Crónica urbana

Crónicas urbanas – Cuando la tierra ruge, el cielo llora

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«Aún siento que el suelo se mueve y mi único temor es no llegar a tiempo por mi pequeña«.

Erick Almanza

Aún siento un poco de polvo en la garganta, no sé si algún día cesará la carraspera, es una molestia odiosa pero se compensa un poco con el aroma a flores que se intensifica en el mes de septiembre.

No recuerdo mucho de ese día, salvo que tenía que ir a recoger a mi nieta a su escuela. Partí temprano pues para esa fecha ya estaba yo muy vieja y, por más que quería, el moverme veloz ya era sólo una ilusión y más cuando las reumas me habían vuelto su víctima preferida.

Llevaba en mi bolsa de mandado unos dulces que compré en Santa Clara, por la diabetes el doctor me los tenía prohibidos, pero qué más daba darse un gustito de vez en cuando, ya ni masticar bien podía así que las remojaba en leche para saborearlas y recordar con el paladar un poco de los momentos cuando yo era niña.

También llevaba un poco de carne que compré en el Parral, para prepararle sus tacos que tanto le gustan a mi chaparrita; sé que es mi nieta pero a veces la siento como si fuera una segunda oportunidad de ser madre porque mi hija tiene que trabajar en una zapatería de sol a sol, apenas y la veíamos, la clásica historia de una madre soltera.

Yo desde hacía tiempo le dije que no anduviera con ese cabrón del mentado Luis, se veía de mala sangre, le gritaba y le daba órdenes a cada rato y, claro, la terminó embarazando y abandonando, pero bueno, algo bueno nos dejó, porque mi niña Fer es una bendición y eso es lo que importa. No sabría cómo describirlo pero mi vínculo con ella era especial, desde la primera vez que la miré recién nacida, su carita chapeada y su piel como de porcelana me parecieron encantadoras, pero fue la forma en la que se me acurrucaba por años para dormir la que me unió totalmente a ella.

¡Mi niña! ¿qué hora es? Le pregunté a un señor que pasaba por ahí, «la una», me dijo tras ver su celular. Bueno, ya estoy cerca de la escuela Héroes de la Reforma para recogerla, ¡sí llego!.

Decidí caminar porque, para empezar, con esos mentados cambios de rutas del transporte ya no sabía ni cuál me llevaba y además ya no la quieren levantar a una que porque somos muy lentas para subir y bajar de la unidad. Además, el Centro era un caos porque hicieron un simulacro de sismo en recordatorio de aquel trágico terremoto del 85, de ese sólo recordaba que me espantó pero mi memoria ya no era muy buena, ya era 2017, habían pasado 32 años desde ese 19 se septiembre.

Ya estaba por llegar, a media calle, de hecho veía a lo lejos a mi Fer, pues afortunadamente la vista aún no me fallaba. Traté de acelerar el paso porque mi niña salía a la una y diez, y según otro señor que me dio la hora, ya era la una con catorce.

Fue entonces que sentí que el suelo se me movía, no sabía si se me había subido la presión o qué pasaba hasta que empecé a ver cómo comenzaban a caer piedras sobre el asfalto. ¡Claro que me espanté! pero tenía que llegar por mi niña, así que me recargué en la pared para no caer.

¡Nona! me gritó mientras lloraba cuando me vio, «No pasa nada hija, vas a estar bien», recuerdo que le grité, al tiempo de sonreírle para calmarla.

Fue entonces que sentí un golpe en la cabeza y es lo último en mi memoria. Después desperté en un mundo que aún no identifico. Como lo dije, sólo puedo reconocer ese molesto polvo en mi garganta y ese aroma a flores.

A veces siento todavía que el suelo se mueve, pero ya no me da miedo, mi único temor es no llegar a tiempo por mi pequeña.

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