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Crónicas urbanas : Germán y Molina

(cuento corto)

Mayra Labastida 

Germán y Molina, dos repartidores de refresco, habían sido colegas de chamba hace ya un tiempo. Estos amigos entrañables se conocieron el día en que fueron a pedir trabajo a la empresa que los contrató pues necesitaban repartidores con experiencia.

A Germán ya le había tocado trabajar en el mismo giro. Era joven, al menos unos 37 años, era uno de los mejores vendedores en su anterior trabajo, hasta que descubrieron que dejaba menos productos en las tiendas. Lo amenazaron con demandarlo por abusivo, pero argumentó que necesitaba el dinero para pagar un diplomado en administración en línea, su bachillerato trunco no le ayudaba a conseguir un puesto gerencial de zona. Debió ser que aún no llegaba al curso de ética laboral. Lo dejaron sin liquidación solamente.

Por su parte Molina, era un joven muy tímido que había tenido que buscar trabajo luego de ser ayudante y cargador, mejor conocido en el
argot musical “ trabajaba de choco” con diferentes grupos sonideros en su colonia.

A sus 28 años vivía cómodo en casa de sus padres, pero tuvo que salir a buscar trabajo porque creía que había embarazado a su novia, y era cierta una parte, la chica estaba embarazada pero no de él .

Así que ante tal responsabilidad, como cualquier hombre serio que no tiene planes de vida pero le cae “el viento de la desgracia” como a la pobre Eréndira de Gabriel García Márquez, salió a pedir trabajo sin nada de experiencia pero sí mucha necesidad. La juventud le ayudaba mucho y la refresquera no dudó en contratarlo pues sabía leer, escribir, sumar y restar. Molina encontró trabajo para tener el pan de cada día.

Así se conocieron los amigos.

Como suele ser normal para quienes tienen un horario de trabajo pesado, desmotivante y sumamente desgastante, era obvio esperar el viernes para buscar una forma divertida de entretenimiento.

Aquellos amigos terminaron su jornada laboral y ante la delicia de ser quincena y tener el fin de semana a sus pies comenzaron los discursos:

-¿’quiubo’ compa? Vamos de fiesta un rato, ya estoy molido pero un bañito y este cuerpo da para toda la noche- dijo Germán.

-¡Tú porque no tienes chicote! ¡A mí se me arma siempre!- respondió triste y con sus ilusiones pisoteadas el pobre de Molina

⁃ ¡Ándale compa, vamos un rato! Que no te pegue la vieja, cuando nazca el bebé ya te compones, mientras no te va a dejar ir hasta que le reconozcas la criatura ya con papeles. Tú dale y no te hagas del rogar, ¡amos!

⁃ Sí quiero, pero la otra vez no me planchó la camisa en toda la semana

⁃ ¿Qué se preocupa compa? Con la planchada que le pueden dar hoy, ¡uuuuuhh! , ni le va a importar que se vea arrugado en la semana. Déjese de joto! ¿Jala o no?

⁃ ¡Órale, va ! Pero tú pagas 

⁃ ¡Vaya! qué bueno que ya encontraste tus huevos.

Así, los compadres salieron muy de prisa a comenzar su feliz parranda, con todo y uniforme, no podían hacer ninguna escala porque uno de ellos podría sufrir arresto domiciliario por parte de su mujer.

Germán y Molina llegaron al no tan refinado bar desnudista “La Gata Parda”, muy recomendado por la flotilla del turno de la mañana.

Mujeres hermosas de diferentes edades se presentaban en las pistas de baile, mostrando sus habilidades de danza y dejando huella de sus ropas en el piso.

Los caballeros se deleitaban y aceleraban sus ritmos cardiacos con los bailes sensuales que invitaban a contar los pesos para poder entrarle a un privado.

Los compadres pensaron que quizá la fiesta podría tener un final feliz para cada uno de ellos. Germán llevaba tiempo solo después de que su pareja había decidido regresar con el papá de sus hijas, y Molina ya llevaba tiempo alejado de las mieles de alcoba desde que su mujer estaba embarazada.

Después de un rato de plática en la mesa, los compadres invitaron a “la Márgaret” y a “Selva Negra” a salir de su lugar de trabajo, argumentando que les harían pasar un buen momento y las alejarían de aquel lugar que no las valoraba como las artistas que eran.

