.

Pero lo soy.

La primera noche sin ella, intenté dormir con la casa en silencio, todas las luces apagadas, los ojos hinchados y mi hijo en casa de mi cuñada.

Hice todo lo contrario a las exigencias de Ada: boté el saco, la camisa, la corbata, todo en el piso, no cené nada, no me lavé los dientes y me estrellé en el colchón. De inmediato percibí su olor en las almohadas.

Todavía ella estaba conmigo.

Fue un regalo glorioso en ese momento y me prendí de él como un clavo ardiente: era mía toda la noche.

Era un truco barato que repetí todo un mes, a manera de supervivencia.

Pero cuando uno se esfuerza por seguir respirando cada hora durante todo un día, cualquier truco era permisible.

Llegar a mi casa se convirtió en una rutina exacta: metía la llave de la cerradura y sin prender las luces me iba directo a mi cama mientras me desvestía: todas las prendas al piso, y caía en mi cama con los brazos en cruz, extenuado, doliente, abrazando el perfume de Ada.

Pero el engaño duraba poco.

La sensación de bienestar se perdía cuando empezaba a soñar con las mismas imágenes: un funeral, mi llanto, el de mi hijo, el cielo azul y el sol cálido, su nombre en una lápida gris, el pecho estallando y rompiéndose despacio.

Creo que no fui claro jamás: no le dije cuánto la amaba, cuánto la necesitaba, cuánto la consideraba mía.

Remordimientos.

Fue entonces cuando esa noche la sentí: sus labios pequeños y carnosos en los míos.

Abrí los ojos de golpe y me impacté en los suyos.

¿Un sueño en otro sueño?

Puede ser.

Pero Ada me sacó de mi error.

No era un sueño.

Estaba despertando a la realidad.

—¿Ya ves cómo ya nada es igual?, me preguntó.

Sí, era su voz.

Sí, eran sus labios, su mirada, el peso de su cuerpo helado encima del mío.

Estaba muerta.

Lo sabía.

Pero no me importaba: tenía que aprovechar ese encuentro, esa oportunidad única: estaba en mi cama, conmigo, dispuesta. La besé con todo el calor de mi vida, de mis años enamorado de ella, con mis recuerdos felices, con mi deseo incansable por su piel blanca y joven, con mi gratitud de tanta complicidad.

La arropé en mi abrazo y la giré sobre la cama para atraparla.

Pero no reaccionó: sus ojos abiertos, sus labios muertos, su piel tiesa.

—¿Ya ves cómo ya nada es igual?, repitió.

—Pero podemos hacer que todo sea igual, por favor, ya no te vayas, haré lo que sea, lo que quieras, pero no te vuelvas a ir.

—Ya nada es igual.

—Sí lo es, sí lo es, siénteme, siénteme cómo te quiero.

—Esta es la última vez que estoy aquí, quería despedirme.

Otra vez el infierno: la pérdida, el dolor, las lágrimas, el llanto eterno desde las entrañas. Las fuerzas se me iban, y ya incapaz de suplicar, sólo repetía su nombre con el estribillo fijo, no me dejes, no me dejes.

—No eres el único que sufre. Sabes que no puedo quedarme, lo sabes ¿verdad?

—Sí puedes hacerlo, quédate, empezaremos de nuevo, todo nuevo, una nueva vida, nos iremos de aquí, siempre te gustó la playa, ¿quieres una casa en la playa? La tendremos, dedicaré más tiempo para ti, para nosotros, haremos todas esas cosas que nos gustaba hacer de novios, ¿te acuerdas? y veremos al bebé crecer, ¿no quieres ver crecer a nuestro hijo, juntos?

Se levantó de mi lado, caminó con calma hacia la puerta, se volvió y me ofreció la misma mirada desafiante de nuestros años de preparatoria.

—Eso debiste haberlo hecho antes de esconderme que tenías otro hogar y un hijo con tu asistente, ¿no crees? Tengo que irme, porque ya nada es igual.

Me quedé solo, sin moverme y sin respirar, con el último impacto de sus palabras.

Efectivamente, Ada seguiría su vida.

Ella había muerto sólo para mí.

Foto: Google

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142 Commentarios

  1. Isita
    Isita septiembre 23, 12:30

    Me gustó, tienes más cuentos cortos? O alguna novela?

    Reply to this comment
    • NG noticias
      NG noticias Author septiembre 23, 18:17

      Hola, te invitamos a que sigas al pendiente de nuestras publicaciones. Más adelante habrá más cuentos para ustedes en “El Rincón Divergente”. Excelente fin de semana.

      Reply to this comment

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