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Crónicas urbanas : amantes de lo ajeno

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Las llantas del vehículo se iban deteniendo al roce del asfalto, mezclándose en el calor de la tarde y el polvo que dejaban los frenos. Al mismo tiempo que levanta el freno de mano, Jaime pone sus ojos en el retrovisor, llorosos por la angustia de lo que viene. La cabeza le da vueltas en medio de tantos pensamientos pero sugiere que hoy será el día.

Una gota de sudor le corre por la frente, espesa baja ladeando las arrugas que le han salido por una vida prángana llena de vicios. En la palanca de velocidades ha decidido dejar los cigarrillos que ahora busca para tranquilizar los nervios.

Necesita  esperar el momento adecuado para entrar a la tienda. Las manos le sudan, aún siente ligeros toques eléctricos en la cabeza a pesar de que es su oficio hace años. Cualquiera puede decir que es un trabajo fácil, pero se necesitan pies de plomo para entrar a tomar lo que no es tuyo.

Trae el estómago revuelto. No ha desayunado aún y ya son las  dos de la tarde, había preparado un par de huevos fritos en el cuarto donde vive, hasta que Margarita la casera fue a gritarle que ya eran cinco meses de renta los que debía:

-¿sí sabes que la puntualidad en todo hace a las personas grandes y confiables?, le gritaba en un tono molesto que le hizo perder el apetito.

Bien podía olvidarse y no pagarle, pero a pesar de lo fastidiosa que era, tenia una invariable forma de decirle que lo quería dejándole comida en su puerta. Ella también sabía lo que era tener un hijo ladrón y quizá por eso lo consideraba dándole consejos que ni a él ni a su vástago le servían.

Hace mucho tiempo Jaime no tiene trabajo, no tiene familia, no tiene ánimo. No le gusta robar, lo hace porque tampoco le gusta trabajar. No aguanta el ritmo en ningún lugar.

Una vez fue panadero, preparaba el pan de dulce con gran talento. Un día al poner la harina en la mezcla de las conchas, de la bolsa salieron cinco crías de ratón que dormían esperando a su madre, y sin más murieron revueltas en las aspas de la Stand Mixer. En un principio el movimiento parecía un arrullo maternal entre la blancura de la
mezcla y la danza de las aspas, luego los hilos rojos que aseguraban el destripamiento  dejaban clara la injusta breve existencia de algunos seres vivos.

Ese día las conchas salieron como siempre, su jefe era ciego ante situaciones que le hicieran perder dinero, y aunque no lo corrió por el tremendo descuido, el asco que le provocó a Jaime ver comer las conchas a los clientes le hizo olvidarse de ese oficio.

Ahora estaba sentado en el auto, con el calor que le aumentaba el malestar proveniente de sus entrañas lombricientas que le hacían sentir movimientos continuos, como si estuviera en un sube y baja, sólo esperando el momento preciso para actuar.

Decide dar la última bocanada al cigarro para después tirarlo en la calle, abre la puerta del coche para salir del infiernillo que se siente en éste.  Mientras va saliendo con el pie que le da apoyo, logra ahogar el fuego que aún le daba vida a su cigarrillo, y lo apaga. Cierra su chamarra y coloca el gorro en la cabeza, revisa su arma que está entre el pantalón y la panza  marcada ya  por las líneas metálicas.

Con calma camina para entrar a la tienda, ya la había escogido hacía varias semanas, sabía de los pagos y que la chica que los recibía tenía problemas de oído. Lo supo cuando había entrado a comprar unas mentas y papel de baño, y al querer pagarlos la chica, seguramente con poca facilidad de tener amistades y queriendo pasarla mejor en tan aburrido lugar, le contó en un arrebato de soledad que desde los 9 años su hermano y ella jugaban en el patio con “cuetes”, dejaron en un extremo una lata vacía boca abajo que escondía una paloma ya prendida misma que tardó más de lo normal en estallar. La intención era hacer volar el bote y elevarlo para el embeleso de sus ojos pero eso no ocurría. Acompañados de la mala suerte los dos hermanos se acercaron a saber lo que sucedía y en un instante el bote  saltó directo al oído derecho de la mujer provocándole una sordera inmediata. Toda esa historia contada en breves minutos, mientras la cola de  compradores esperaba molesta pero atenta a la anécdota.

Jaime caminó lentamente hacia la entrada del lugar, prefirió llegar unos minutos más tarde para evitar que la chica no estuviera en la caja.

Como una ventisca súbita , de la puerta de cristal del establecimiento salió corriendo un joven delgado y de piernas largas, vestido de negro pero con calcetines blancos, escapando del lugar con una bolsa en las manos.

En unos segundos Jaime veía correr junto con el chico, el dinero que llevaba semanas persiguiendo.

Al verlo alejarse se alejaban de ahí sus ánimos de poder comer en el día. Comenzaron a escucharse gritos desesperados de ayuda:
⁃¡Llamen a un doctor, a la ambulancia! gritaba la chica de parcial sordera.

Jaime pensó que entrar al lugar en esos momentos quizá podría meterlo en problemas, pues llevaba una arma con la que pretendía hacer lo mismo que su colega con habilidades de gacela acababa de hacer.
⁃¡Una  mujer está herida, por favor hagan algo!
La inquietud de saber qué era lo que había ocurrido y si habían matado a alguien le hizo entrar de inmediato.

Alejado del cuerpo que estaba tendido en la mitad del pasillo de enlatados y pastas reconoció la mantilla de Margarita que en la mañana pudo fotografiar con la vista y dejarla en sus recuerdos mientras la veía desde la ventana gritarle que le pagara.  Estaba tirada en el piso junto con un hilo de sangre que comenzaba a hacer charco, y alcanzar la sopa de coditos que se había esparcido alrededor de ella.

Jaime corrió y se acercó para asegurarse de que era ella, con una incertidumbre que lo hacía parecer caminar en cámara lenta.

Estaba respirando y con los ojos llorosos de la impresión.

-¿Mijo, qué haces aquí?
Iba a entrar cuando vi que salió corriendo otro.
⁃¿te ganaron la feria hijo?
Sin asombro por la respuesta de Margarita, Jaime le pedía que no hablara para que vinieran a ayudarla, le habían dado un navajazo en el estómago por resistirse a darle el monedero.

-Si hubieras llegado antes yo no estaría lastimada. Hasta las ratas salen temprano a buscar la comida mijo. Ahora que me cierren esta “cortadota” quiero que me vayas a pagar sin falta, ya póngase chingon mijo, y deje la impuntualidad para los perdedores.
-Está bien Margarita, así lo haré sin falta.

Margarita dejó de respirar, y en los ojos de Jaime nacía un torrente de lágrimas que le brotaban sin que él quisiera. Le acomodó la cabeza en el piso de nuevo, y, como su colega, salió corriendo para buscar alivio. Alejado de la tienda ,con el estómago y el corazón vacíos, logró entrar nuevamente al infierno de su coche. De la guantera sacó un fajo de dinero lo contó más de 10 veces, estaba a punto de saldar la deuda de su renta, no quería verla más tiempo enojada con él. Margarita nunca sabrá que no era tan rata como siempre pensó.

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