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Crónicas urbanas : Furia Mágica

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Mayra Labastida
Mayra Labastida
Colaboradora Ng Noticias

Desde muy temprano alguien había decidido comenzar su rutina interrumpiendo la mía.


¡Rñññññ, Rñññññ! Se escucha con impaciencia el timbre de mi puerta.


¡Toc, toc, toc! Ahora llaman con el puño cerrado. No he podido enjabonarme bien la cabeza con shampoo, cuando por el sobresalto de tanta insistencia me ha caído a los ojos la espuma dejándome ciega en un instante.


El mal diseño de mi casa me ha salvado nuevamente, desde el segundo piso logro abrir la ventana que da justo a la calle para saber quién me busca con tanta insistencia.


¡Rññññññ! Rñññññññ! Los timbrazos de nuevo.


-¿pero quién carajos puede ser a esta hora?


Como un borrego con lana blanca, mi cabeza enjabonada se asoma para mirar quién es.


⁃ Diga! ¿Quién toca?


⁃ ¡Soy yo, Magdalena! ¡Ábreme la puerta!


⁃ ¿Qué no ves que estoy bañándome?


Y siguiendo el sonido de mi voz enfurecida por mi ceguera temporal, Magdalena levanta la mirada para seguir con su tema:


⁃ lo siento, pero es urgente que me acompañes, no quiero ir sola necesito que vengas conmigo.

¡Ahora sí se le acabó el juego al Juan! Ya sé dónde vive la mugrosa esa que anda con él.


Con el agua chorreándome el cuerpo, intentaba entender por qué algunas mujeres no temen hablar en voz alta cuando se trata de destapar su intimidad, a las siete de la mañana muchos chismosos ya andan por las calles comenzando sus labores diarias y era evidente que ahora conocían de primera mano que Magdalena gritaba sin el menor temor a las habladurías.


⁃ ¡ya apúrate y acompáñame! Vine a avisarte que paso por ti en cinco minutos


Y salió corriendo con la misma inquietud que la hizo venir hasta aquí.


Cerré la ventana rápidamente, temía por un torzón de trompa derivado del chiflón que entraba a congelar mi cuerpo mojado.


Esta Magdalena creía que mi trabajo era un pedazo de envoltura que podía dejar botado donde fuera. Yo tenía cosas que hacer y esta mujer simplemente deseaba volverme cómplice de sus planes subversivos en contra de su enemiga.


En realidad no sé qué tenía ese hombre que hacia que Magdalena sólo pudiera pensar en él como el único hombre en la tierra al que podía amar.


Me apresuré a salir del baño para secarme, tenía que marcarle a esa mujer loca para cancelarle sus planes conmigo.


No había siquiera secado mi cabello ya limpio cuando de nuevo comenzó a tocar el timbre!


¡Rññññññ! ¡Rñññññ! ¡Rñññññ!


⁃ ¡Para mujer, para! Pero tú me vas a dejar sorda ¿Qué es eso tan urgente a lo que quieres que te acompañe?. Le gritaba mientras me colocaba la toalla para poder abrir la puerta.


⁃ ¿Todavía no estás lista? Te dije que me acompañarás, tenemos que ir a casa de esa mujer ¡Ya sé cómo llegar!


⁃ ¿Pero qué estás loca? ¿Y qué vas a hacer si los encuentras, o alguno de ellos? ¿No te has puesto a pensar ? Además, qué voy a hacer yo ahí metida contigo cuando tengo tanto trabajo, ¡no puedo acompañarte!


⁃ ¡Ándale Silvia, no seas así, no quiero ir sola!


⁃ ¿A qué quieres ir mujer? Ya está claro que te pone los cuernos ¿qué mas quieres?


⁃ Quiero saber a dónde se revolcaban. Quiero odiarlo más, Silvia, ¡ya toma mi celular y di que estás enferma!


Accedí a la propuesta pues era realmente extraño que yo faltara a mi trabajo, pero le advertí que era la primera y última vez que la acompañaba a semejante acto de completa irracionalidad.


⁃ sí, sí , Ya vámonos, ponte lo que sea y vámonos


Un taxi nos esperaba ya en la puerta de mi casa, mismo que tuvo que esperar a que me pudiera vestir para salirnos lo más rápido posible.


Subimos al auto y Magdalena y yo salimos rumbo a la dirección que había recibido en un mensaje de texto de un investigador a quien contrató para seguir a su esposo, quien además le aseguraba que la susodicha siempre estaba fuera de casa desde las 7:30 de la mañana y regresaba hasta las 2 de la tarde, por eso la urgencia de Magdalena para llegar.


Alrededor de las 8 de la mañana llegamos al lugar. Una especie de vecindad marcaba el número 68 de la calle Maximiliano de Habsburgo en la colonia las Américas aquí en la ciudad.


Bajamos con apuro, como si estuviéramos próximas a develar un secreto.


