Crónica urbana

Crónicas urbanas – La declaración final

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De bruces, atado de frente, tórax y extremidades, con una mirada perdida entre un alud de pensamientos que abrumaban el momento, el condenado a muerte tuvo un último recuerdo y un último aliento.

Erick Almanza

¿Tienes una declaración final? se oyó en el cuarto del último adios, repitiéndose incesantemente por el eco de las paredes que trazaban el escenario de la ejecución. La frase rompió el gélido silencio del lugar que se adornaba con una luz artificial que de vez en cuando amenazaba con apagarse, pero que se negaba a hacerlo pues primero debía presentar la última escena del condenado.

Él, de bruces, atado de frente, tórax y extremidades, con una mirada perdida entre un alud de pensamientos que abrumaban el momento, era muy poco tiempo para jerarquizar las ideas de lo que era, lo que fue y lo que debía ser.

Quiso escoger una de ellas, la adecuada para el momento, pero era difícil, muy difícil, pues además de que el tiempo se le agotaba no dejaba de atormentarlo el dolor de cabeza y de corazón que lo sometían hacía ya varios años.

Tampoco ayudaba a aclarar sus ideas el pánico escénico, y aunque no los veía con claridad sabía que tras el vidrio de ese cuarto que sería su última morada, al recorrer las cortinas, lo observaban siluetas de quienes lo acusaron de haber sido el autor de un terrible mal por el cual debía ser castigado y extinguido de este mundo. Contraluces de maniquies de carne y hueso que asistieron a presenciar el espectáculo por el que previamente habían pagado al pertenecer al club de los jueces de la moral.

Aún no estaba seguro de la razón por la que el humano lo había sentenciado a atravesar al limbo, buscó una respuesta en un cliché en su vida.

Recordó así algunos lapsos de su memoria.

En uno de ellos entraba al café de siempre, sintiedo que no pertenecía a ese mundo snob, tierra de apariencias a un alto costo, sin embargo, no tenía opciones pues era lo único abierto a esa hora del día.

Además, se había vuelto adicto a acudir para fingir un encuentro casual con una mujer que llegaba siempre minutos antes y que, invariablemente, pedía un té humeante aunque cambiaba el sabor, para luego sentarse a leer un libro, casi siempre era alguno de Saramago, lo que para él la volvía más interesante.

Era una dama en toda la extensión de la palabra, y aunque su cuerpo era perfecto y provocaba la mirada de los lascivos con ansias de poseer quimeras, lo que a él le atraía era su elegancia; su porte era imponente y el garbo de su vestir y su andar le resultaban encantadores, más si ese día llevaba el pelo recogido pues le fascinaba la forma de su cuello.

Ella había notado su mirada y sólo respondía abriendo sus ojos y soriéndole de vez en cuando para luego regresar al mundo de las letras, de los significados y los significantes.

El hecho de que aquella mujer lo observara para él era épico, pocos solían notar su presencia pues no era un hombre memorable en su físico ni en su personalidad, era más bien introvertido y nervioso, tal vez hasta timorato.

Al final de cada día él se levantaba y pasaba frente a ella pero no encontraba valor para pronunciar palabra, se retiraba derrotado pero con el gusto de haberla visto y llevarse en su olfato un poco del aroma de su perfume.

Hasta ahí uno de sus recuerdos.

Estamos reunidos aquí hoy para atestiguar la realización de esta ejecución por parte del Estado»

Oye las palabras pero su mente está desconectada. Regresa entonces al ejercicio de recordar qué fue lo que sucedió.

Vuelve a su mente la imagen de la mujer, pero en esta ocasión está cubierta de un líquido marrón y un rictus de dolor que no puede ocultar. La ve a la distancia en un callejón, mientras un sujeto la golpea constantemente en el rostro, es entonces que el agresor comienza a desabrocharse el cinturón y el pantalón.

Él nunca ha sido un héroe, ni siquiera está cerca de serlo, a veces incluso el miedo lo paraliza a pesar de que siempre ha odiado a quien abusa de su poder sobre otro. Pero en ese momento no era una opción ser cobarde y menos si a quien lastimaban era a la mujer que soñaba.

Sin pensarlo se arrojó con furia sobre el sujeto que trató de defenderse con sus manos aún ensangrentadas como secuela de su sed de poder y violencia, pero detenerlo fue inútil, tal vez por el sudor y la tierra que caían en sus ojos y lo cegaron momentáneamente o por la sorpresa del momento. Recibió incesantes golpes en el rostro de un ente cegado por la ira. Uno de los puñetazos resultó fatal, justo en el tabique nasal. El cuerpo de quien inició como agresor empezó a convulsionarse como pez fuera del agua hasta que dio la última bocanada de aire.

Jadeante, el defensor de la mujer se dirigió hacia la fémina que sólo atinaba a balbucear palabras mientras su cuerpo temblaba. Pero no logró acercarse demasiado pues sintió una descarga eléctrica por todo su cuerpo que lo hizo desvanecerse.

Hasta ahí su segundo recuerdo.

Ahora estaba ahí, postrado, recordando que había arrebatado una vida, el máximo pecado para los cristianos, los mismos que ahora se la quitarían a él como lo hacían en la época de la santa inquisición, frente al pueblo acusador.

Lo malo no fue matar, sino haber asesinado a un policía, ¿qué importaba que fuera violador o agresor de mujeres? en este mundo eso parece no importar.

¿Tienes una declaración final? Se le cuestionó.

Sí. De aquel que pereció en mis manos nada tengo que decir, la basura debe volver a su origen. De ella, de ella nunca supe su nombre, pero donde esté quiero que sepa que la amo y que espero que pueda terminar de leer ese último libro y volver a sonreir tras un sorbo a su bebida preferida, aunque no estaré ahí para observarlo. Eso, eso es lo único que lamento.

Cerró los ojos y se le escapó una lágrima por la nostalgia del momento que ya no habría de vivir.

El veneno recorrió entonces su ser, su dolor de cabeza y de corazón desaparecieron.

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