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Crónicas urbanas : la colecta del cuarto jinete

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Mayra Labastida

La tarde se teñía de color naranja, un tono lúgubre que le combinaba bien al vestido de la muerte.

Había decidió pasear envuelta en sus ropajes de gala, bajar a la tierra en una caminata lenta, suave y sigilosa que se llevaba bien con las nubes que acariciaban a la luna mientras dejaba de esconderse para poder clarear la noche.

Esta vez, la muerte traía una corona en la cabeza. Cada cien años salía a dar este paseo a los confines del mundo, para cumplir con lo único que ella sabe dar: el sueño eterno de los creyentes y el punto final de quienes se consideraban una coincidencia del universo.

Comenzó en tierras lejanas del oriente, sembrando diminutas semillas que buscaban habitar cualquier cuerpo. Con una extraordinaria forma de aceptación, que miles no pudieron resistirse a tan inesperado regalo.

En cada sueño mortal, la danza de esta ancestral asesina ponía fin a los sueños de quienes aún tenían pendientes planes y proyectos.

Con sus movimientos trasparentes bailaba ritmos extraños ayudados por ruidos que escuchaban solamente aquellos que ya habían sido marcados por la señal virulenta que les daba el boleto de partida.

De sus vestidos salían pequeños destellos de luz que pocos podían admirar, porque a pesar de la desesperanza y tristeza que dejaba a su paso, también le iba regalando amor a la tierra y le permitía respirar del veneno que le emanaban los humanos.

Era un pacto de pulcritud entre ellas, que las liberaba cada centuria.

Ricos y pobres, jóvenes y viejos, con familias y completamente solitarios, eran víctima de sus deseos.

A su paso, el mundo se tornaba en tinieblas, pero esa oscuridad no era solamente responsabilidad de ella, ya estaba en una oscuridad desde que el hombre y la mujer habían perdido la brújula del rumbo de sus vidas, haciéndolos frágiles y débiles ante la reina muerte.

Había pensado quedarse por cuarenta días solamente, pero el mundo jugaba con el tiempo y las distancias, por lo que no hubo más que acomodarse meses enteros hasta lograr su cometido.

Algunos comenzaron a distraerla y mientras buscaban alejarse de ella, oraban y se redescubrían abriendo los ojos, mientras se ocultaban en los lugares que quizá no significaban nada para muchos de ellos: sus hogares.

No solo les regalaba dolor, también había considerado regalarles luz en sus pensamientos y corazones , una luz que se había apagado desde que la humanidad la tuteaba y le faltaba constantemente el respeto.

En el camino de su ritual, la muerte esparcía las cenizas de quienes ya no estaban, que fertilizaba las esperanzas de quienes poseían buena salud, pero no eran libres de hacer nada.

Los primeros en partir eran sabios habitantes con cabellos blancos, que ya habían dejado lo mejor y lo peor de ellos, cualquiera que hubiera sido su experiencia de vida era guardada en el estuche de la muerte que les recogía sus almas sin temor a equivocarse. Sabía que las canas eran el símbolo de una oportunidad de muerte sin importar cómo hubiera sido su vida. Valdría la pena haber estado informados de esta llegada para enmendar cualquier deuda en su destino, pero la muerte tan egoísta no lo permitió.

Kilómetros enteros recorrió hasta llenarse las arcas de almas, ni raza, ni color le dieron reglas.

Quienes la miraban miedosos le preguntaban a su paso: ¿ por qué te los llevas? ¿Acaso no hay quien pueda detenerte ? ¿Dónde está Dios?

Y entre carcajadas, feliz por su botín, la muerte les contesto:
Dios está Justo donde ustedes la pusieron: fuera de sus vidas, no veo por qué preguntar por él. Y siguió caminando solitaria, recolectando la compañía de cualquiera que estuviera cerca.

Aquí sigue entre nosotros no se irá hasta que termine su colecta.

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