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Crónicas urbanas: maternidad espuria

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Mayra Labastida 

La maternidad no es un asunto biológico solamente, eso me queda más claro que nunca, en los primeros días de mayo cercana a las festividades de la madre, llegó al penal de Cholula una mujer que evidentemente mostraba más amor de madre que ninguna, o al menos eso me parecía.

Traía la mano derecha lastimada por esposas y en medio de la entrevista para obtener sus datos generales se mostraba muy tranquila y elocuente. Tomaba un lápiz de punta chata que le había proporcionado la criminóloga en turno para comenzar su declaración. Frente a ella las hojas blancas perdían su pureza con los trazos deformes que intentaba realizar.

-¿Que si me arrepiento de lo que hice? No ¿por qué tendría que hacerlo? No hice mal. Sus hijos por fin están a salvo. Al contrario, les heredaron bienestar y calma. Ya no corren peligro.

Antes de salirme de la casa, mi madre me dejó ideas muy claras que me persiguen en todo momento, una de ellas por ejemplo era jamás arrepentirnos de lo que hacemos.
Y ¿sabe qué? Por fin me siento tranquila, de hecho, vivía preocupada, no podía dejar de pensar en los peligros que corrían esos niños. Sí, efectivamente, las dos tenían hijos pequeños y cualquiera diría que ahora están en desamparo. Yo creo lo contrario, esas dos mujeres sólo preferían su mugrosa egolatría.

Un extraño gesto le dio, en forma progresiva, un cambio a su rostro y en segundos la convirtió en una persona ajena al dolor de los demás.

-Le voy a contar señorita, para que me entienda, porque sé que usted sólo me ve como una desgraciada, pero a mí también me gusta hacer labor social de vez en cuando. Este mundo está lleno de mujeres que traen hijos para no cuidarlos y estas dos se lo ganaron a pecho.

En primer lugar yo odio la irresponsabilidad, el desorden, la soberbia. Odio el maltrato a los menores y la apatía, la ignorancia y el engaño, y estas dos estaban hechas por igual, un par de estúpidas vanidosas, sumamente relajadas. Por eso me preocupaban los niños. Siempre solitos en su casa, haciéndoles fiestas cada que llegaban. Las veían con una ilusión como cualquier hijo ve a su madre, agradecido porque le hizo una rica sopa o le ayudo con una tarea, o simplemente porque los escuchan. Pero ese par no entendía ni una micra lo que era ser madre.

Y usted estará de acuerdo conmigo que en estos tiempos es mejor aprender a estar sólo que mal acompañado. ¡Créame! Les hice un bien a los chiquillos.

Los hijos fueron traídos para ser cuidados, educados y respetados, y ellas nunca lo hicieron. Mejor ni los hubieran tenido, eran unas niñas cuando la suerte las convirtió en madres, pero eso no justifica su falta de amor y dedicación. A cualquiera le debe cambiar el chip cuando esto pasa, a muchas antes que a otras. Pero tal parece que antes de que ellas cambiaran y encontraran una mejor forma de ser con sus hijos, tuvieron la mala fortuna de encontrarme a mí.

A Lorena la conocí en la escuela donde trabajaba hace un par de años, desde siempre nos caímos bien, era platicadora, fiestera, le gustaba comer de todo, siempre con una imagen alivianada; usaba jeans, zapatos altos y pestaña postiza. Un día le pregunté por un lugar en renta y me ayudó a conseguir el departamento que estaba abajo del suyo y así también nos hicimos vecinas.

La primera vez que hablamos me contó de la nada que estaba comenzando un noviazgo. Estaba muy contenta de su recién adquisición porque se sentía sola, tenía 4 meses sin pareja en ese entonces. Yo me preguntaba ¿cómo es que se siente sola, con cuatro hijos que atender?

