Crónica urbana

Crónicas urbanas – La guerra de los demonios sin rostro

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Los demonios eran celosos, desconfiados y agresivos, y escarbaban con sus uñas el alma de otros cuando necesitaban resguardar a su protegido.

Erick Almanza

En el mundo de las ataduras a los conceptos y los consensos, el pacto de los creyentes fue que todo mortal debía llevar a su diestra un ángel que cuidara el andar de su entenado.

Pero la vida de los comunes exige equilibrios de una forma natural y requería crear también un demonio para cada individuo, su antagónico. Lo irónico es que a veces era éste el que más cuidaba a los caminantes sin brújula que acostumbraban confiar a su instinto el andar en la nada.

Y es que los demonios eran celosos, desconfiados y agresivos, y escarbaban con sus uñas el alma de otros cuando necesitaban resguardar a su protegido. Los ángeles en cambio eran pasivos en la búsqueda de la conciliación.

Los demonios no eran seres de mal, el nombre sólo fue un mote despectivo a lo incomprendido por no ser común, y en esta vida aquello que no lo es resulta segregado o destruído.

En aquella joven escritora ese ser formaba parte de su cotidianidad pues su vida estaba colmada de herencias de miedo, y ese era un gran estimulante para su inesperado cuidador que ante el peligro, real o no, mostraba su furia haciendo que la mente de aquella dama se saturara hasta explotar en palabras que pusieran una impenetrable barrera a su alrededor.

Tras la catarsis ella terminaba agotada y sintiendo que, ante sus ímpetus, el castigo obligado era el olvido. Por eso es que recordaba poco de su pasado, sólo lo necesario para seguir adelante.

Justo por eso gustaba de escribir, pues era un compromiso con ella misma de reencontrar el camino cada vez que lo perdiera.

Sin embargo, a veces las ausencias la hacían sentirse demasiado extraviada y tenía la mala suerte de haber guardado mayoritariamente vestigios de dolor y de flagelo.

Un día topó con un hombre que vagaba sin rumbo, sujeto al azar. Su ángel le sugirió darle un poco de cobijo, pues se notaba que aquel ser estaba hambriento de esperanza; su demonio le dictaba que no confiara y lanzaba sonidos amenazantes para advertir al visitante que se mantuviera lejos, incluso lanzó un par de zarpazos para mantener distancia.

Ahí pudo terminar la historia, pero el andante sentía una especial necesidad de acercarse, obedeciendo a su instinto impetuoso, pasional y arrebatado.

Ella se encontró entonces en un territorio desconocido ¿por qué no se apartaba?
– ¿Qué es lo que buscas? le cuestionó
– A tí, respondió el desconocido
– ¿No temes?
– Todos los días y todo el tiempo
– Entonces ¿por qué no huyes?
– Porque mi ángel y mi demonio hicieron un pacto. Te encontraron en un escrito y en un cántico, y me prometieron que si te hallábamos finalmente podía dejar de vagar y asentarme ante tu mirada
– Soy una mujer que olvida, tal vez un día te pierda en mí memoria
– Entonces tendremos la oportunidad de reinventarnos, reencontrarnos y crear nuevas historias.
– Errabundo, el problema no soy yo, tal vez ni siquiera mi ángel, pero mi demonio a veces es cruel

Entonces el hombre se atrevió a desafiar el yugo de la distancia. Se acercó y la acarició, tomó un respiro y se limitó a decir unas palabras :

– Fue tu demonio el que recordó que amaba y había dejado una parte de sí en el camino. Fue tu demonio el que me buscó.

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