Crónica urbana

Crónicas urbanas : Agorafobia

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Erick Almanza

(Tum tum tum… Tum tum tum tum… Tum tum tum tum tum tum)

La cruda melodía de percusión en el pecho arreciaba conforme me acercaba al exterior, la sudoración se tornaba fría, las pupilas se dilataban como queriendo escapar de la retina, el cuerpo comenzaba a vibrar hasta crear una silueta amorfa, espectrante.

Desde pequeño rehuí a estar afuera, tal vez era simple desagrado hacia los seres humanos, quizás por eso es que de adolescente me sentía identificado con la obra La Náusea de Jean Paul Sartre. No obstante, no dejo de pensar que, en realidad, lo que vivía era el temor de enfrentar al sufrimiento externo, porque el humano causa dolor, los veo a lo lejos llorar abiertamente o en silencio, pero siempre atados a aquello que los lastima y no quisiera averiguar si eso es contagioso.

Por eso desde mi perspectiva en este refugio prefería sólo mirar el escenario de las muertes andantes para captar piezas de la realidad, tener la materia prima que me permitiera fragmentar y luego reconstruir a mi parecer cual lo hace en sus fotografías Joel Peter Witkin con partes de personas fallecidas, dando vida después del último respiro.

Lograba tener dinero para sobrevivir dedicándome a pintar al óleo, un talento que heredé de mi abuelo, quien me crió hasta los siete años cuando falleció y tuve que obligarme a sobrevivir solo.

Plasmaba principalmente paisajes rústicos y en algún punto incluía algún motivo de tragedia. La fórmula era siempre la misma, la naturaleza es noble para dar belleza así que no había gran esfuerzo para que gustara en las personas que compraban las imágenes grabadas sobre los lienzos, y el incluir algún distintivo de dolor los hacía creer que ya era «arte». Parece que la oda al sufrimiento es para ellos algo hermoso que admirar… patético pero rentable.

Para comercializarlos usaba la tecnología y dejaba todo en un cuarto intermedio, mismo lugar en el que recogía el dinero; igual dinámica para adquirir mis enceres; contacto físico con la humanidad: cero.

Sobre mi persona comenzaba a crearse una leyenda, que si era deforme y por eso no salía, que si era un prófugo de la justicia, en fin, tantas cosas que alimentaban el morbo y daba plusvalía a mí trabajo. No me importaba, mientras me dejaran en paz.

Me afligia más la creciente necesidad de no irme de este mundo sintiendo que mi paso fue intrascendente. Mi alma ya había superado la séptima década y ya no me quedaba mucho tiempo.

Estaba protegido ahí…cierto, pero también era verdad que cada día era igual al anterior y siempre dejaba una estela de vacío. En este claustro autoimpuesto siempre faltaba algo, quizás era ese invento que la sociedad decidió llamar amor.

En mi condición era imposible encontrarlo dada la barrera de soledad. La única opción era buscar algo parecido en los escritos de libros viejos que tenía bajo mi resguardo desde que me instalé en esta morada.

Leí por años hasta que logré conectarme a la personalidad de tres mujeres que sobrevivían en letras distantes: la ternura de Mina, al carácter impetuoso de Lía y la fuerza de Yara. Esas damas de la imaginación eran todas las mujeres del mundo, eran todos los nombres en mí.

Fuimos felices, pero empezaba a sentir el impulso por buscar a aquellas de carne y hueso que inspiraban a las musas que me abrigaban. Un día de enero tomé valor, abrí la puerta y sentí un fuerte viento que arañó mi rostro, como gritándome «cobarde» y desafiándome a siquiera intentar salir. Llegó el escalofrío y luego sólo recuerdo una temporal ausencia y la mortal sudoración gélida que delataba mi temor.

Algo en la memoria dice que logré parpadear y al abrir nuevamente los ojos dolían, sometidos por un intermitente destello. A ello siguió una sutil caricia en mi mejilla y un susurro que preguntaba si estaba bien.

Aún intoxicado por el velo de lo incomprensible logré enfocar y frente a mí observé a una mujer de piel morena con grandes ojos, idénticos a los de Mina, seductores labios carmín iguales a los de Lía, y cabello ondulado y cautivador como el de Yara.

Tras aquella imponente mujer observé Le tour eiffel, que conocía en afiches. Aquella estructura se acompañaba de una danza de luces y decenas de personas caminando. Al instante quise sentir miedo, aquel que me protegió tanto tiempo al obligarme al aislamiento, pero algo era distinto en ese momento pues, pese a estar fuera de mi crisálida, me sentía en calma

– vuelve a mí, vuelve a la paz; exclamó la mujer

Quise gritar pero no pude, y expresé a media voz
– estoy fuera ¿porqué no siento temor?

La dama frente a mí sonrió

– mi hombre temeroso sigues en casa, yo soy tu hogar

El corazón volvió a acelerarse hasta que ella se recargó en mi pecho. Fue un buen momento para no volver a despertar.

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¡¡Felices fiestas!!

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