El piropo no hizo que hubiera un descuento para sus servicios, y sin mayor problema tomaron rumbo a un motel bien conocido por ambos el “Garage Palace”.

Pidieron una habitación doble, la intención iba más allá de estar con la pareja respectiva, planeaban una noche de “trueque” sin temor a ningún tipo de enfermedad venérea, plaga o pandemia.

Si ellos compartían itacate, el mismo camión repartidor y hasta el refresco ¿por qué no a cualquiera de las bellezas que llevaban?

A pesar de los tragos que tenían encima aún mantenían el equilibrio. Germán fue el primero en sugerir la “tetra-party” y las chicas no tuvieron ningún problema, aunque Molina aún tenía sus dudas.

Unas llamadas de la habitación a la administración les hicieron llegar dos six de chelas y unos salchipulpos por si daba hambre después de su faena viril.

Como en una coreografía, las chicas dejaban su trabajo de bailarinas por unos momentos para volverse sexoservidoras en atención de los distinguidos y proletariados dandis.

En su papel de estrellas nocturnas, la Márgaret y Selva Negra comenzaron quitándoles los pantalones, mientras les prometían una noche inolvidable con su contoneos, luego sus camisas manga corta color amarillo huevo que expusieron el
exceso de manteca en las memelas que se desayunan a diario.

Germán, más picado con el alcohol, pensó que era necesario pedir otro six antes que al cachondeo le acompañará la sed, así que detuvo rápidamente a la morena frondosa que le hacía honor a su nombre selvático.

⁃ ¡Aguanta tantito chaparrita!, pedimos el otro cargamento porque va a dar sed de la buena, deja agarro mi cartera.

Germán se acercó al pantalón y comenzó a buscar la cartera, en las tres bolsas que esta prenda tenía. Sólo estaba el ruido de unas llaves.

⁃ ¡Ah chinga! ¿Dónde está mi cartera?

Y comenzó a buscarla en la oscuridad de aquella habitación. Entre los zapatos de las bailarinas y los de su compadre, las camisas en el suelo, las sábanas y por debajo de las almohadas.

El hecho interrumpía la pasión de Molina con la Márgaret.

⁃ ¿qué pedo, compa? ¡Me apaga la llama! ¿Qué se le perdió o qué?

⁃ Mi cartera, cabrón ¡no está!, ¿ustedes no la tienen chicas ?

El comentario les cayó como cuota doble de su padrote a ambas.

– ¡Nosotros seremos putas pero jamás rateras! Si ya no traían para pagar hubieran avisado antes de salir con estas fregaderas.

Así les respondía la Márgaret en un tono de indignación que la hacía una defensora laboral de su gremio.

⁃ ¡vámonos, amiga! Me dejaron sin dos privados para que salgan con estas tonterías.

⁃ No se enojen chicas, era pregunta. Seguro se me cayó en el taxi que veníamos aunque hace rato la saqué para pagar.

⁃ ¿Ya ves? insisten en que somos rateras. ¡A la chingada, pinches jodidos! ahí se ven.

Las bellas de noche se les escapaban con su dignidad pisoteada, sin final feliz y un azote de puerta.

⁃ chale, compadre ¿ya revisó bien?

⁃ Sí, carnal, mira mi pantalón y mi camisa ¡no hay nada! sólo una Sor Juanita.

⁃ Compadre, no se preocupe, yo traigo otros doscientos varos en mi pantalón, ahorita le acompleto para el otro six que viene, al fin ya se fueron las viejas.

Molina se acercó a su pantalón para sacar sus últimos doscientos pesos, y al meter la mano encontró la cartera de Germán.

⁃ oye, cabron ¡aquí estaba!
⁃ ¿Tú la tenias ?
⁃ ¡No güey!, a ver ¡prende la luz!

Germán subió el dimmer de la habitación al tope máximo.

⁃ ¡pinche compadre! ¡Este es su pantalón! ¡Estabas buscando en el mío!

⁃ ¡No friegues, wey! Y ya se fueron las viejas

Tocaron la puerta de la habitación, y en sus esperanzas se encontraba que la Márgaret y Selva Negra no hubieran encontrado taxi y regresaran por ayuda.

⁃ su six, joven

La noche para Germán y Molina los dejaba en calzones, con el reflejo de sus barrigas en todos los espejos del lugar y una cruda que comenzaba a asomarse. Molina no lo sabe pero tendrá que buscar dónde dormir las siguientes dos semanas.

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