Crónica urbana

Crónicas Urbanas: Historia secreta de amor

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Pasaron años pero al fin estaba contigo para consumar el idilio

Erick Almanza

Esta historia no habla de mí, habla de ti desde unos ojos prestados, los del amante sedentario de un corazón naciente. Y no puede ser de otra forma porque la historia desde tu ser ya la conoces aunque busques ocultarla.

Te vi en un otoño, tú no lo sabías, nunca lo supiste, porque tu mirada recorría mares de aire en los que yo no navegaba ni por accidente, pero te vi, sí que te vi.

No recuerdo hace cuantas vidas fue de aquel momento, es lo de menos, el tiempo sólo es un pretexto para la nostalgia y la creación de escenarios acordes al fin último de forjar una historia. Tal vez sonreiste en aquellos encuentros casuales de las miradas furtivas, a veces simplemente quisiera creer que así fue.

Decidí esperar, qué más daba unos años para volver a intentarlo. Y en ese lapso seguía en la fase de soñador

Tic, tac, tic, tac

El cabello comenzó a perder su croma y a homologarse con la nieve del pueblo donde vivía, las grietas de la piel se hicieron cada vez más profundas para proteger el vestigio de los momentos condenados al olvido.

Tú, por el contrario, te veías radiante, como si el tiempo se acobardara para someterte, tenías menos años que yo pero parecía que la distancia entre ambos era de décadas.

Por fin encontré el valor para ir a buscarte, sabía dónde trabajabas y aunque ignoraba cuál sería tu reacción, debía arriesgarme. Desde que llegué pregunté por ti, «vengo a buscar a Liliana», dije sin empacho.

Tras minutos en una sala parda con cuadros diversos, recibí la aprobación del cancerbero para poder encontrarte.

¿Me recordaría? ¿Habrías dejado tu altivez de antaño y te fijarías en un ser tan mundano como yo? Moría de nervios.

Al entrar me miraste con extrañeza pero creo que sentiste la misma emoción que yo pues me sentaste frente a ti y comenzaste a bombardearme con preguntas de mi pasado y mi presente, «lo sabía, tú también me buscabas, también querías conocer más de mí».

Lo que siguió fue una auténtica sorpresa cuando me pediste que me desnudara desde la cintura, y digo sorpresa porque aunque anhelé siempre aquel instante de pasión contigo, fue muy pronto. Pero creo que tú entendías que ya estábamos grandes y no podíamos desperdiciar momento alguno.

Con un poco de pena mostré parte de mi intimidad, ojalá me hubieras conocido en la mocedad, cuando pude actuar con mayor arrebato.

Me observaste y todo se volvió misterio, pues no exhibiste expresión alguna, al momento me cuestioné ¿qué estarás pensando?

En mi mente suena una melodía para el momento, la misma que escuché coincidentemente en el trayecto hacia ti, Baby cant I hold you, de Tracy Chapman, se repite y se repite.

De pronto tu mano comienza a recorrerme, me siento estremecer por el momento. Siento frío e incluso un poco de dolor, no importa, a veces el amor duele.

Estás a mis espaldas y aunque me siento desconcertado me permito este juego de la pasión. No puedo negar que jamás creí que pudieras ser tan traviesa, incluso hasta perversa. Te miro de reojo y pones en tu mano un líquido extraño, pero decido simplemente dejarme llevar.

De nuevo un poco de dolor tras el cual siento que descubres mis secretos.

Soy tan feliz aunque no entiendo porqué no has querido besarme, ni decir más palabras.

Pero por fin decides hablar, seguramente confesarás que tú también me deseabas tanto como yo, que también quieres una vida juntos hasta el final de nuestros tiempos.

Escucho entonces tu voz grave pero a la vez melódica detrás de mí.

– Acabó el examen señor Cortés, sin problemas en su próstata. Le agendaré una nueva cita para próximos meses.

«Una nueva cita», las palabras se quedan revoloteando en mi cerebro, «quiere una nueva cita», pienso mientras suspiro. Esto debe ser sólo el principio de una gran relación, el idilio continuará, y no es mi sueño, es el nuestro, porque, como dije, esta historia no habla de mí, habla de ti.

– Ya se puede retirar, señor Cortés, lo veré pronto.
«Te veré pronto… (amor mío, no temas, volveré)»

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