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Crónicas urbanas: En la cara del gato

Mayra Labastida 

La pesadez en mis párpados todos los días al despertar eran parte de mis síntomas de agotamiento crónico y mal dormir.

Llevaba días así, en un cansancio extremo que me tenía como una estampa a la cama y era muy difícil despertar. Pero ese día, como si alguien presionara el interruptor de la luz en alguna habitación, mis ojos se abrieron en un instante, tal que si fuera una película en “Close up” se notaría el desprendimiento de las pestañas que dormían abrazadas y que ahora a las órdenes del subconsciente eran obligadas a separarse de tajo.

Recién desperté vi el techo de una habitación oscura que comenzaba a darme indicios de pertenecerme, le ayudaba por supuesto la tenue caricia de una luz de la calle que reflejaba un halo horizontal y se difuminaba mientras mis pupilas se veían obligadas a vagar a tientas en lo desconocido.

Justo en ese momento comencé a sentir lo que me había despertado, con un extraño repeluzno que se agarraba de mi piel y le daba la bienvenida al estrés de la media noche.

Las pisadas de un gato holgazán que se paseaba en el techo hace días, me despertaron esa noche.

Un gato de aspecto maltratado, sucio y viejo, de esos que traen lacerado el corazón de tanto que la gente los repudia. Un gato que por amigos sólo tiene pulgas y garrapatas. De eso no se puede quejar, pues, así como el humano con sus parejas, la relación que mantiene con esos invertebrados es una alianza tóxica que refleja algo de amor.

Mientras las personas se arrebatan en una noche como ésta a sentir en un beso apasionado el roce de sus lenguas como el boleto para una cópula, el gato lame su pelaje y los acaricia agradeciendo que, aunque sea por comer le hagan cosquillas y comezón.

Quizá ya había gozado de los placeres de acurrucarse en los brazos de alguien, eso nos pasa cuando el calor de otros nos abraza y a veces no queremos salir de ahí, aunque después probablemente ese cuerpo un día se vaya a regalar calor a otro ser. Supongo que los gatos son así también, por eso vagabundeaba en la noche para encontrarlo, eso me gustaba pensar.

Llevaba días en el techo de la casa, a veces me despertaba por los ruidos de una pelea entre él y otros perros vecinos que viven en el techo de otras casas, seguramente la persecución comenzaba luego de una disputa sobre quién estaría más abandonado en la vida.

Pero no había alboroto en esta ocasión, era como un gato que caminaba a los pies de la luna que lo observaba riendo de sus travesuras, y pensé que si ante los ojos de aquel astro brillante la vida de ese gato era causa de felicidad, yo debía acompañarlos y saber el motivo, total, yo ya no podría recuperar el sueño.

A paso lento y con seria cautela subí por las escaleras hasta el techo de la casa. Tal como lo imaginaba el gato bicolor tenía una facha de mal viviente, estaba muy sereno con las cuatro patas inmóviles adheridas al resquebradizo y viejo impermeabilizante.

Una puerta de cristal me permitía verlo sin que él se diera cuenta, para ese momento la luna que era cómplice de mis movimientos

Iluminaba sólo una parte del felino, largo en sus extremidades y con una gran cola que levantaba y contoneaba como una veleta.

A pesar de estar sucio se distinguía a distancia una personalidad fuerte y sombría. En un raudo giro de cabeza, aquel gato que me había inspirado confianza para subir a conocerlo dejaba ver el rostro siniestro que se le presentaba con una ironía mordaz de simpatía a mi curiosidad.

Mi corazón se precipitaba al máximo con el susto que en mis pupilas se dibujaba, la mitad de la cara del felino había sido arrancada de tajo, devorada por alguien o por algo.

Se le podían ver restos de piel y pelo colgando y un hueco oscuro de la zona oval donde alguna vez tuvo un ojo. Huesos y dientes estaban al descubierto, exponiéndose a un ambiente nada seguro y completamente desconocido para él.