Aunque molesta por lo que estaba siendo cómplice y cómo me habían obligado a serlo, también se ocultaba en mí un miedo de estar haciendo algo indebido, no sabía por qué Magdalena tenía que enfrentar a una mujer a la que no debía darle ese tipo de importancia.


Le habían dicho que en el interior de la vivienda buscara el departamento 4 y ahí estaría la casa de “Desiré” quien tenía amoríos por más de un año con su querido y desgraciado amado Juan a quien tanto le lloraba sus falsedades y continuos engaños.


Había un portero al que llamamos para que nos pudiera abrir.


⁃ Hola, buenos días, me llamo Magdalena, soy amiga de Desiré; ella es Silvia, venimos desde lejos y queremos entrar a verla.


⁃ Uy no señorita, no se va a poder la señora Desiré no está


⁃ ¡Exacto! ya sabemos que no está. Lo que queremos es darle una sorpresa. Ella sabe que íbamos a llegar hoy pero se suponía que después de la hora de comida, se nos adelantó el viaje y estamos desde ayer, por eso queremos darle una sorpresa cuando llegue, así la podemos esperar adentro.

¡Le va a encantar! Además, nos da tiempo de preparar la comida para que, cuando llegue, podamos comer juntas y hasta a usted lo invitamos a comer ¡Tenemos tanto de no verla! ¿Qué dice, nos da chance?


⁃ No, señorita, pero cómo cree si ni las conozco


⁃ Señor, mire la hora que es ¿Usted cree que nos despertaríamos tan temprano para ir a buscar a quien fuera sólo para hacerle daño? Ni por mi peor enemiga me levantaría tan temprano
Mientras escuchaba los argumentos de Magdalena pensaba si ya había planeado toda esta basura de razones para hacer que nos dejaran entrar.


Como es normal en muchos robos, incidentes y altercados en este tipo de viviendas, el portero era un idiota, o quizá un hombre muy confiado que se dejó convencer ante la simpatía de Magdalena y mi seriedad que le hacía segunda.


Entramos sin mayor problema, él mismo nos indicó dónde guardaba una llave de emergencia porque “la señora Desiré era muy olvidadiza”.


Como un regalo divino por haberla hecho llorar muchos días a causa de este engaño, por fin entramos con la victoria a la casa de tan despreciable mujer para mi amiga Magdalena.


Los ojos se le llenaron de lágrimas que no se arrojaban aún al vacío de su rostro, sino que se mantenían en un estanque de dolor por despecho. En un segundo se dirigió a la habitación. Un closet lastimado por los golpes y el paso del tiempo estaba frente a la cama de su adversaria. Abrió las puertas del mueble y comenzó a sacar toda la ropa.


⁃ ¡Silvia, rápido, consigue unas tijeras, algo para cortar! Esta desgraciada caliente no va a tener con qué taparse, la voy a dejar como le gusta andar, encuerada y exhibiéndose.


⁃ ¡Estás loca Magda ! ¡Ya párale a tu desmadre, nos van a cachar y al bote vamos a dar! Hasta le dijiste nuestros nombres reales.


⁃ Nada, nada, no seas rajona Silvia, si bien que querías venir (comentario que me llenó de molestia porque seguramente, además de dolor de panza por tanta angustia, me esperaba más trabajo que el normal, gracias a sus estúpidos celos de esposa cuernuda).


⁃ ¡Yo no quería venir! Pero al caso qué bueno que estoy aquí, quién sabe de lo que eres capaz.
De la nada, como si las ganas y la energía para poder chingarle la vida a Desiré se unieran, encontré unas tijeras con las que comenzamos a dejar en tiritas absolutamente toda la ropa de aquella manceba ilusa que estaría trabajando o desayunándose a su marido.


Quizá mi ayuda sí tenía un propósito, quizá simplemente quería ser parte de su venganza porque yo también padecí los desvelos que Juan le hacía pasar a Magda. En la tristeza de su corazón recurría a mí para auxiliarla y aconsejarla en vano, pues nunca logré que se calmara o dejara de llorar.


Así que me puse a cortar tantas tiras de ropa. No niego que el placer que tenía en ese momento era superior al de muchos que había vivido:


Mientras nos apoderábamos de nuestra psique y descontrolábamos lo ajeno, encontramos hasta el fondo de un cajón una bolsa que en su interior parecía tener más ropa.


Con mucho cuidado la abrimos y comenzamos a sacar una bola hecha por listones de muchos colores, amarillos, violetas, verdes y rojos, todos atorados al centro.


Desamarramos cada uno y mientras iban cayendo, logramos ver el final del amarre dos mudas de ropa interior sucia, una de hombre que según la ahora detective Magdalena, pertenecía a Juan, y otra de mujer, la cual suponíamos era de Desiré por estar en su propiedad. Al interior dos fotografías frente a frente parecían estar unidas como si se prometían amor a costa del dolor ajeno.


