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Crónicas urbanas: lecciones de higiene y realidad

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Mayra Labastida

Treinta y cinco, treinta y seis… cuarenta y ocho, cuarenta y nueve y cincuenta.

Sacudo mis manos después de haberlas tallado correctamente, palmas, entre dedos, muñecas antebrazos y codos, cuidando de no salpicar el piso. Cierro la llave de agua, lo hago ayudada de mis brazos y codos recién lavados para no tocar con mis manos nada de este baño que a simple vista tiene señales de poca limpieza, quizá por varias semanas. Se puede ver el cabello de ella en el jabón.

¿Qué clase de mujer deja cabellos en el jabón y luego lo ocupa para las manos? Una clase de mujer desatendida en su salud, llena de vicios y suciedad. Odio la suciedad, no me permito ningún tipo de germen en las manos y menos los de ella. En una mano humana viven alrededor de 150 especies de bacterias diferentes, pero cada persona posee bacterias y microorganismos específicos a nivel individual. Agrégale cabellos y el contacto de otra persona, porque no la creo una santa.

Siempre que un jabón se llena de cabellos se debe tener la prudencia y retirarlos, después tomarlo y enjuagarlo, agradeciendo con suaves caricias diluidas en el agua que nos permitan ser limpios de nuevo, una cuestión de respeto de quien nos cuida y nos sana.

El baño de una casa debe ser uno de los lugares sagrados para cualquiera, habla bien o mal de la gente que lo usa, habla de la limpieza y de todas las cosas que haces en tu higiene, el baño es la personalidad de un individuo en su hogar.

Pero ella era descuidada, desde el
primer día que mi hijo la trajo a mi casa. Qué horror y qué fastidio. Sabía que llegaría el momento en que Saúl tendría que enamorarse y presentarme a la mujer de su vida pero siempre pensé que por sus malos hábitos sería mejor nombrarla ¡la mujer de su muerte!, con toda esa suciedad a la que lo expone.

¿Por qué mi hijo preferiría a una floja desatendida? ¿Por qué si no hice más que librarlo de cualquier enfermedad que lo pudiera llevar a una alergia o infección? Nunca le faltaron sus vacunas, jamás se me enfermó del estómago.

Pero entonces la inocencia de mi hijo y su falso enamoramiento supuso que la mal peinada y floja pseudo activista de su mujer sería el complemento perfecto para su vida.

-Mamá ¿cómo se te ocurre? Lucía sólo está estudiando la maestría, ella habla con sus maestros y amigos, ¿por qué tendría que estar celoso?

La misma cantaleta cuando le comentaba lo mucho que lo descuidaba con la supuesta escuela y maestría que estaba haciendo. Toda embarrada vestía, con escotes que jamás me hubieran permitido. Me parece increíble que alguien que parece que quiera ser vista por miradas lascivas también sea tan sucia.

Al final tuve que aguantar su comportamiento, por amor a mi hijo.

Recuerdo el día que llegó a mi casa con los zapatos asquerosos, las agujetas ennegrecidas de unos tenis viejos y baratos a mi gusto, pero eso sí, mostrando los pechos.

Con una sonrisita mustia y envalentonada me saludó por mi nombre: “Mucho gusto Estela, soy Lucía” sin ninguna clase de respeto a mi grado de señora, ¿qué clase de educación tenía esta insolente? No sé si muchos lo sepan, que no todas las mujeres merecen el título de “señora” no sólo por la edad, sino por la experiencia por la educación, por la formación a los hijos porque uno se gana ese mérito, (al menos eso decía mi suegra que en gloria esté, en paz descanse y allá se quede la desgraciada).

Y es algo lógico, a las mujeres de esta generación les asusta el término “señora” porque las hace sentirse viejas, siendo así que la belleza es uno de los más altos compromisos que tienen con la sociedad, entonces ¿por qué era igualada? Debía decirme señora para permanecer en su edad imaginaria.

Con el paso de los años, y antes de mi primer nieto, se empezó a abaratar más, porque eso era para mí ¡una baratija que recogió mi hijo!

-Señora, su clonazepam, ¡debe tomárselo! No queremos otra recaída, haga caso por favor.

¿Ahora sí me dice señora? Sus palabras hacían que me hirviera la sangre, una mujerzuela dándome recetas médicas, ¡pero qué osadía la de ella!

Sé que ella no quiere nada bueno para mí , lo sé muy bien aunque Saúl diga lo contrario.

Por eso de vez en cuando la paso a saludar, porque aunque siento su odio en cada recomendación y aparente interés en mí, sé que en el fondo sólo quiere verme enferma y más vieja para abandonarme en algún asilo con atención a enfermos mentales.

No soy una mala mujer, mucho menos una mala madre.

-¿Señora Estela? Abra la boca por favor. No es posible que todo se lo tengamos que poner obligadamente.

– tú a mí no me digas nada –
– le voy a decir a su hijo ahora que la venga a ver-
– ¿Mi hijo? ¿Saúl?
– Sí señora, viene cada mes a verla.
– ¿por qué me viene a ver cada mes?
– Señora, siempre que se lava las manos así viene esta plática, el doctor ya le había dicho que debía de lavarse las manos normal, aquí limpiamos a diario.
– pero había cabellos en el jabón-
– sí, y son suyos, ocupa el mismo jabón para lavarse el cabello, pero últimamente se le cae mucho porque no quiere comer
– y ¿yo qué hago aquí?
– Saúl la trajo aquí porque cuando él se casó usted comenzó a perder la razón, a olvidar las cosas
– ¿por qué me dice eso? ¡Yo recuerdo todo siempre! Mi hijo no me pudo haber traído, fue mi nuera, ¡estoy segura!
– señora Estela, usted no tiene ninguna nuera
– pues no me está diciendo que se casó mi hijo-
-sí, así es, y desde que lo hizo usted sólo ha querido pensar que lo hizo con una mujer.

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