Sin pensarlo abrí el ventanal que nos separaba para poder tomarlo, aún no me explico la necesidad de querer tenerlo en mis manos. Me obligaban a estrangularlo para darle mejor vida. Por lo que sin dudar de su necesidad de permanecer en este mundo el gato de aspecto pútrido comenzó a correr para escapar de mí, como si estuviera enterado de aquel plan de muerte que yo le tenía y había elaborado solo al ver su repulsiva y asustada cara.

Primero brincó una cerca, algo andaba mal en su andar, era rápido, pero no yo no podía alcanzarlo. Luego trepó a un techo unos dos metros más alto del mío, y al ir subiendo sin saber qué tan cerca estaba yo de él, lo tomé de la cola y lo sujeté.

El gato comenzó a defender su difuminada y vagabunda vida, arañándome los brazos con la intención de escapar. Me rasguñaba profundamente los antebrazos y el ego de sentir dolor a causa de un gato moribundo que no entendía que para él era mejor la muerte.

A pesar de mi misericordia disfrazada de sociopatía, el destino tenía pactada una alianza de supervivencia, quizá era que aún le quedaban algunas vidas a ese gato.  En un acto de venganza de las leyes desconocidas del universo, en un abrir y cerrar de ojos volví a estar frente al ventanal mirando al gato y a la luna.

Todo regresaba al estado que me hizo tener la curiosidad de conocer al felino.

De nuevo el rostro siniestro del gato vagabundo me retaba a perseguirlo. Abrí nuevamente el ventanal y salí corriendo tras él, era mi momento de acabarlo, podía haber sido un amigo legítimo y curar sus heridas, pero lo más leal era desterrarlo del mundo que lo había traicionado, sin embargo, observar los cachos de piel lacerada y podrida me revolvía el estómago, siempre he tenido asco a la inmundicia.

Otra vez me lleno de ira y comenzamos la carrera. Salta la pequeña cerca y pronto llega a su última opción, un techo de dos metros que intenta escalar. Lo vuelvo a tomar de la cola y lo llevo a mis brazos mientras el gato se defiende con sus patas lastimando mis extremidades.

Otra vez los multiversos nos dan la bienvenida, nos regalaban a ese gato y a mí la oportunidad de repetir el momento, porque luego de haberlo tenido en mis brazos, nuevamente me encuentro frente al ventanal viendo al mismo gato siniestro y repulsivo frente al brillo de la luna.

Estas escenas se repitieron un par de veces más, de la misma forma y cuadratura, y conforme se repetían los brazos me dolían más.

Con abrupto y la necesidad de escapar a esa realidad abrí los ojos: esta vez no hay ventanal, ni gato, ni luna. Tampoco estoy en mi habitación, es el laboratorio, me he quedado dormido, estoy cruzado de brazos como cerrado a mis ideas, como muerto en ataúd.

No es el gato que me rasguña, son mis dedos los que me laceraron minutos antes, y mientras voy recobrando las ideas y me ubico en qué lugar estoy comprendo que toda la angustia que siento es causa de un sueño repetitivo.

  • Veo que el experimento que nos ha mostrado le ha dejado cansado, créame que la teoría del gato de Shrödinger no es cosa sencilla.

Que alguien pueda estar vivo y muerto al mismo tiempo parece cosa de locos. La mecánica cuántica sugiere que el gato está en una superposición vivo y muerto a la vez, sólo la curiosidad hará que el gato viva o muera, como si fuéramos dueños de su destino incierto.

  •  ¡Así es maestro, perdón me quedé dormido!
  • Ahora entiendo su debilitamiento mental. Imagino que tenía una pesadilla, pues antes de entrar por la puerta noté que usted forcejeaba con sus brazos como si estuviera sujetando algo.

Mi imposibilidad antropomórfica me había dado una gran lección que se reflejaba en un agotamiento físico por la experimentación necesaria de explicar cómo se puede estar vivo y muerto al mismo tiempo.

Ese gato cuántico me puso en la superposición de estar desequilibrado y cuerdo a la vez.

Tomé mis cosas y me fui a mi casa. Con una pesadez me arrojé a la cama para por fin descansar. Por la ventana un gato contoneaba la cola y lamía sus patas. La sombra le hacía ver pedazos de piel a punto de caer. Ya no hago caso, cierro los ojos y me duermo profundamente.

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