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Crónicas urbanas – La vida diaria de un homicida

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(crónica invitada)

Mayra Labastida

Armando se despertó con una gran angustia. Prendió la televisión y de inmediato se encontró con la noticia de la mujer que había muerto al ser apuñalada en el cuello mientras hacía ejercicio, le robaron el celular. Apaga el televisor.

El ojo le temblaba, desde hacía tres días no había comido bien, siempre le duele el estómago cuando prueba algún bocado . Se asoma a la cocina.
⁃ ¿Qué onda carnal?, ahí hay dos tamales que trajimos. ¿quieres?- dice Yayo que vive con él.
⁃ No, no tengo hambre.
⁃ Ya me voy a trabajar, ayer estuvo cañón. Chingo de trabajo y no hay para cuándo quede la moto, para movernos más rápido.
⁃ Pues saca el carro.
⁃ No, está muy cara la gasolina ya le puse “gas” dos veces en la semana. Mejor la moto ¿Qué tienes carnal? Hace un buen que te veo raro, mira estás bien flaco.
⁃ Nada, sólo no tengo hambre.
⁃ ¿Jalas al rato?
⁃ Nel, porfa cierra con llave todo para que no saquen la merca, voy a quedarme aquí todo el dia.

Armando regresa a su cuarto vuelve a acostarse.

Otra vez  vuelve a recordar esos ojos llorosos que lo miran. La palidez del rostro frente a él también lo asusta. No es bella, pero brilla. La sigue recordando, su rostro le era familiar porque siempre pasaba por el mismo lugar. Sabía que era inofensiva. O eso le parecía.

Ángela se cae sin ningún dolor, el cuerpo se le enfría, los ojos comienzan a tener una tela gris que le impide ver la temprana luz del dia. Su mirada ciega le deja ver unos tenis blancos alejarse corriendo.

Ella piensa que tiene tiempo de salvarse, -vamos arriba-, está cerca urgencias. Pero le falta el aire. En medio de la calle se desvanece para no volver a respirar.

-Dame el pinche celular.
-Chamaco baboso, no sabes lo qué haces ¡déjame en paz, no te voy a dar nada!
-Que me dé el celular señora.
-¡Que no!

Armando no sabe si quiere sacar la navaja, pero la saca.

Ángela sabe que no necesita el celular, pero lo quiere.

En el cuarto hay un silencio dramático, sólo un santito lo observa con una veladora a punto de apagarse, compasivo, mirando a Armando abrazado de su recién parido demonio. El viento sopla fuerte la cortina. Armando duerme profundamente mientras el fuego lo cobija.

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