Crónica urbana

Crónicas urbanas : la caricia del ente prohibido

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En un lugar secreto como siempre, la joven chica decidió seguir la ruta de su corazón

Mayra Labastida

Desnuda, frente al fruto prohibido, comenzó a pensar si lo que hacía era bueno en su vida. No es que tuviera miedo de Dios, es que le tenía pavor.

En un lugar secreto como siempre, la joven chica decidió seguir la ruta de su corazón. No importaba a dónde la llevaría este momento pero, sobretodo, este sentimiento. Sabía que estaba muy bien acompañada.

El diablo la acariciaba con su larga cola, sugiriéndole los caminos hacia el placer, la egolatría y la deslealtad aparente, hasta convencerla, disfrutando así y sin medida cada centímetro que probaba de su piel.

Su olor, sabor y exquisitez le hacían degustarlo con todos los sentidos, como si nunca hubiera probado algún alimento. Quería recordarlo para siempre, porque no sabía cuándo volvería a poseerlo. No había antes ni después, sólo estaba ese momento.

Ella no alcanzaba a entender cuál sería el precio por las caricias incomparables de ese demonio. Un demonio que desde un inicio llegó a su vida como una bella rosa llena de color y exquisitez, pero siempre cargada de espinas.

Se enfiló en la batalla de esa pasión inesperada en un camino sinuoso pero lleno de amor que parecía no tener final, y se fue enamorando poco a poco, más y más, a pesar de su negativa diaria.

La mujer llevaba en el cuerpo marcas de haber sido cercenada, delgadas cicatrices que milímetro a milímetro testificaban el daño que le provocaron otros amores. Le dejaron huecos profundos en todas partes, huecos que el alma dañada no podía unir por ningún motivo.

Pero ella, sin dudarlo, súbitamente y ante la presencia de los ojos más honestos que había encontrado en su andar, se fue con todo el corazón, como si estuviera cubierto de aceite por todos lados, impidiéndole sujetarlo y escurridizo se le coló en todo su ser sin siquiera preguntar si tenía el derecho de hacerlo.

Ella se percató al ver sus heridas gritando de dolor acaecidas por los años y la dejadez, que comenzaban a resarcirse lentamente en sus espacios. Llenándose de una luz que las reparaba en cada caricia, en cada beso y muestra de amor, permitiéndole hacer nuevamente las pases con aquella alma descuidada por el mal uso que le había dado.

Se recuperaba e irradiaba plenitud, amor, alegría y paz. Y como una enfermedad contagiaba a cada uno de los que estuvieran junto a ella, convirtiéndolos también en seres de paz.

Pero sabía cuál era su deuda con el diablo y reconocía que era imposible no pagarle por haberle concedido la dicha.

El diablo, tan avaro y usurero que era, no doblegó su postura de arrendador, y todos los días le cobraba con la frase más dolorosa para los oídos de aquella fémina redescubrierta: “recuerda que eres una mujer casada”.

Entonces cerraba los ojos negándose en todo momento a cumplir con sus deberes de pago mientras la mente le regalaba imágenes de sus mejores momentos con él.

Pero un día, como todo aquel que se llena de pesares por sus deudas y con el temor que tanto le tenía al ser supremo, sintió un frío escalofriante que ya no le permitía moverse.

Y comenzó a arroparse de lamentos y cubrirse con sus miedos nuevamente, dejando a ese manjar prohibido secarse frente a sus ojos.

Lo tomó entre sus brazos y lo beso súbitamente, y en ese beso le recordó todo lo que había hecho por ella, sin embargo, lo apretó hasta que no pudiera moverse. Ella estaba acostumbrada a hacerle daño a quien a su paso estuviera.

Cada temor arraigado en la mente de la mujer ahora le cercenaba el cuerpo a su prisionero y le dejaba marcas que le recordarían su paso por ese sendero.

Con fuerza le cubrió el rostro con las manos para evitar cualquier aliento de vida y pensando en los mandatos de su Dios le dio muerte, todo ante la vista del diablo que le agradecía su pago con una gran sonrisa.

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