Crónica urbana

Crónicas Urbanas – Demasiada verdad

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Un alma vieja que acababa de regresar a su prisión sin barrotes se encontraba con el espejo roto que estaba frente a su escritorio. «Solo otra vez» , se dijo a sí mismo, mirando al reflejo de sus ojos, cansados, ojerosos y casi sin vida.

Erick Almanza

Se oyó el lamento de las bisagras sin aceitar de una puerta que desde hacía mucho no se había utilizado. Entró en medio de la oscuridad con el agobio de un mundo a cuestas que lo obligaba a dar pasos lentos; prácticamente arrastraba los pies. Sus piernas apenas y podían moverse, se mostraban agotadas de cargar un cuerpo que reaccionaba sólo por inercia; no era para menos, la desesperanza es más pesada de lo que muchos creen.

Regresó a aquella esquina polvorienta que aún resguardaba la historia rota de los últimos años, incompleta como su vida misma.

Encendió el quinqué que había encontrado en una barata cuando era joven, el fuego comenzó a regalar un poco de calor, las llamas danzaban intentando en vano volver acogedor el lugar, pero todo seguía lúgubre, la flama sólo dio paso a un espejo roto que estaba frente a su escritorio y que reflejaba un alma vieja en una prisión sin barrotes. «Solo otra vez» , se dijo a sí mismo, mientras sus ojos, cansados, ojerosos y casi sin vida se multiplicaban en la zona quebrada del objeto de las realidades, y lo observaban con firmeza como queriendo condenarlo en más de una ocasión.

La extrañaba, a su aroma, a su mirada, a su sonrisa. Sentía la necesidad de buscarla y tratar de reencontrarla, así que tomó en sus manos todas las cartas que de aquel idilio había guardado, abría una a una delicadamente, como si se tratara de ella a quien tocaba, como si estuviera ahí, como si el momento rememorara la primera vez que la acarició, como si una parte de aquella dama estuviera resguardada en esos papeles carcomidos por el tiempo y en el camino que tatuó la tinta en ellos.

Leía con detalle todo lo que en esas historias se había plasmado, desde los comentarios vanales hasta las decenas de «te extraño» y «te amo». Se las pegaba al rostro manteniendo los ojos cerrados, exigiendo a su memoria traerla de vuelta.

Tal vez no era a su memoria a la que convocaba sino a su imaginación pues no tenía certeza de si era real y eso lo atormentaba. Un par de años antes fue diagnosticado como esquizofrénico, así que, para bien o para mal, vivía en dos mundos alternos, y sólo uno de ellos era real. Sin embargo, el dolor del momento, de su ausencia, sí que era verdadero, calaba en la piel, creaba un vacío que iniciaba en el estómago y succionaba desde ahí todo dentro de su cuerpo.

Se lamentó confrontando a su otro yo viviente en el anverso de la imagen en el cristal, expresó un monólogo silencioso, un grito en el silencio de la nada.

Su historia se extinguía poco a poco y en la víspera pidió una última bocanada de ilusión. Fue entonces que sintió que alguien respiraba detrás suyo, en ese mismo espejo vio tras de él a la mujer de sus anhelos, o tal vez de sus realidades.

Sintió las manos de ella tocando su rostro, él las besó con vehemencia, mientras decía entre sollozos y a media voz «necesitaba volverte a ver». Se recargó en su pecho y sintió cómo ella besaba su frente. Cerró los ojos nuevamente y durmió. Nunca volvió a despertar.

Días después fue encontrado su cuerpo en forma fetal protegiendo una hoja con un escrito: «amor mío, encontraré la forma para volver a ti».

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Estudiante de la BUAP, única cantante mexicana en Distinguished Concerts International New York

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