Crónica urbana

Crónicas urbanas: La danza vesánica

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«Y regresé a mi paz, al centro de mí, lejos de todos. El camino para volver eras tú», se repetía como mantra, en el encierro de una institución psiquiátrica.

Erick Almanza

«Y regresé a mi paz, al centro de mí, lejos de todos. El camino para volver eras tú», se decía incesantemente para recordar y aferrarse a un pensamiento que lo sujetara a este mundo. No tenía dónde ni con qué escribir para que la historia de su mente y su esperanza no se perdieran, así que sólo le quedaba repetir las palabras hasta el cansancio y con el anhelo de que el viento guardara un poco de su memoria.

Hacía ya años había abandonado la ilusión de crear y de creer. Era difícil hacerlo en el aislamiento y más con las manos sujetas por una camisa de fuerza.

Llevaba mucho tiempo ahí, había olvidado el motivo, tal vez era justo ese…que había olvidado. No recordaba su nombre, su pasado, su origen ni su destino.

Hubiera pasado desapercibido en las calles de no ser porque la desesperación a veces lo traicionaba, y golpeaba a los fantasmas que lo atormentaban hablando cerca de su espalda y masacrando sus extremidades. Ello lo llevó a ser recluído en un psiquiátrico para evitar que pudiera lastimar a otras personas, o al menos eso dijeron los médicos.

En ocasiones la vida en esa casa de salud no era tan terrible, tenía comida y un lugar para no enfrentar los estragos de la intemperie, aunque sí extrañaba caminar libremente bajo el manto de la noche y recostarse en el pasto a ver el concierto de luces en agonía a la distancia, lejanas, inalcanzables y bellas; hoy sólo las podía observar unos minutos tras unos barrotes en un cuarto al que fue condenado por no ser «normal».

«Y regresé a mi paz, al centro de mí, lejos de todos. El camino para volver eras tú».

La idea regresó a su mente y rebotaba nuevamente en las paredes de su cerebro.

Ese claustro en ocasiones incluso era divertido pues le permitía encontrar a distintos personajes que sólo había conocido en historietas, programas de televisión o de radio. Entre otros, estaba un hombre que juraba ser Kurt Cobain y tarareaba todo el tiempo canciones de Nirvana. También había un sujeto que pintaba garabatos y afirmaba ser la reencarnación de Dalí.

En otra parte de la habitación parda había un soñador eterno, «seguro que eso era lo que hacía», se dijo al ver la mirada perdida de aquel hombre hacia algún punto en la nada, no tenía movimiento alguno salvo el obligado para alimentarse. En realidad le tenía un poco de envidia porque sabía que dentro de esa imagen surrealista era libre.

En medio de ese tsunami de personalidades sui géneris destacaba una joven que diario cantaba y danzaba sobre su propio eje, giraba como bailarina de una caja musical, luego venía siempre un plié y un relevé. Lo extraño es que no había música, era un misterio qué escuchaba dentro de sí.

Tras años de observarla dedujo que ella había forjado su propio mundo para sentir vida, pues cuando no lo hacía se sumía en la depresión y la desolación, con la lágrima contenida por el pasado. Era muy atractiva y el misterio que resguardaba la hacía aún más cautivadora.

Un día él tuvo un golpe de suerte para acercarse, pues era su cumpleaños y de regalo pidió que lo dejaran escuchar una pieza de música. De lo poco que aún recordaba de su dañada memoria era la melodía «Lady» de Lionel Richie, así que la solicitud era obligada.

Para su fortuna, en el lugar sólo tenían una sinfonola que reproducía acetatos, y si algo le extasiaba era el sonido de la aguja antes de reproducir una grabación con la rotación del LP.

«Lady, for so many years I thought I’d never find you» se escuchó, y en medio del sonido ella comenzó a acercarse, lentamente y sin abandonar la danza que surgía de su cerebro. Lo abrazó y comenzaron a bambolearse en un imaginario vals.

Ella puso su cabeza en el hombro de su acompañante y en su oído susurró: «quienes saben lo que el amor es y no sólo lo que de él se dice, son capaces de transformar la realidad con tal de estar unidos, de parecer locos, de inventar cosas, caminos, lenguajes, sólo por pasar momentos juntos a pesar de la distancia» .

«Y regresé a mi paz, al centro de mí, lejos de todos. El camino para volver eras tú», se volvió a repetir él.

Fue su primer baile juntos.

 

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