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Crónica – Un grito sin sudor, pero con espíritu mexicano

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El grito quedará marcado en la historia de los 210 años de independencia

Eduardo Sánchez

Son las primeras horas del día 15 de septiembre, las calles del centro de la ciudad de Puebla no son las mismas que en años pasados, gente va y viene pero nadie se queda.

El reloj marca las 3:00 pm, el cielo comienza a nublarse lentamente, el Centro de Puebla sigue lleno de gente que compra algunas cosas para sus casas y luego se retira para que venga más y más, y luego se haga lo mismo sucesivamente.

Algunas personas llevan consigo cubrebocas y caretas, a otras no les importa tanto lo que está ocurriendo en su entorno y van tranquilos sin alguna protección.

Continúa avanzando la tarde, poco a poco va disminuyendo la afluencia de personas mientras el cielo amenaza con oscurecer bajo el manto de la lluvia.

Elementos de seguridad comienzan a cerrar las principales avenidas de ingreso al Zócalo de Puebla, y no, no hay acceso a la gente por primera vez en 210 años de independencia.

8:15 pm las calles están completamente cerradas y no se le ve por dónde puedan entrar las personas a dar el tradicional grito de Independencia.

Es de noche y no se respira ese olor que en años anteriores se transmitía constantemente.

No se ven las fritangas para ser ‘devoradas’ por miles de familias que asistían a dar respuesta a ese Grito de Independencia.

No se escuchan esos gritos de felicidad por sentirse orgulloso de ser mexicano.

Una pandemia detuvo ese sudor que se notaba en la gente cada noche del 15 septiembre.

Como cada 15 de septiembre la lluvia se hizo presente en la plancha del Zócalo de Puebla, pero la gente no.

Es el momento, el gobernador del estado de Puebla, Luis Miguel Barbosa sale al balcón para dar el grito de independencia.

No hay respuesta en la plancha, no se escucha a la gente como se tenía acostumbrado cada año.

El cielo comienza a iluminarse con juegos pirotécnicos, pero no se escucha la emoción de las personas, el grito de los niños y no se ve el brillo de sus ojos al asombrarse por el impresionante espectáculo que se está viviendo.

Se retira el Gobernador, y el Zócalo queda como si no hubiese pasado nada, sólo se ve el verde blanco y rojo.

Un grito sin sudor, pero con espíritu mexicano.

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