Crónica urbana

Crónicas urbanas: La emesis y el sargazo

0

El desamor y la traición abrieron la puerta a un final inesperado, a la pérdida de una parte de sí… literalmente. 

(crónica invitada)
Mayra Labastida

Alcanzaba a ver una forma gelatinosa, viscosa y blanca junto a mi boca, cerca de ella rastros de sangre y pedazos de algo que parecía vestigio de comida. La escena era digna de repulsión pero algo en mí fallaba y no podía reaccionar.

Un fuerte olor al alcohol coronaba el momento que mi falta de visión no dejaba contemplar. Un cuadro de lo más surrealista. Siempre gusto de superar los niveles de mi imaginación en todo momento.

Sólo recuerdo la nariz pegada al asfalto con el inconfundible aroma a piedra gastada y húmeda. Distinguía un círculo de zapatos rodeándome. Tenis, zapatillas, sandalias de mujer y uno que otro mocasín con olor a material sintético, todos danzando alrededor de mí, emulando una oda a la impaciencia y la angustia. Mi vista estaba nublada y apenas podía encuadrar las imágenes, no escuchaba nada al momento de abrir los ojos.

A lo lejos un par de luces amarillas y rojas se acercaban.
-Aléjense de él por favor, abran el paso a la ambulancia-.
¿Qué diablos pasa? Parece que el oído aún me funcionaba y logré escuchar, a pesar de la sirena, la voz de un paramédico preguntando cuánto tiempo llevaba ahí.

Justo en el estómago siento entonces un dolor creciente que arrasa con todo para luego dejar una gélida sensación de vacío, muy similar a la del día que vi a mi padre sentado frente a mamá pidiéndole que lo dejara ser libre. Es como si algo ya no estuviera dentro de mí, como si se me hubiera escapado.

Si no fuera por la estela de sufrimiento segúramente colapsaría por completo

Esta vez realmente me siento mal. Estoy muy mareado, ya no distingo qué es real. Es en ese instante que empiezo a recordar fragmentos de una vida que parece ser la mía, y que trato de unir para encontrar una forma lógica, cual rompecabezas de mi infancia.

Entonces un nombre viene a mi memoria ¡Julia! ¿dónde está? Ya casi no la veo, la he notado distante. Ayer desapareció sin decir adiós. ¿Ayer, hoy? Estoy confundido.

Ahora también creo recordar que el dolor me acompaña desde hace un par de semanas, quizá un poco más.

Mientras unas personas comienzan a esculcar mi cuerpo, trato de forzar a mi mente a regresar al pasado ¿qué otra cosa puedo hacer si no puedo moverme de la forma fetal que tomé ante la contracción interna que me carcome?

Así, creo ver en el recuerdo que este malestar comenzó en mis vacaciones. Lalo (mi primo) y yo estuvimos en “Playa d’ en bossa “ en Ibiza hace un par de semanas, gracias a la inseguridad de mi madre de dejar a su hijo adolescente en casa, seguido del desagrado mío de que las playas en México estén llenas de sargazo.

Mi madre estaría en Valencia tomando un curso de celador en instituciones sanitarias, que le serviría para los empleados en atención geriátrica del hospital de papá. Así que no dudó en aprovechar el viaje para mantenerme cerca de ella. A veces pienso que se le acaba el mundo cuando no nos tiene cerca a mi padre y a mí. Mamá sabe que papá se entretiene mucho en el trabajo, con sus pacientes, proveedores, camaradas y, desde luego, su contadora. A ella parece no importarle, en realidad finge pues no se atreve a irse.

Para ella la solución a su inestabilidad emocional era llevarme a su viaje, aunque en realidad no entiendo su supuesta cercanía conmigo pues varios kilómetros nos separarían. Pero eso a mí me tenia sin cuidado, Lalito y yo nos daríamos la buena vida en los bares de Bora Bora.