-¡Ya viste, Silvia! Hasta bruja le salió al pendejo éste. Uno que va a misa todos los domingos y hasta problemas tengo por llevarlo obligado, y sin más se consigue una bruja que no solo me lo arrebata a mi, sino a mis hijos.


Yo juraba que esa frase de Magda era un homenaje a un personaje bien trabajado de “me hago la víctima y mártir “ para no asumir su responsabilidad de ser feliz y largarse de su casa en la primera puesta de cuernos que tuvo antes de que su primera hija naciera y no hasta ahora con el cuarto chamaco.


-Trae las tijeras para acabar con estas porquerías- me dijo, y comenzó a hacer pedacitos todo.


Luego que terminó de sacar su coraje en tantos tijeretazos, un silencio agitador nos abrazó en unos momentos, y fue entonces que comencé a escuchar un lamento muy alejado. Algo que rascaba cercano a la cama de esta mujer y que me estaba poniendo los pelos de punta.


⁃ ¿ya oíste?


⁃ Si, le contesté a Magdalena, ¡ya vámonos!


⁃ No, espérate ¿qué es eso?


Esta vieja estaba comenzando a sacar lo peor en mi, ¿yo qué carajos tenía que estar de su alcahueta?


⁃ Que ya nos vamos Margadela, ¡entiende! nos vamos a meter en problemas, ya viste lo que hicimos, y nos van a identificar gracias a que estuviste risa y risa con el idiota ese que nos dejó pasar, te quejas de tu marido y eres igual.


⁃ ¡Ya cállate, deja escuchar!


Los ruidos seguían creciendo y el lamento era más fuerte cuando nos fuimos acercando a la cama. Con el valor de una loca, Magdalena se agachó a ver qué era lo que se escuchaba debajo de la cama, y al verlo de pronto salió asustada y de un brinco se alejó.


⁃ ¿Qué hay, qué es? ¿Qué viste?


⁃ Te digo que es una pinche bruja, ahí hay algo como un animal encerrado.


Si algo no podía permitir era el maltrato a los niños y a los animales, así que saque las pocas ganas y fuerzas que me quedaban de seguir haciendo desfiguros, y me asomé.


En una jaula pequeña se encontraba una especie de sapo, muy grande y agüerejado, que impaciente se movía para que lo escucháramos, jalé de inmediato la cama y lo pudimos ver bien a la luz de la mañana. Era un sapo con un par de listones rojos al rededor del cuello que estaban adornados con un candado pequeño. El animal no podía hacer ese croar de cualquier anfibio de su naturaleza, porque había sido lacerado con un par de alambres delgados que le atravesaban la boca para que no pudiera abrirla. A simple vista, el pobre animal realmente estaba sufriendo.


⁃ Pero, ¿qué infeliz puede hacerle esto a un animalito?


Ya era demasiado para mis ojos tanto desorden mental junto. ¡A Juan sí que le gustaban las mujeres raras!


El pobre animal realmente estaba sufriendo, nos veía y hasta parecía que intentaba decirnos algo.


No podíamos seguir en ese lugar, uno nunca sabe cuándo las personas deciden regresar en cualquier momento, a veces se puede sentir que algo anda mal y en mi angustia, imaginaba que Desiré llegaría en cualquier momento.


⁃ ¡Ya vámonos Magda, ya fue mucho!


⁃ Si, ¡ya vámonos !


⁃ Y ¿vamos a dejar al sapito así?


No, tráelo hay que quitarle eso ¡pobre animal!


Me dio gusto saber que en algo por fin coincidíamos. Tomé la jaula y nos salimos del lugar. El pobre idiota que nos había dado permiso de pasar, ni siquiera se dio cuenta cuando salimos del lugar. En mis adentros decía: el único más jodido (aparte del pobre sapo) sería el vigilante, sin vela en el entierro y pagando los platos rotos de las aventuras de Juan.


Nos subimos a otro taxi hasta llegar a nuestras casas.


¿Tienes pinzas ? Vamos a ayudarle a mover los alambres para poderlos sacar!


El pobre animal se revolcaba del dolor, pero en un momento entendió que solo queríamos que estuviera bien.


Cuando logramos sacarle el par de alambres que lo atravesaron, limpiamos con agua la sangre del animal y entonces abrió la boca para escupir algo que no sabíamos qué era.


-¿qué es eso que escupió ? Le pregunté a Magdalena.


Entonces entre sanguaza y saliva del animal, un cuadro de papel fotográfico con el rostro de Magdalena sonriendo, había estado preso en la boca de aquel agradecido animal.


Al otro día miré desde mi ventana la casa de Magdalena, había salido a despedir a Juan con un beso, como si hubiera regresado de un viaje largo, como si comenzaran algo de nuevo.


Yo también comencé con un nuevo romance, y quizá mi casa necesite unos ajustes para un estanque.

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