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Balada triste de un saxofón oaxaqueño

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Con 76 años a cuestas, un físico ya deteriorado y de aventón, Don Juan Herreras llegó a Puebla para ganarse “unos centavos”, luego de un año en que la falta de lluvia hizo que la tierra no diera maíz

Jesús Peña

“Yo soy Juan Herreras, vengo de a un lado de Oaxaca… y aquí trabajando, pues otro trabajo no puedo hacerlo, ya estoy grande. Trabajar ya no se puede, nomás toco mi saxofón, siquiera para comer, hasta ahí puedo llegar ya grande. Ya sufrí mucho, era campesino, sembré maíz, pero ahora ya no puedo trabajar, ya estoy grande. Tengo 76 años”.

Así se presenta. Es un hombre natural, sincero, con paciencia. Su hablar es un poco atropellado, un tanto por la edad y otro tanto por el frío, especialmente en sus pies, pues lleva puesto solamente los huaraches con los que salió de su jacal.

Don Juan accede a una entrevista con NG Noticias, después de terminar una pieza en su saxofón y recoger algunas monedas que la gente depositó en su sombrero, que coloca en el piso.

-¿Y cómo llegó a Puebla?
-Pues solito conocí Puebla porque ya grande no sabía ni dónde llegar, pero preguntando llegamos acá a Puebla.

-¿De aventón o cómo?
-Sí, de aventón, ahí llenan los de los Oro, a veces nos cobran, a veces así nomás nos echan la mano para llegar acá.

-¿Cuándo llegó?
-Ahorita tengo tres días aquí, trabajando, pero ya me cansé, ya voy a descansar, ya no aguanto.

-¿En dónde se queda?
-Aquí me quedo acá arriba, aquí en la 21 de que es, aquí en la 5 de Mayo, ahí me quedo.

-¿Ahí qué es?
-Es un cuartito nomás.

-¿Cuánto paga ahí?
-Pues allí si aguanto 10 días tengo que pagar 500 pesos.

-¿Y cómo le ha ido con el saxofón?
-Pues si quiera para comer, joven.

-¿Cuánto ha sacado más o menos?
-Pues a veces unos 60, unos 80, hasta ahí nomás, o hasta 100.

-¿La gente casi no le coopera?

-Muchos que sí, muchos que no, pues ya ni modo, qué voy a hacer.

-¿Usted cómo aprendió a tocar el saxofón?
-Pues yo aprendí de 12 años, por aquel tiempo yo vivía en mi tierra y se formó una banda y me enseñó un maestro, pero ya tiene años, fue en el 62, pero ya no aguanto ahora, ya no puedo.

Don Juan, con profunda tristeza, reconoce que tuvo que dejar Oaxaca, al menos por unos días, para juntar algo de dinero, pues la falta de lluvia hizo que su siembra de maíz no pegara, por lo que tuvo que buscar algo más.

Y es que en realidad dice vivir en un rancho, en un pueblito pegado a la capital oaxaqueña, donde cada quien se hace cargo de una parcelita, todos como “compañeros”, sin patrón.

Allá dejó a su esposa, quien tiene 66 años, y a quien no pudo traer por tres razones: no le alcanzaba para el pasaje, tampoco podía asegurarle algo de comer y además tiene que cuidar a dos niños pequeños que son los nietos.

-¿Los hijos en dónde están?
-Los hijos ya están fuera, en México, están allá, allá crecieron, fueron a escuela, pues se quedaron a trabajar en México.

-¿Y les dejaron a los nietos?
-Sí, me dejaron los nietos, pues ya que vamos a hacer.

-¿Pero los apoyan?
-Pues sí, me dan algo, nos mandan siquiera para que coman.

-¿Y cómo ve aquí la situación económica?
-Pues aquí está mejor siquiera para comer, aquí a veces me regalan de comer, me dan algo aquí donde ando en la calle.

-¿Y los del ayuntamiento no le han puesto peros o algo así?
-Sí, me han dicho que ya saque un permiso para trabajar, y digo ‘¿pero a dónde?, yo ni conozco aquí.

-¿Y ellos no se ofrecen a llevarlo?
-Yo les digo: si tú me las dirección yo voy, dime dónde es porque yo no sé, no conozco aquí, pero si tú me das tiempo, me llevas, me das la dirección de dónde para que yo vaya a sacar el permiso. Sí, me dicen: vamos a hacerlo.

-¿Cuándo se regresa a Oaxaca?
-No, pues yo aquí aguanto nomás 10 días, ya no aguanto.

-¿Y allá se regresa y qué hace?
-No, pues allá lo que hago llegando es agarrar el machetito, cortar leñita, porque con qué se hace la tortilla, cortar leñito para comer.

-¿Su casa no tiene electricidad?
-No, allá no, allá puro cortar leñito, cargarlo y para que arda, así para comer aunque sea frijolitos.

-¿Con cuánto come allá la familia?
-No, pues, allá solo yo, mi esposa, y mis dos nietecitos, cuatro. A veces frijolitos, compramos frijol y los niños siquiera arrocito, eso les doy.

-¿Animalitos no tiene?
-No, allá no hay nada, allá estamos tirados pues, no hay nada.

-¿Usted qué pensaría si es que no supiera tocar el saxofón, qué haría?
-No, pues qué haría yo, pues nada, qué puedo hacer, siembro, pero el frijolito no se da el frijol, no llegó el agua, no se da, pues ahí a tejer esto para vender para comprar siquiera el maicito para comer.

Don Juan muestra su sombrero, con orgullo dice que sabe tejerlos para venderlos y así sustentar a su familia cuando no hay nada más que hacer. Pero un sombrero apenas se lo compran en cinco pesos y sólo puede hacer dos o un máximo de tres al día, por eso a la semana saca unos 12 ó 15, con lo cual “se compra maicito para comer”.

Mientras habla, el oaxaqueño busca dónde sentarse, saca un pañuelo viejo de su chamarra y se limpia los ojos, los cuales tienen cataratas. Mientras mueve los pies, confiesa que sí pasa frío, pero que no tiene zapatos, ni botas, ni calcetines, sólo usa huaraches, pues así está acostumbrado, por lo que lo único que lo protege del frío clima poblano es su chamarra, ni siquiera otra muda de ropa.

-¿Y para Navidad y año nuevo qué se hace por allá?
-Allá en mi rancho no, joven, no, allá no hay nada de eso, nada de esto como veo por aquí. No, allá no hay nada, a descansar y traer leñita, eso nomás.

Antes de seguir su camino por las calles del Centro Histórico de Puebla, don Juan interpreta una pequeña melodía en su saxofón. La tristeza, la melancolía, la nostalgia y el cansancio se mezclan, se sienten en cada nota y se van difuminando en el ambiente, como el tiempo se ha acumulado en sus manos temblorosas, en sus ojos nublados, en sus arrugas y en su caminar lento.

El sonido es amortiguado por una botella de agua que hace la función de una sordina, que languidece como el día que se acaba, como restando las horas para volver a casa, a cortar leñito, para preparar frijoles y tortillas con el dinero que juntó en Puebla, gracias a la balada triste de su saxofón y a la caridad de la gente.

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