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Crónicas urbanas : El amor verdadero

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Mayra Labastida

Bravía, rozagante, alta y sensual, así la describían en todos lados. Su capacidad intelectual estaba por encima del rango de muchas mujeres de sus edad, en los pocos lugares que se le veía era respetada.

Su personalidad irradiaba ondas eléctricas que le erizaban la piel a quien estaba cerca de ella. Bastaba con un gesto amable para enamorar a cualquier hombre que mientras la veía la idealizaba para una vida juntos. No sé cuantos lo imaginaron.

Había logrado lo que pocos, un emporio en la industria textil envidiable a los ojos de cualquier empresario. Su sagaz forma de entender la economía en los negocios siempre la mantenía ocupada y jamás necesitó del género masculino bajo ninguna circunstancia. Se había alejado del amor porque pensaba que los sentimientos alejan a los emprendedores de sus objetivos y metas en los negocios.

Nunca una mujer con esas cualidades de mercenaria había sido la más reconocida en todos los alrededores de su colonia, del estado y del país incluso.

Sabía que tenía que estar a la vanguardia, así que se vio obligada a trabajar jornadas dobles, tomar cursos, terminar posgrados. Mientras más tuviera claras sus metas más eran sus ganas de seguir adelante, sin descanso sólo mirando su objetivo.

Todo lo tenía ordenado desde su hogar hasta su área de trabajo digno de una mujer con trastorno obsesivo compulsivo, feliz siempre de hacer todo repetidamente. Orgullosa de su desgaste físico que le provocaba dolores en las rodillas.

Todo esto la había llevado a ser la mejor, ¿de qué otra forma se consigue ser el número uno? Pensaba siempre y se esmeraba en su figura esbelta, con una dieta estricta, y levantándose a las cinco de la mañana para una rutina de una hora sin falta, que incluía repeticiones de abdomen, glúteos y brazos.

Nunca se iba a la cama sin desmaquillarse, su rutina tardaba diez minutos para alcanzar la limpieza profunda del rostro, así como darse masajes diarios para evitar los signos de la edad, mejor conocidos como arrugas. El remate de tal acción lo cerraba untando la mitad de una sábila fría que siempre se ponía antes de dormir.

Y como una gran caracola que escurre baba al andar se acostaba en sus aposentos obligada a leer lo último de las noticias y un poco del libro que hubiera elegido.

Cuando terminaba tomaba su rosario y comenzaba a rezar “El Rosario de la misericordia” para agradecer por lo que le daba la vida. Todo esto antes de las diez de la noche, porque sabía que debía dormir bien para erradicar la pesadilla del insomnio.

Todos los días eran los mismos desde que ella tenía uso de razón.

En un impulso arrebatado del destino, el amor disfrazado de un hombre maduro le tocó a su puerta. No era guapo pero le llamaba la atención y pensó qué tal vez era el momento de recibir con las puertas abiertas al amor, pues una mujer exitosa rompe con cualquier embate que la vida le pone.

Algo ocurría en la química de esta mujer cuando estaba con este hombre que le hacía desbaratar los grandes hábitos que ella había alcanzado en años. Ya no podía dormir temprano pues debía cumplir con un nuevo hábito compartido, tener sexo en promedio unas cuatro veces a la semana.

Un gusto que le daba al amor encontrado y a ella que ya se había olvidado de lo que era tener un cuerpo encima.

Barros y espinillas comenzaron a salir de en su rostro, hacia días que en el desvelo no limpiaba su rostro.

El tiempo como mantequilla se le escurría de las manos y se le acortaba cada vez más mientras pasaban los días, ahora debía atender las citas de comer con su nuevo amor, así que comenzó a saturarse de trabajo.

Como jefa de al menos 20 empleados debía poner el ejemplo, pero al final ella pagaba, así que comenzó a delegar responsabilidades que no eran cumplidas, el negocio lo resintió con los peores resultados y así comenzó a tener inestabilidad laboral.

De las seis sucursales que ya tenía se tuvieron que cerrar tres por falta de supervisión, el nuevo amor no le permitía muchas salidas y no pretendía perderlo. Pensaba que no era necesario abarcar mucho así que cerrar fue lo más sensato para ella en ese momento.

Deprimida, enojada y frustrada, mirando las estadísticas de las pocas ventas en el mes, se vio frente a ella una barriga que no estaba ahí hacía unas semanas, y en el reflejo de las tablas de Excel, una papada le hacía columpio a los números rojos que saltaban a sus ojos.

Entonces se preguntó, ¿cuánto hace que no tengo mi periodo? Y como respuesta recordó que dos meses la alejaban del último cólico menstrual que había tenido.

Un nuevo bebé llegaría.
⁃ Señora, felicidades serán tres bebés.

La cigüeña le llegaba con un par de regalos más. Pensaba que una mujer de éxitos tenía que cumplir con todos los aspectos que la vida le tiene preparado a las mujeres, así que asumió su responsabilidad.

El embarazo duró lo que tiene que durar y al término de éste (resentida por una panza que la hizo mantenerse en silla de ruedas los últimos meses) los tres bebés llegaron al seno de una familia en unión libre formada por mamá, papá y un perro.

¿Cuándo volvería a ver su cuerpo como antes? Quizá nunca, su cuerpo ahora tenía la forma de un globo desinflado que le dejaba una especie de lengua colgando al frente.

Despertarse a las cinco de la mañana era inevitable pero no habían rutinas de ejercicio por ningún lado.

Un día los niños lloraban de noche, y sus senos guangos se arrastraban junto con sus pies en mitad de la noche a la cocina para darles un poco de leche, mientras su esposo dormía placentera y profundamente pues ahora atendía los negocios de su mujer con el nuevo cargo de director general.

Ahí en el fregadero tomó la esponja, la llenó de jabonadura y comenzó a lavar las mamilas. Del rostro le bajaban un par de lágrimas que le lubricaban sus ojos cansados, estaban atoradas en algún lugar, tanto que al salir y viajar en el delgado rostro que tenía a causa de la alimentación de sus hijos, sintió que el corazón se le destapaba de algún lado y le permitía respirar mejor.

Mientras lavaba mamilas pensaba:

¡Qué bueno que llegó el verdadero amor a mi vida y la felicidad!

Y en medio de ese pensamiento, como una gran cascada, los ojos se le anegaron de tanto llorar.

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