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Crónicas urbanas: ageusia

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Erick Almanza

Sólo pasó un día, así de repente, justo después de que mi Liliana había decidido marchar hacia otro país en la búsqueda de cumplir su anhelo de ser una escritora reconocida, o tal vez huyendo de mí. No la culpo, soy un tipo irascible, con complejos narcisistas y obsesión a la lógica que resultan fatales para los espíritus que gustan de perseguir ilusiones.

Pocos placeres tiene en la vida un adicto a la realidad, pues los sueños son el alimento del alma y el sustituirlos siempre con verdades provocó que mi espíritu (si es que esa cosa existe) ya se encontrara anémico y al borde del colapso. Pero la vida actuaba con ironía y si bien en las relaciones humanas había sido un rotundo fracaso, en el arte, y especialmente en el culinario, tenía el don de lograr el equilibrio.

Es por eso que ese jueves había dispuesto para mí de los mejores alimentos que pude conseguir en la costa Oeste, buscando complacer a este viejo cuerpo con el efímero gusto de la danza en las papilas gustativas que emularan, aunque fuera un poco, el placer pasado de saborear la piel de mi musa errante.

Estaba ahí, sentado en el lugar de honor frente a la mesa que era custodiada por tres sillas vacías que amenazaban con volverse la compañía del mañana, las tres un poco desordenadas como queriendo fingir que sólo están a la espera de los acompañantes que volverán algún día.

Antes del primer bocado saqué del buró que está junto a la vieja mesa que me heredó mi padre, la carta última con la que Liliana se había despedido:

«Tal vez no entiendas mis razones, ni busco que así lo hagas. Mis propósitos en la vida están llenos de proyectos en los que definitivamente no estás tú. Hace mucho que nuestra historia estaba a medias y era necesario construirle un final. Seguramente piensas que soy el personaje más ruin de cualquier historia de terror, que mis sentimientos jamás fueron honestos, pero mi sinceridad es tan clara que prefiero lastimarte a vivir contigo un día más. Felicidad es lo que auguro para ti. No es el corazón el que más va a sufrir con tu ausencia, a pesar de que sea una duda que ronde en tu cabeza en estos momentos».

No sabía cómo sentirme, pero entendía que ella no regresaría. No me quedaba otro gusto para engañar a la depresión que el de la desafiante combinación de los sabores en mi boca y el de las melodías de Vivaldi que diariamente eran confidentes de mis secretos.

Violin concerto in C Major, RV 184: lll. Allegro

Con los ojos cerrados comencé a engullir aquel Foie Gras que preparé meticulosomente en honor a su ausencia, pues era su favorito y estaba urgido de algo que me condujera a su recuerdo. Pero no hubo nada, y literalmente nada, no logré sentir sabor alguno, ni siquiera aroma.

Uno, dos, tres bocados, nada era diferente. Tal vez no hubiera sentido tanta desesperación si hubiera percibido demasiada sal o amargura, ¡vamos, hasta un poco de sabor a tierra! como la que obligadamente comía en el suelo de niño mientras mi padre ponía su bota en mi cabeza para castigarme por no ser un buen hijo.

Le quattro stagioni

Comencé a comer entonces con más desesperación y furia como si completara el concierto de los violines que golpeaban mis tímpanos, pero la nada seguía presente. El corazón comenzó a palpitar con más velocidad, obedeciendo al ansia que me sometía.

La desesperación llegó a un punto que decidí vomitar para poder percibir algo en mis papilas pero era un laberinto de vacío sin fin.

Caí al suelo en inconsolable llanto. En la perspectiva de mi mirada se trazaba entonces una línea recta que sólo tenía pequeños surcos de polvo, la lamí estresado pero seguía sin percibir nada.

Debió ser el movimiento de mis sollozos que provocó la curiosidad de un roedor que se acercó hasta estar cercano al calido aire de mis jadeos. Ya no pensaba en esos momentos, el instinto por recuperar lo perdido me llevó a atraparlo y romper su pequeña cabeza con mis dientes, sólo recuerdo un agudo chillido mientras al fondo se escuchaba Cello Concerto in B-Flat Major, RV 423: I. Allegro.

El dolor de ese pobre animal fue en vano, no sentí el sabor de nada.

Permanecí en el suelo entre la sangre que se secaba en mis labios. No estoy seguro cuánto tiempo estuve ahí, sólo deseando la llegada de la muerte.

Un sonido rompió el lúgubre momento, toc, toc, se escuchó en la puerta. Con la poca fuerza que me quedaba me levanté y al abrir vi la silueta de Liliana que quedó atónita por lo desfigurado de mi ser.

Manuel, ¿qué te sucedió? ¿Estás bien?

¿A qué has venido?

Aún pienso partir pero creí que fui injusta al no hablar contigo cara a cara.

La abracé colmado de llanto y a pesar de su temor me recibió y aceptó que le besara la mejilla. Fue entonces que percibí nuevamente un sabor, el de su maquillaje y su piel. Sonreí sutilmente porque comprendí que lo que me hacía falta era su amor.

Fue entonces que la mordí en los labios hasta arrancar un poco de ellos, luego continué con su cuello y sus hermosos senos que siempre le admiré.

Amor mio, puedo probar tu sabor, el sueño se ha cumplido, por siempre vivirás en mí.

Violin Concerto in G Minor, RV 315, «L’estate»

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