Nunca me gustó beber tanto, quizá un par de copas, mucho menos drogas, he visto tantos casos en el hospital de mi padre que honestamente no busco afectarme el cuerpo con sustancias que a la larga rechazará mi cuerpo. Pero para mi primo el gusto por el alcohol es básico en su juventud y no fue difícil conseguir que sus noches de embriaguez estuvieran acompañadas de sonrisas y buenos momentos de brindis con otros turistas en la isla.

Una noche en el club de playa donde nos hospedábamos recuerdo que mi primo pidió un par de vodkas en la barra para iniciar el tour. Nos dirigimos e instalamos en un catamarán que se vestía muy bien de hermosas mujeres con atuendos semi desnudos para complacer al exceso de calor en sus cuerpos y, por supuesto, a los ojos de cualquier mirón.

Al primer sorbo de vodka comencé a sentir un dolor hórrido en mi estomago que antes no me había sucedido. Intenté culpar a la pasta de la tarde pero me extrañó que el dolor se hubiera presentado seguido del primer trago.

Después de un rato con intensos piquetes llamé a mi madre y ella me sugirió dejar de beber.

Y así fue mi noche en el catamarán, con sólo un trago de alcohol. Y no tenía problema alguno, pero los dos días restantes descubrí el mismo efecto con cualquier bebida alcohólica que entraba en mi cuerpo. Eran unos piquetes muy fuertes, como si fueran pequeñas navajas intentando destrozarme por dentro. Por tanto decidí dejar la delicia de los cocteles y disfrutar de los cuerpos que se contoneaban al placer de mis pupilas.

Cuando regresamos a México olvidé mi fallida fiesta en Ibiza para ajustarme al inicio de clases que estaba próximo.

Y como cualquier estudiante con aspiraciones a ser un pequeño gran empresario y seguir los pasos de mi padre, antes de pensar en la escuela como tal, Julia (mi novia) y yo preparamos el “back to school” de este semestre, al cual estaban invitadas varias escuelas como el Oriente, el Tec, el IMEX y más. Tardamos una semana en convocar a nuestros desconocidos invitados y tuvimos 8 mil visitas en Facebook y unos 600 asistiré.

A nuestra llegada el día de la fiesta nos instalamos en el salón “las mariposas” de la colonia Buenavista para recibir el boletaje de 200 pesos por persona, quienes además podían llevar cualquier cantidad de bebidas sin cobro de descorche.

Desde mi primer año de preparatoria organizamos estos eventos que han sido un éxito en las ganancias, pues al ser salón de fiestas no hay ningún problema con consumo de alcohol en menores, la policía ni nos molesta y el boletaje es nuestro, bueno, con una cuota de 4 mil pesos al administrador que nos permite tener el evento entre semana para evitar que el dueño se entere.

La fiesta estaba a todo lo que daba y yo con una sobriedad que me agredía cuando miraba a mis amigos disfrutando, bebiendo y bailando. Además ofendía el perfil del empresario que celebra con un brindis el éxito de sus negocios. Lo malo de estar sin líquido etílico es que también estás lúcido y por eso me di cuenta de que Julia llevaba un rato perdida, la última vez que estaba cerca de mí estábamos cerrando cuentas. Pero no la encontraba por ningún lado, la busqué en el baño, en la oficina del salón, en el recibidor y nada.

Decidí dejar de buscarla, la encontraría en cualquier momento. Ya estaba hasta la madre de no poder beber, así que me fui al coche para sacar una botella de ron que tenía preparada para brindar con mis invitados y, por supuesto, con Julia, por ser parte de mis éxitos. Y ahí la encontré sobre Lalo, como si se devoraran uno al otro. Al parecer le interesaron más las aventuras de mi primo en Ibiza, quien seguramente le contagió la calentura de sus tórridos ligues en la playa. La verdad no me interesaba tanto ella, ¿pero Lalo? ¿el muy ojete no podía agarrase a otra?

