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Crónicas urbanas : el día sin ella

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Mayra Labastida

En medio de una noche no tan fría, la mano de Agustín comenzó a buscar la humedad del cuerpo que dormía a su lado. Palpando los bordes de la cama con sutileza y recorriendo ese espacio hasta la almohada, imaginaba el bello cuerpo de su mujer atendiendo sus deseos de madrugada.

Pocas veces el camino al encuentro con Rosalva se le había hecho tan largo. El terreno de la sabana recorrida se sentía frío por su ausencia. Probablemente se había ido al baño, ella siempre tomaba dos vasos de agua antes de dormir y era normal que se despertara. Pero todo estaba a oscuras y ella prefería un poco de luz para andar por las noches incluso en su casa, siempre le ha tenido miedo a la oscuridad. Agustín le daba consuelo a su deseo tocándose entre las piernas mientras esperaba que su mujer regresara.

El escandaloso silencio le comenzó a dar miedo y decidió levantarse de su cama. Bajó por las escaleras hasta llegar a la cocina, ella todo el tiempo tiene sed, seguramente estaría ahí.

-¿Rosalva? ¿Estás ahí?

Todo estaba en calma, sólo le respondía el contoneo de una flama que nacía de una veladora y cuidaba la imagen de una virgen a la que su mujer le tenía mucho fervor.

Comenzó a sentir una extraña sensación de soledad y abandono que ya había percibido antes, cuando Rosalva se regresó a vivir con una amiga al enterarse que Agustín le era infiel con la nueva secretaria.

La buscó en el baño de abajo, en la sala de televisión y hasta en la terraza. No estaba por ningún lado. Se le ocurrió qué tal vez hubiera salido a la farmacia o a la tienda por alguna urgencia. -Probablemente no quizo despertarme-, se asomó a la cochera y los dos autos estaban en el lugar de siempre.

A pesar del calor de la noche, comenzó a sentir en el cuerpo un escozor extremadamente frío que le calaba por todas partes, una especie de helada súbita que habitaba su cuerpo y que le recordaba lo triste que había sido perderla aquella primera vez.

¿Pero qué pudo haber pasado? Yo ya no soy el mismo de antes, ¿por qué tendría el deseo de irse?

Pensó entonces que una buena idea sería saber si había empacado, tal vez ya lo tenía planeado y sacó antes sus maletas. Corriendo subió a revisar el armario. La ropa de Rosalva y todas sus cosas estaban en orden, sus zapatos, sus joyas, su ropa interior, mascadas y gorros, todo en el lugar de siempre. La ropa de un día anterior estaba colgada en un perchero que tenían junto a la cama.

Fue entonces que miró algo diferente, la pijama de Rosalva estaba tirada en el piso. Una blusa de seda rosa con encajes en hueso y unos shorts que hacían el juego estaban tirados a lado de la cama donde ella dormía.

Por la forma y posición de las telas parecía como si la esbelta figura de su atractiva mujer se hubiera desvanecido, como si el destino hubiera decidido llevársela desnuda, así como cuando llegó a este mundo.

Se acercó a las prendas en un afán de asegurarse que eran de ella y ahí debajo estaba su celular, extraviado, sin poder ser utilizado para encontrarla.

Agustin comenzó a alarmarse, mientras que el cielo comenzaba a clarear sin un rastro de su mujer, el deseo de tenerla en sus brazos había pasado del excitante recuerdo de todas las formas provocadoras y por demás hermosas de su cuerpo, a la angustiosa tristeza por el recuerdo de no volver a ver su hermosa sonrisa después del arrobamiento, y más aún de no volver a verla despertar junto a él.

Las horas de espera recostado en su cama parecían eternas buscando una respuesta a los motivos de tal desventura. La cabeza era un puñado de hipótesis que le hicieron sentir un ligero dolor en la nuca y entre tanta sinrazón de ambigüedades, se quedó dormido los últimos minutos de la noche.

La alarma del reloj sonó con tal estrépito que el corazón de Agustín se detuvo un par de segundos, preparándolo para la taquicardia que a diario le regalaba las 6:30 de la mañana. La rutina de siempre comenzaba, esta vez sin Rosalva. Y nada podía cambiar los planes pues la firma de un contrato estaba pendiente en los asuntos del día de Agustín. Aún tenía la esperanza de verla entrar por la puerta, diciéndole: ¿qué te preparo de desayunar, amor? Pero eso no ocurrió. Luego de un baño que duró lo que tarda una leve enjabonada se vistió apresurado para llevarle dinero a sus madre y de ahí pasar a la oficina.
Antes de irse escribió en un papel:

“Amor no entiendo porque te fuiste sin avísame, hasta dejaste tu celular. Espero verte para la tarde. Te amo. No vuelvas a irte jamás.”

