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Crónicas urbanas: Ecos

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Mayra Labastida 

Inició la melodía y la voz

¡Nina, despiértate, anda!
Me repetía todos los días esa voz en mi cabeza, retumbaba con un eco sórdido que me dejaba muda sin poder responder.

Lo hacía cada que quería abrir los ojos por tanto desvelo, cuando no tenía orden en mis pensamientos, cuando dejaba de lado las necesidades urgentes para vivir.

¡Nina, anda, abre los ojos y obedece!
Cuando un dolor en el brazo me enfriaba la sangre.

¡Nina, cámbiate!
Nina ¿Me escuchas?
¡Nina, aquí estoy!
¡Nina, destápate! hace calor
Nina para aqui y allá siempre.

Así desde que recuerdo, todo el tiempo escuchando órdenes. Me acompañaron desde que mamá salió para buscarme a la escuela porque ya era tarde para pasar por mi.

Ella siempre se preocupa por llegar temprano y esperarme en la puerta de la escuela. Hace unos días subieron por la fuerza a una niña de tercero de secundaria, ese día yo no fui porque tocaba educación física y estaba en mi segundo día de periodo, no me gusta ir porque tengo que usar short, pero dicen que un hombre se acercó a una niña que estaba afuera de la escuela comiendo un chicharrín, y le enseñaron una foto ¿la conoces? Y la niña asintió con la cabeza, alguien que lo acompañaba le gritó . ¡Ya, ya, aquí está! Y el hombre que preguntaba entonces salió corriendo para seguir a su compinche y llevarse a la niña que buscaban. La durmieron con algo que le pusieron en un pañuelo y la subieron a un carro negro ¿todos los carros de los malos deben ser negros? ¿Por qué no rojo? ¿O gris?

La pobre niña a la que le preguntaron cayó desmayada y tuvieron que auxiliarla mientras el intendente y el prefecto, en medio de un dolor de tripas, pedían a todo el chamaquerio que regresara a la escuela.

No sé en qué momento le conté esa historia a mi mamá, pues hace todo lo posible por estar antes de la hora de salida y siempre lleva un calcetín con piedras como arma.

Entre las voces de mi cabeza y las ideas de mi madre ya estoy quedando dañada de la cabeza.

Debo obedecer porque sé que se preocupa, voy en primero de bachiller, en esta escuela que no me gusta pero no tengo alternativa desde que mi mamá y yo nos salimos de la casa de mi abuela.

Mamá no quería seguir dándole molestias y quería tener nuestro propio espacio, o mejor dicho, un lugar para regañarme sin que mi abuela la hiciera sentir tonta cuando llegaba a defenderme.

Me parece que mi mamá también escucha voces es su cabeza. Quizá una de esas la convenció que era necesario tener nuestra propia casa. Yo extraño a los abuelos, ellos siempre están de buen humor. Mamá siempre está enojada, se preocupa demasiado.

Nina ¿me escuchas?

Claro que te escucho todos los días, todos.

Una vez tuve un accidente, me iba a cruzar la calle todo parecía tan tranquilo. Mi mamá siempre me dice que debo voltear a los dos lados porque siempre hay locos.

Pues ese día, como si la mala suerte me hubiera echado un lazo de su amable voluntad para cambiarme el destino, me atravesé la calle como un ciego suicida.

Me pregunto por qué mis voces no me alertaron, siempre están ahí, ¿o no estaban antes?

Sentí el camión del pan venir hacia mí con tanta fuerza que me caí enfrente de todos los que entraban en la escuela, con tal velocidad que ni un doble de actor lo hubiera hecho mejor.

No sentí ningún dolor en el momento hasta que levanté la vista que me dejaba ver la banqueta.

Los gritos de todas las personas me descontrolaban. Alguien decía: ¡no la toquen! otros decían ¡que no se levante!

Y entonces descubrí la textura auditiva de las voces de mi cabeza, la identifique perfectamente. Esa voz no era la mía, ni siquiera se parecía tantito. Era su voz común, sutil y de mando al mismo tiempo, esa voz que tiene esa virtud de ser tan confiable y te hace sentir segura.

Ella estaba pidiendo ayuda. Alguien que llame a la ambulancia. Nina ¿estás bien?

Nina ¿me escuchas?, Nina ¿cómo vas?, ¡Nina, no te duermas! ¡Nina, ya vienen en camino! ¡Nina, abre los ojos por favor!

¿Cómo no me di cuenta de que era mi madre quien me llamaba?

¡Nina, perdóname por lo que voy a hacer! No sé si me escuchas, siempre he tenido la idea de que durante este sueño profundo del coma me escucharías. Hoy es tu cumpleaños 23. ¡Perdóname por quitarte la vida! pero es que siento que es mi deber puesto que también te la di y me estoy muriendo contigo.

Adelante señorita.

Mamá está llorando, también la abuela y el abuelo. Ya no escucho la voz en mi cabeza pero la siento, como cuando sales al patio y comienza a llover, se siente una brisa ligera que descansa el cuerpo, y también escucho ese vals de Chopin que mi abuela ponía cuando se sentaba a mirar a los vecinos sentada frente a la ventana, me ayuda a irme pensando que jamás podré revelar el secreto de las voces en mi cabeza. Si lo hubieran sabido quizá no me hubieran desconectado.

Hay conocidos en el camino donde voy, es la niña de tercero de secundaria, la puedo ver, al menos tendré compañía.

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