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Crónicas urbanas: Bitácora del encierro

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Jesús Lemus Barajas 

(colaborador invitado)

Día intercuarentenal 28.3, domingo. Dos gatos se lo pasan bien en el tejado. Para ellos no hay suspensión de actividades. Aun no amanece y ya es la quinta vez que abro mi computadora. En nada se compara con las veces que he abierto en el refrigerador; desde adentro me sonríen tres latas de cerveza, un pedazo de jamón y un trozo de mantequilla que intenta provocarme sensualmente desnudándose de su envoltura.

Las provisiones se agotan. Tendré que hacer un peligroso viaje al mercado –pienso-. Apenas amanezca, iré a con doña Mary por nopales, huevos, un poco de requesón y una buena pieza de queso. Algo en mí se bulle, como el enamorado que espera ver a su amante. El pensamiento se frena en seco: debo tomar las previsiones para evitar un contagio.

Yo sí seguiré atendiendo las recomendaciones de López-Gatell. Puto Javier Alatorre se pasó con su llamado al desacato sanitario. Si voy a salir, debo hacerlo con todas las medidas de seguridad. Sin duda son un ciudadano responsable, me felicito. Me quiero dar un beso. Solo me sonrío para mí mismo. “Pinche gordo, eres una chulada”, me dice uno de mis tantos yo que viven dentro de mí.

Comienzo a hurgar en el cuarto de tiliches en busca del equipamiento de protección necesario: una máscara de Blue Demon, “me vería bien, pero no creo que me sirva”; el traje de dinosaurio que compré para mi hija cuando tenía cinco años, “me voy a ver muy mamón”; ¿Qué tal el casco de motociclista que compré cuando quería ser chopper? -y que lo abandoné porque no pude comprar la moto- “no creo que sea buena idea”.

Sigo en la afanosa búsqueda. Un overol blanco con visibles huellas de pintura y unos googles que no sé cómo ni cuándo llegaron aquí. “No. parezco perito de homicidios. Ante todo la percha. Que se note el miedo, pero nunca la falta de dignidad”. Los devuelvo a la vaporera, donde estaban guardados. ¡Una Vaporera! ¿Y si hago unos tamales de esos como los que me hace mi mamá cada vez que voy a verla? “No. Pinche gordo, que no te distraiga la felicidad” –retumba otra voz dentro de mí-. Es el animal que vive conmigo y que me obliga siempre a la cordura.

En la caja de diplomas se asoma un paquete de cubrebocas azules ¡Ya la hice! Con esto y los googles, el virus me la pela. “No está de más el overol y su capucha. Una planchadita y chingue a su madre” me recomienda la voz del animal; “encima ponte la máscara veneciana de papel maché. Vas a parecer El Pingüino de Batman, pero la seguridad es lo primero”.

Ya estoy listo. En cuando amanezca me voy al mercado. Seré de los primeros para evitar la proximidad social con otros marchantes. Otra duda me asalta. Ya me la imagino. Doña Mary me va a molestar con el tema de López-Gatell y Javier Alatorre. Conozco su postura anti-Peje, y sabe que mi corazón late por mi presidente López Obrador. Me va a chingar ¿cómo me defenderé de su sarcasmo? ¿Cómo salir bien librado, si mi presidente no me ayuda mucho con su tibieza?

Me siento entre los tiliches. Creo que doña Mary es más letal que el coronavirus. Al virus, con alcohol y jabón se le neutraliza. Pero los argumentos de doña Mary me queman durante días. Ni bañándome se me quita la suciedad que me dejan sus violaciones verbales. Yo las sufro tanto como ella las disfruta. Es una pervertida ideológica.

Ya la imagino: sus ojos agudos provocándome al debate, mientras intento escoger las pencas de nopal más tiernas. Va a decir que están menos babosos que muchos de los del gabinete presidencial. De seguro cuando le pida los huevos, me dirá que son mejor que los del presidente, o cuando le pida el requesón me dirá que está igual de hecho bolas que la Cuarta Transformación. Del queso, seguro me dirá que está menos salado que la administración federal.

La conozco. Me va a picar con el tema de López-Gatell. Se va a poner del lado de Javier Alatorre. Me va a meter en aprietos sobre el derecho a la libertad de expresión. Me dirá –ya parece que la oigo- que aunque errada, esa es la opinión de Javier Alatorre, y que se debe respetar como la de cualquier otro ciudadano. Ya la veo blandiendo su índice frente a mi cara, mientras acusa a la chairiza de linchadores.

Lo peor de todo es que va a terminar acusando a mi presidente de dictador. Va a volver a sacar su perorata sobre la división social, sobre los chairos y fifís. Se va a valer de la diatriba para escupirme en la cara que estaríamos mejor con “El Quesito de Puerco” –así se refiere a José Antonio Meade-, del que siempre argumenta que por lo menos “ya sabíamos que era un bandido al servicio de Televisa y Tv Azteca”.

Luego, de seguro, me va argumentar: “¿no que nadie le cree a Tv Azteca? ¿Entonces porque se ofenden por el llamado a la desobediencia?”, y va a terminar haciendo un recuento de los pleitos del presidente con algunos periodistas. Ya la escucho hablando maravillas de López Dóriga, Brozo y Loret de Mola, a los que tiene en un pedestal.

Donde de plano, estoy seguro, no voy a tener argumentos de debate va a ser cuando Doña Mary recrimine la chairez de los que hoy piden un boicot a Tv Azteca y están llamado al saqueo de las tiendas Elektra, “pero bien que se paran en Banco Azteca –también propiedad de Ricardo Salinas Pliego- para cobrar la beca”.

Y qué le voy a contestar cuando llegue al punto del reclamo, exponiendo la desfachatez de los chairos que se han visto más ofendidos por el comentario de Javier Alatorre que por los arrebatos de suelo y agua que ha hecho el grupo Salinas, a través del Grupo Minero Dragón, que se ha apropiado de Áreas Naturales Protegidas para explotarlas mineralmente.

De plano, mejor me quedo con las ganas de nopales. Me voy a seguir divirtiendo con los gatos que se corretean en el tejado. Le tengo más miedo a Doña Mary que al Coronavirus. Es más grande mi dignidad Lópezobradorista que el hambre que me puede lacerar este domingo… a lo lejos se oye la señora de las gelatinas… ya les seguiré contando.

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