Tomó las llaves de su auto y salió de prisa rumbo a la casa de su madre. Distraído sólo ponía atención a algunas señaléticas para orientarlo en su viaje, sin percatarse que un aire de soledad abundaba en las calles.

En el carro de junto estaba un señor de apariencia joven, que se tocaba la cabeza como en un shock de desesperación, no había tráfico y era extraño verlo tan angustiado.

Antes de llegar a su destino, se detuvo en la esquina para comprar unos tamales que se le habían antojado y que prentendía fueran el desayuno de su madre enferma. Para variar ese día Conchita no había salido a venderlos y ya no quedaba otra opción que seguir el trayecto sin alimentos.

Se estacionó frente a la pequeña casa donde vivía su madre y su hermana, una joven estudiante de preparatoria, muy buena hija que también cuidaba de su enfermedad y que a esa hora estaría lista para ir a la escuela.

Agustín tocó el timbre sin que recibiera respuesta alguna, insistió varias veces sin obtener un solo ruido que hiciera pensar que alguien vivía ahí. Era muy extraño, ellas no saldrían por ningún motivo en la mañana y la persiana estaba cerrada como si aún fuera de noche.

Le preguntó a un vecino que iba saliendo de la casa de junto: “Oiga, disculpe, buen día, ¿no sabe si salió mi mamá y mi hermana?

-No joven, no escuché que salieran ya ve que aquí se oye todo- discúlpeme ando de prisa, mi mujer no prendió el baño y ya voy tarde, hace rato que le grito para saber dónde anda y no la encuentro, ahorita voy a ver si no se quedó en la tienda platicando.

Agustín le agradeció y extrañado marcó a la casa de su madre sin respuesta alguna. Sólo pudo dejar un mensaje en la contestadora: “Llámenme al celular cuando regresen”.

No recordaba que tuviera que ir al hospital para realizarle análisis, sólo así cabía la posibilidad de que salieran temprano de la casa.

Atareado con el tiempo se subió a su auto lamentando no haber visto a su madre y hermana, y condujo hasta su oficina. Durante el camino notó que muchos hombres estaban fuera de sus casas, unos en pijama, otros preparados para realizar su vida común pero todos con los rostros desencajados.

Algunos cruzados de brazos, otros haciendo llamadas telefónicas como si estuvieran en una situación de peligro, otros se rascaban la cabeza. Mientras esperaba el semáforo vio cómo un padre arreglaba a su hijo para ir a la escuela y le secaba las lágrimas con un pañuelo, y antes de que el verde le permitiera seguir observó que el padre abrazaba a su hijo consolándolo y llorando junto con él. Era evidente que algo le faltaba a ese día.

Cuando al fin llego a su destino, se bajó de su auto y rápidamente se dirigió a su oficina. Aún faltaban unos minutos para la entrada, así que decidió prepararse un café. El recuerdo de Rosalva le regresaba a cada instante y le dejaba un hueco profundo en el estómago, un tanto por la ausencia de ella, otro tanto porque no le había dado de desayunar.

A escasos tres minutos del cierre de puertas se veían hombres entrando apresurados por checar su hora de entrada. Era extraño no ver llegar a la contadora Rita, que siempre estaba con una gran sonrisa, o a Tamara, la encargada del archivo. La puntualidad de ella era muy similar a la de un inglés.

Todos los hombres se miraban con ánimo de contar sus experiencias traídas desde sus hogares, todos con la angustia de no haber visto por ninguna parte a sus esposas, hijas, hermanas, madres y hasta vecinas. Un abogado recién casado llevaba en brazos a su pequeño hijo de tres meses envuelto en cobijas, porque su madre no estaba.

Alguno de ellos se animó y dijo: ¿no saben a dónde están todas las mujeres?

Y ninguno se atrevió a pensar en dar una respuesta. Les invadía un ambiente de descontrol y angustia que se convirtió en solidaridad ante la desesperanza.

Las extrañaban, no importaba que lo que hicieran les provocara ira, insatisfacción o frustración. Todos deseaban que esa mañana del 9 de marzo hubiera sido normal, con sus enojos, con sus tristezas y alegrías, pero con ellas. Se desaparecieron sin dejar rastro, sin dejar una pista para ir a buscarlas. Agustín en medio de su dolor de estómago y de corazón, le lloraba a sus tres mujeres perdidas en algún lugar del universo.

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