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Crónicas urbanas : La esclavitud y muerte de una reina

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Mayra Labastida

El sol cae lacerante en las pequeñas partes de su cuerpo y las atraviesa, cegada por la luz y el calor que el medio día ha dejado de sentir. Como último mandato de su silencioso titiritero, aferra su mandíbula a la vena principal de una hoja verde, y en medio de la selva la hormiga carpintera espera la estocada final de su sagaz y silencioso asesino.

A pesar de su incapacidad para moverse y del descontrol mental que ha padecido en semanas, un destello del pasado le permite recordar que no siempre estuvo así.

Desde crisálida había soñado con cambiar el rumbo social de su colonia. Todas las obreras aspiraban a ser reinas de las hormigas carpinteras. El pasado político y social de su comunidad había sido manchado por la ambición de sus antiguas mandatarias. No era fácil aspirar a un rango así, pero su interés político le venía de familia con un abuelo del que había heredado sus dotes de revolucionaria socialista.

La inmovilidad la perturba, pero aun así recuerda cómo, en la historia de sus iguales, habían tomado el poder reinas de todos colores, tamaños y formas, sin embargo, habían permanecido por mucho tiempo sin una reina que las hiciera sentir seguras, con estabilidad y orden en su pequeña comunidad.

Eran evidentes las huellas abusos de autoridad, excesivos gastos de obra, proyectos sociales y urbanos fallidos y un pésimo servicio de salud.

Pero ella aspiraba a tener un rango así, además de su herencia política, había algo en ella que la hacía consciente de la necesidad de una gran representante, era diferente del resto, y observaba con tristeza la mala organización social y política en su comunidad.

Estas aspiraciones la llevaron a buscar formas de involucrarse en los temas de la política de su colonia. Estudió Economía en la Universidad de la Selva a la que muchas hormigas obreras podían acudir.

Mantuvo una vida con un trabajo de medio pelo como funcionaria pública en un Instituto de control y encuestas de la población de las hormigas carpinteras.

Con el paso de los años se integró a las filas del partido de izquierda y comenzó la ruta que la conduciría a una candidatura para el nuevo reinado.

Era demasiado pronto para un puesto de ese nivel de responsabilidad, considerando que su experiencia en la administración pública era nula, sin embargo, no había candidata en su partido, por lo que el destino le brindaba la oportunidad de cambiar, como siempre había soñado, los constantes problemas que siempre le adolecieron a ella y a su comunidad.

Ante esa oportunidad, comenzó una campaña política poderosa, venía apadrinada por el triunfo de otras colonias en la selva también pertenecientes a partidos de izquierda.

Era contundente y de personalidad poderosa, lo que generó la confianza en muchas hormigas carpinteras que la conocían y en pocos días alcanzó la simpatía de más de la mitad de toda la población.

En cada discurso que ella emitía se repetía la misma frase: “Hermanas hormigas, las invito a que se sumen a este proyecto alternativo de nuestra colonia, no se van a arrepentir, necesito de su voto para conseguir esta transformación”.

La vivacidad y perspicacia que la distinguían le dieron el triunfo arrasador, volviéndola reina de las carpinteras y aplastando a sus oponentes que no brillaron en ningún momento de las elecciones.

No lo podía creer, había soñado con ese momento en su vida, pensaba que sería más tardado, pero ante el adelanto había que demostrar que era capaz de cumplir las promesas de quienes confiaron en ella.

Con sus días iniciales de acción, comenzó a hacer recorridos en las “galerías “donde trabajan las hormigas para estar al pendiente de llevar a cabo sus primeros compromisos de campaña.

Desde la adecuada recolección de insectos, flores y frutas, hasta la organización para expediciones en busca de carne, grasas y jugos cítricos. Uno de sus principales compromisos era acabar con la terrible ola de violencia que tenían con sus enemigos naturales: las termitas. Mismas que se habían apoderado del territorio ocasionando una serie de robos de comida e intromisión en las maderas con notables actos de corrupción con antiguos funcionarios.

Nunca supo realmente en qué se había metido. Había conformado un gabinete político con hormigas allegadas, igualmente inexpertas en cargos públicos, sus asesores políticos y de prensa eran muy malos y no la mantenían informada de las complicaciones que se estaban generando. La toma de decisiones se volvía disparatada ante la opinión pública y los acuerdos con algunos sectores se habían salido de control.

Al cabo de unos meses no había ningún cambio notable. Las voces de protesta comenzaron a surgir entre la colonia de hormigas. Muchas irritadas con la evasión de peticiones por parte de la reina.

Aquella hormiga que se había comprometido a dar respuestas, sólo estaba dando vuelta a los problemas sin poder solucionarlos.

