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Crónicas urbanas: El eterno candidato

Mayra Labastida 

La eternidad falsa de un personaje le dibujaba una máscara de líder glorioso todos los días desde que se lo propuso.

A la vista sus simpatizantes, aquellos que nada saben de la economía, pero si saben cómo extender la mano para pedir de comer. A ellos no les decía cuánto gastaba para aumentar la felicidad, término que para su esquema de “bienhechor” comenzaba a ser una unidad de medida obligatoria, incluso para los que no compartían el fanatismo hacia él.

Se despertaba cansado con los huesos molidos por la penetrante pesadez que le causaba su trabajo. Lo desgastaban las giras y los argumentos que incriminan al neoliberalismo y a los conservadores, en un discurso donde siempre se sentía atrapado en el pasado. Aún piensa que sus palabras son las armas de su antigua fase como activista.

Una verborrea ensayada muy diferente al significado que ésta tiene carecía de la fluidez típica de un experto en hipnosis colectiva, era lenta y bastante hueca, siempre la preparaba una noche antes de dormir para dejar salir el demonio que lo asechaba día y noche: su insufrible delirio de persecución.

A veces no dormía pensando en sus adversarios, quienes ya no tenían la oportunidad de quitarle el trono. En sus sueños los veía con la misma máscara que él usaba a diario, muy parecida a las que se usan en los carnavales, sin rasgos de apariencia humana, simples materiales que desdeñan los sentimientos puros del hombre y los someten a lo banal y a lo frívolo.

Los veía deformes, algunos se transmutaban en seres prehistóricos, otros tenían orejas grandes y carecían de cabello céfalo, otros eran monstruos azules que entre locuras y embriagueces le recriminaban la misma ineptitud de sus poderes. Se reían del eterno candidato a carcajadas y le enseñaban el camino, un largo paraje oscuro y desolado por el que ya habían pasado ellos.

Sus sueños lo atrapaban en un sentimiento de intranquilidad, las voces que le llegaban al sempiterno también eran de aquellos que a su parecer lo llenaban de injurias diarias, aquellos que pasan sus días en busca de la verdad y sólo pretendían dar a conocer los hechos reales. Quizá, como cualquiera que defiende su posición, a veces salían a la luz ciertas conspiraciones. Pero en la realidad, descalificaba como el dictador que se había apoderado de sus planes.

Cuando la época de la desavenencia floreció y la epizootia le abría los ojos a quienes pensaron era su redentor, desde sus entrañas se desplegaba la ira refunfuñante en contra de sus adversarios y enemigos.

Pero en él vivía la imaginaria personalidad de superhéroe, que lo hacía inmune a cualquier virus mortal. Así que ante la letalidad escandalosa que lo ponía en los primeros lugares a nivel mundial, aquel mandatario que poseía la verdad absoluta en su denominada frase “yo tengo otros datos” dejaba a la deriva el barco que capitaneaba y se exponía a su futuro.

Con pasos lentos por la desventura de sus esfuerzos vanos, la luz de su fuerza se apagaba en cada encuentro con cualquiera que lo confrontaba, su futuro era determinante, certero e inequívoco. Se uniría al número de los que ya no estaban para reclamarle sus derechos y una mejor calidad de vida, no porque en el pasado la hubieran tenido, sino porque no pudo ayudarles a mejorarla antes de partir para siempre.

Vagabundeaba con el ánimo yerto y el rostro desdibujado que le trazaba una sonrisa actuada, en medio de multitudes que lo vanagloriaban erráticas y confundidas.

Salía con su singular gesto de mártir en medio de las contradicciones de su gabinete que no sólo le dañaban la imagen, sino que lo sepultaban.

Era un muerto viviente, que soñaba con ser el candidato eterno que prometía falsas ilusiones.

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