Estaba más enojado que triste, ésta me las iba a pagar, pero no se me ocurría nada así que abrí la botella y me puse a brindar solo por el gran éxito de la fiesta y por haber visto yo a ese par; al menos nadie me iba a ir con el chisme porque igual no les hubiera creído. Disfruté bailando con cuanta niña guapa me topaba y entonces, como gran compañero de parranda, llegó mi dolor de estómago.

Estaba seguro que sería el alcohol, no me quedaba la menor duda. Empezaba a pensar que para mi desgracia de joven, el alcohol y yo éramos malos compañeros.

Sin importar me tomé la mitad del ron y el dolor comenzó a desaparecer. Tenía que dominarlo, aquí el que manda soy yo. La noche siguió hasta que me acabé la botella, así solita, de trago en trago, ni un solo vaso utilicé. Besaba la boquilla recordando la última escena de ella con él.

La sobriedad se desvaneció en las últimas gotas de ron, y como una espada atravesando mi cuerpo comencé a sentir un piquete muy fuerte en la boca del estomago, otra vez y cada vez más intenso. Tan intenso y tan fuerte que me hizo ponerme en rodillas. Me levanté como pude pero volví a tropezar.

Tambaleando y empujando a quien estuviera de frente, me salí del salón al estacionamiento, con miedo de volverlos a encontrar en pleno arrumaco. Y de tanto pensar en esa escena, mi cuerpo respondió vomitando todo lo que me había tomado. El esfuerzo en cada emesis me exprimía por dentro.

Otra vez las sirenas de la ambulancia.

-Soy Julia, su novia-
(Ya no lo eres, maldita infiel) pienso porque no puedo hablar.
-señorita, acompáñeme, ¿tendrá algún número para llamar a los padres del joven ?
-Sí, ya les llamamos, están en camino, ¿oiga doctor?
-No soy doctor, soy paramédico.
-Ok señor paramédico ¿me puede decir qué es eso que está junto a él ?
-Su novio [“ya no soy su novio, wey”] (vuelvo a pensar porque sigo en el piso) acaba de vomitar la primera capa del estómago, esa especie de flema blanca que ve junto a él es la mucosa que recubre el interior. Por lo que veo fue tan fuerte la forma en que su cuerpo se contrajo que se le desprendió el recubrimiento.

¿Que vomité qué cosa?

Por fin me levantan, me acomodan en la camilla, yo sigo sin hablar. Alcanzo a ver a Julia con lágrimas en los ojos y un chupeton en el cuello que hace juego con sus labios inchados.

⁃ ¿y va a vivir?- pregunta Julia angustiada.
⁃ ¡Claro que va a vivir señorita! Pero sin tomar en un buen rato.

Yo no bebía nunca, o bueno casi nunca, pero jamás lo hice de esta forma.

Curarme las penas de una mujer casi me mata. El daño que me hizo verla en brazos de otro hombre me hizo regurgitar todo el asco que me daba su ingratitud, la de Julia por infiel, la de Lalo por ojete.

En la alucinación de quien tuvo un pie en el purgatorio, mi mente se trasladó a una playa de México, infestada con el maldito sargazo. Tal vez era por el delirio del momento, pero sentí que la escena parecía una autobiografía de mi vida con desenlace anunciado. El mar imponente también padece y al final escupe desde sus entrañas por el asco que le tiene a los hombres a causa de su maltrato, se libra de lo que le hace daño. Yo me liberé de lo que me lastimaba, una mujer y un cuasi hermano traidores, todo en una misma náusea, aunque el precio fue perder parte de mí.

Compartir ahora

Los Conjurados – ¿Qué pasa en el Cabildo?, ¿Es posible el relevo de Claudia Rivera?

Entrada anterior

Entrevista – Claudia deberá alinearse a Barbosa: regidores

Siguiente entrada

También te puede interesar

Comentarios

Deja un comentario