Atendía temas sin importancia como cambios en las insignias que identificaban a su colonia del resto en la selva, mientras incrementaban los reclamos por muertes de hormigas a causa de las termitas, quienes las invadían para comerse las galerías (madera húmeda donde las carpinteras viven) y afectar sus patrimonios.

Culpaba constantemente a los anteriores reinados, y en un descuido ético comenzó a preocuparse más por los viajes que su cargo ameritaba con el propósito de aprender otras costumbres y acciones en colonias vecinas, sin aportar nada más que la experiencia a su ego. Poco a poco el cargo le iba quedando más grande.

En uno de esos viajes que dispuso no comunicar a la población de hormigas para seguir evitando la supuesta “desinformación” que generaba mala imagen de la reina, salió a la selva ante una invitación que tenía como objetivo técnicas para el mejoramiento en la movilidad urbana.

Sin siquiera saberlo, había comenzado su camino al infierno futuro que le esperaba, pues después de no tener el control propio para hacer su trabajo, alguien más se haría cargo.

Infiltrado silenciosamente y en pacto con las termitas para seguir teniendo el control de la venta de madera, el hongo Ophiocordyceps se colocó sigilosamente en las entrañas de la reina, apoderándose de su cerebro para tomar control absoluto y poder manipularla a los intereses de éste y, por supuesto, de sus cómplices.

Además de su clara ineptitud ahora la reina estaba controlada por otro ser vivo más poderoso quien le daba todo tipo de órdenes sin que nadie notara el cambio. A cada paso que daba dejaba de ser ella, se movía sin que lo decidiera, no podía hablar lo que pensaba, sólo expresaba lo que le era obligado decir. De regreso a su colonia, sin ninguna aportación sobre movilidad urbana, comenzó a agravarse el colapso de su mandato.

Ausente de toda cordura, emitió un primer informe carente de resultados y dijo: “teníamos que limpiar la casa, antes de seguir trabajando en lo que estaba sucio, por eso les pido paciencia para seguir con nuestros cometidos”.

Toda la colonia estaba en un descontrol total, infestada de ambulantes, baches, termitas infiltradas en su administración, falta de operación de las hormigas de su equipo de trabajo, y hasta prostitución en las galerías.

El hongo seguía controlándola, tenía la mirada perdida y hasta lograba espantar a su equipo de trabajo. Así seguían sus malas decisiones: pintó de colores las señaléticas de tránsito, argumentando su experiencia en movilidad urbana decidió colocar bolardos y macetas en las principales calles y paseaba vestida de personajes históricos con algunos grupos de apoyo sin que nada pasara en la colonia.

En pocos días su comportamiento fue deteriorándose, se tambaleaba de un lado a otro, trastabillaba con sus comentarios y ella misma se contradecía en sus respuestas a los medios.

En la colonia de obreras, las hormigas comenzaban a intuir la presencia de alguna posible enfermedad de la reina, sabían de los comportamientos que el hongo parasitario de la región produce en ellas, y no dudaron que ella había sido víctima de este mortal enemigo. Aunado a su falta de experiencia la enfermedad la volvió una zombie peligrosa entre sus hermanas.

Ante tal desgracia las hormigas más sabias se organizaron y con el temor de generar una epidemia en las demás, la tomaron por fuerza y la sacaron de la comunidad a las lejanías de la selva para dejarla morir.

Así salía del poder y de la colonia la reina, abandonada y sin lucidez en sus pensamientos, no sabía ni siquiera quién era, ni el daño que había generado en sus hermanas carpinteras. Se paseaba desorientada y se llevaba las patas a la cabeza rascándose constantemente, como masajeándola, esperando lo que se aproximaba.

El hongo triunfante seguía segregando toxinas, químicos que la obligaban a alejarse de su lugar de origen cada vez más, sumergiéndola en lo profundo de la selva.

Ella ya no recordaba su pasado, ni el daño que hizo con su mala administración, no conocía ni siquiera su presente.

Se arrastraba poseída del poder y la manipulación de aquel hongo intruso que le truncó sus falsas aspiraciones políticas en las que no tenía capacidad y además contribuyó en propagar más locuras y malas decisiones en su comunidad. No era necesario que se enfermara, ya era de por sí mala. Quizá su enfermedad ayudó a ver menos su falta de compromiso.

En una última orden estaba condenada a morir. Clavó su mandíbula en aquella hoja verde para nunca jamás abrirla.

La naturaleza le regalaba a la ex reina hormiga la belleza de la vida a costa de su muerte y con la última mordida el nacimiento del parásito que la habitaba y por fin tomaba forma.

De la cabeza de la hormiga que al nombre respondía por Claudia, un hongo hermoso que brillaba con los rayos del sol le crecía a lo ancho de su frente radiante y reluciente. Su forma le hacía parecer una hermosa corona que inmortalizaba como reina, quizá la peor reina en la historia de las hormigas carpinteras.

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