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Crónicas urbanas: infierno en el closet

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«Recuerdo que lo sujete cuando caminaba de espaldas a mi, y en seguida se volteó para darme un puñetazo en el rostro» .

(crónica invitada)
Mayra Labastida

Cuando conocí a Fausto no creí que el mundo me fuera a cambiar de golpe. Lo conocí por “Grindr” la app que fue nuestro cupido cuando viajé de urgencia a Ciudad de México con una agencia en la que trabajaba, era fotógrafo en esa época.

Desafortunadamente no pudimos concretar la cita en esa ocasión, así que me regresé a Mendoza Argentina, lugar de donde soy originario, con un nuevo prospecto con el que permanecí en contacto en otras redes sociales.

Podría sonar estúpido pero en realidad tuvimos una gran relación durante mas de dos años en Messenger, en ese tiempo logré conocer todas las cosas que a él le gustaban y hasta me presentó a su familia en video llamadas, siempre ocultando su preferencia porque en su casa no la aceptaban. Era “closetero” y decía que habíamos ido en la universidad.

Una tarde me pidió vivir con él, viajar a México para hacer una vida juntos, y claro que acepté. Me puse a ahorrar dinero trabajando como mesero en el “Antares Mendoza” un bar en la zona norte de mi ciudad, en donde invertí todo mi esfuerzo para obtener las mejores propinas y aunque estaba muy cansado siempre, también estaba emocionado por reunirme lo más rápido con él.

Después de un año estaba listo, tenia maletas, pasaporte y 5,200 dólares para viajar a México. La noche antes del vuelo mi hermano Mauro se sentó en la silla de la sala y me preguntó: ¿vos estás seguro de querer irte, José? Aquí está tu familia, no podremos visitarte seguido. Sólo le sonreí y enseguida supo mi respuesta. En verdad los extrañaría pero por Fausto “me tire a la pileta”.

Fausto realmente era como el de Goethe. El eterno insatisfecho, haciendo todo lo posible por alcanzar el triunfo, soberbio y siempre queriéndole ganar al diablo, su vida era el canto, a igual que yo, también trabajaba en bares de la ciudad de Puebla sólo que deleitando a la gente con su hermosa voz. A pesar de su mal genio y terquedad era una gran persona.

A mi llegada a Mexico, las cosas fueron increíbles, vivíamos en San Pedro Cholula, en un departamento pequeño pero muy lujoso que rentábamos, y donde era hermoso pasar las tardes junto al ventanal mientras bebía “mate” que pude traer de mi país.

Durante un mes el idilio fue hermoso, nos divertíamos en fiestas a las que siempre estábamos invitados por lo popular que era en su trabajo.

Justo al mes de mi llegada sus amigos nos invitaron a la “marcha del orgullo gay”, para apoyarlos y posteriormente festejar por la noche con un breve concierto de Fausto.

Nos alistamos para la marcha en la que cientos de jóvenes “de ambiente” nos reunimos todos llenos de colores y banderas, salimos de el Parque Juárez al Zócalo de la bella Puebla, motivados para festejar el mes de orgullo gay y pidiendo alto a la violencia, a los homicidios y al rechazo.

Hasta la presidenta municipal llegó al evento, pintando de colores las cebras peatonales frente a la Fiscalía General de Justicia, y en su mensaje decía que se debería garantizar la revisión de la aplicación de justicia para evitar los crímenes de odio, la violencia y la homofobia.

Me parecía fantástico que de verdad le dieran importancia al trato que debemos de tener, pues es normal que muchos nos miren chueco.

Bugas, lenchas, camioneras y vestidas caminábamos entre charlas disparatadas. Fausto estaba distraído y distante aunque muy sonriente con un grupo de cubanos “chichifos” (o al menos eso me daba la impresión por su forma de actuar) que venían a lado nuestro.

Lejos de una marcha, el ambiente me recordaba a los carnavales de Córdoba o de Buenos Aires llenos de color y disfraces a los que me llevaban mis padres cuando era pibe.

No soy celoso, pero en verdad que Fausto estaba de muy buena conversación con uno de los cubanos particularmente, tanto que en un momento hasta lo vi “jotear” y eso era verdaderamente raro en él. Ya lo dije, es closetero.

Decidí no tener ningún interés en tan obvio comportamiento y definitivamente lo dejé pasar. La velada para mí fue de lo peor, me sentía triste, agobiado y con unas ganas enormes de regresar a casa, pero no sabía cómo irme, apenas conocía la ciudad.

Cuando por fin terminó todo, como a eso de las 5 de la mañana, Fausto estaba ebrio y completamente enfiestado.

⁃ Te voy a pedir un Uber para que te regreses a la casa, dejé abierto para que entres, yo tengo las llaves, el chofer ya tiene la ubicación.
⁃ ¿Pero cómo, vos te quedas aquí?. ¿Pero que te pasa Fausto? Te he mirado cómo estás hasta joteando con ese cubano toda la noche.
⁃ Yo no estoy haciendo nada déjate de tonterías, te veo en la casa ¿ok? regreso en un par de horas en lo que desarman el equipo.
⁃ Que no me voy a ir sin ti. Te lo he dicho.
⁃ Pues yo te dije que te vas.

Los desconocí tremendamente, jamás me había hablado de esa forma. Le tomé del brazo con mucha fuerza y lo arrastré a la puerta para irnos. En verdad yo estaba furioso. Pero Fausto estaba descontrolado, ahora él tomaba mi brazo y me llevó a un salón vacío que estaba a la salida del jardín donde había sido la fiesta.

⁃ A mí ningún pendejo joto me dice qué chingados hago con mi vida, ¿me oíste? , te dije que te regresas a la casa y te dejes de estupideces.

Recuerdo que lo sujete cuando caminaba de espaldas a mí, y en seguida se volteó para darme un puñetazo en el rostro.
⁃ ¡Te dije que al rato llego! .

Me quedé sorprendido. Me levanté del piso llorando. No lo podía creer. Cinco minutos después llegó el Uber. Cuando llegué a la casa seguí llorando y me quedé esperando. Dos horas pasaron y logré escuchar que por fin había regresado. Metió la llave sólo para cerrar la puerta con el seguro. Nunca entró.
Me quedé encerrado dos días completos sin poder salir de la casa. Recordé que me había presentado una chica que vivía cerca y no dude en llamarle, pues era a la única que conocía y ademas tenía su número registrado una vez que le presté mi celular a Fausto.

Cuando ella llegó me ayudó a salir por la ventana.

Me quedé con ella una semana completa en lo que mi hermano me depositaba dinero para el viaje de vuelta a Mendoza, pues el romance que duró tan poco me había dejado sin fondos. No volví a llamarle y él tampoco lo hizo.

Y aquí estoy, sentado en el aeropuerto de la Ciudad de México, esperando la salida de mi vuelo, preguntándome ¿qué hice de mal?
Entonces vino a mi mente la marcha gay, a la que muchos fuimos para gritar y exigir respeto a nuestra comunidad. Me pregunto si en verdad todos los que fueron llevaban ese propósito o si todos lo entendían, si realmente las consignas eran de amor y respeto al orgullo gay, o solamente era una reunión de amigas desatadas que fueron a encontrar otras parejas.

Por lo pronto me esperan en casa, yo de México sólo me llevo un jorongo con el escudo de esta patria y el labio roto, me regreso a Argentina con la frase del 10: “me cortaron las piernas “.

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