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Crónicas urbanas: La murria

Mayra Labastida 

Alaridos de dolor visten el asfalto
Del país de la tristeza
Entre balas y pandemias
Que hacen de risas desgracias

Se despelleja una parte del cuerpo
Todos sentimos el mismo dolor
El azote de un látigo invisible
Engulléndonos las ganas de vivir

Esta nación no tiene pies ni cabeza
Se muere y revive al compás del desgobierno
Un país que no sale a flote
Porque se ha perdido el capitán

Vagan almas que piden a gritos
Ser reconocidas, ser ubicadas
Fosas clandestinas
se volvieron sus hogares

No escucharon la voz de su pasado
Los escondieron para callarlos
No les escuchan las voces del presente
Y nadie sabrá de ellos en el futuro

De los 43 nadie habla
Les han quitado la voz para siempre
Lo mismo a sus padres
Que deambulan muertos sin esperanza alguna

Desfiguraron sus rostros
Los mataron sin desenfado
Harfuch vive el karma de su deslealtad
Él es el único que puede matar

Una guitarra se escucha llorando
Les canta para que ya no sufran
Sus versos son disonantes
Ya nadie escucha verdades

Se fue el amor y hasta la promiscuidad
Se los llevó el miedo y la angustia
Ahora los besos verdaderamente matan
Y los abrazos como dagas que lastiman

¿Dónde quedó la felicidad?
Parece que la encontraron
Violada, desmembrada
Acuchillada y sometida
Escondida bajo el cobijo de alguna falsa palabra

Aquel hombre de pelo cano
El que no sabe qué hacer con los ricos
Que pregona la frase de amor
Y le voltea la cara a cualquier gobernador

Trabajamos escondidos por la pandemia
las horas necesarias para sacar de comer
Las horas que son contadas
Hasta que el despido llegue

Senderos que los más jóvenes desconocen
De las costumbres y valores no saben
Y el éxito lo encuentran en los excesos
Y la falsa profusión

No hay mujeres en el país de la tristeza
Se han ido a un lugar oscuro
Se les acabó su tiempo de vida
Todas mueren en ríos de su propia sangre

No pueden ser arrulladas
Después de muertas, prefieren ser humilladas
No hay música que las acompañe en su viaje
También sueñan con ser encontradas

Parecen muñecas de plástico
Cualquiera puede jugar con ellas
Les arrancan el pelo, los dientes
las uñas y el corazón

Y me aferro con ánimos
a mis ganas de sobrevivir
Vacía está la cabeza que ya no sabe qué pensar
Se pone a hurgar entre la basura que le dan

Se limita a recibir las órdenes
Tú piensas, pero no debes actuar
Tú comprendes, pero no puedes ser
Tú te callas, porque nadie va a escuchar

De los cinco sentidos nadie sabe nada
Nadie los distingue en el país de la tristeza
Nos volvimos trasparentes
Y ante la indiferencia, pocos serán los sobrevivientes

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