La mayor de sus hijas vivía en Puebla con ella, los demás estaban con su abuela materna en un poblado cercano a Tabasco. No me caía mal, lo aseguro, hasta era divertida, pero odiaba verla tan alejada de su responsabilidad. Me recordaba mucho a mi madre tan agotada de cuidarnos, tan necesitada de amor, y eso hacía que me hirviera la sangre.

Poco a poco fuimos afianzando más nuestra amistad. Lorena y yo teníamos muy buena comunicación, y yo tenía que hacerle muchos favores regularmente. Nunca me casé, no tengo hijos. Recuerde que los hijos deben venir al mundo sin problemas, ya se lo había dicho señorita, por eso no los tuve, sin embargo, tenía esa responsabilidad cuidando a Raquel, su hija.
Tenía que llevarla y traerla sólo porque éramos amigas y las amigas se hacen favores, pero en realidad yo lo hacía más por Raquel que por Lorena.

El día del cumpleaños de Lorena decidió festejarlo con una reunión, caía en martes pero ella quería festejar. Raquel debía presentar una maqueta del sistema reproductor de las plantas y los procesos aeróbicos y anaeróbicos para el miércoles. Lo recuerdo perfectamente.

Lorena sólo hacía llamadas para saber a dónde iba a ser la reunión, si el novio iba a pasar por ella, si ya estaba su vestido o si le depositarían algo sus padres, porque aún la seguían manteniendo ellos, ninguno de los cuarto padres diferentes de sus hijos le daba un sólo peso, y ella, por supuesto y por sus creencias, estaba en contra del aborto.

Jamás dedicó un segundo a las necesidades de su hija.

-¡Ma! ¡Ya no hay hojas para imprimir!

-No me molestes nena, ahorita ando ocupada dile a Ale.

-¡Ma! ¿Cómo te gusta más, con verde o con azul?

-No sé, no sé nena, a tu gusto, yo estoy ocupada, dile a Ale por favor, ya se me está haciendo tarde.

-¡Ma!, ¿me firmas la tarea?

-Raquelita ya se me hizo tarde.

-Bueno ma, pero antes de que te vayas te doy tu abrazo, que te la pases muy bonito mamá, me hubiera encantado comprarte un pastel y que antes que te fueras lo hubiéramos partido, pero la abuela no me ha mandado dinero y ya no pude ahorrar, pero te hice una carta, toma.

-¡Gracias nena, qué bonito! la pongo aquí en mi cama para cuando regrese la lea y me duerma bien bonito pensando en ti.

La maldita ni siquiera leyó la carta, no le hizo caso. Y cada que le preguntaba Raquel era como si me picara con un alfiler las costillas. No le importaba nada que no fuera su estúpida reunión en un bar cualquiera para festejar sus estúpidos 28 años. A mí me invitó claramente, pero no podía ir. En realidad eso dije porque no quería ir, no me gustaba que Raquel se quedara sola y por eso me quedé para acompañarla.

Hubiera visto la mirada de la niña cuando su madre cerró la puerta, una tristeza que se extendió por toda la casa y en esa mirada me encontré a mí. Me vi sentada esperando que mi madre volteara siquiera a mirarme, a preguntar si tenía hambre, si necesitaba ayuda, si sólo necesitaba que se acostara a dormir junto a mí para poder descansar un día.
Pero eso nunca pasó, y lo mismo le sucedía a Raquel. A sus doce añitos se quedaría en casa, sola, esperando a que su madre llegara con o sin compañía, y pensando que lo último que haría sería leer su carta de cumpleaños. Por eso fingí el peor dolor de cabeza que me hubiera dado y argumente que no podría acompañarla.

Cuando Lorena se marchó le ofrecí algo de cenar y terminamos los últimos detalles de la maqueta, yo no tenía sueño. La euforia y desdén de Lorena me recargaba las pilas, me llenaba de insomnio. Acompañe a Raquel a lavarse los dientes y preparar sus cosas. Me despedí de ella y le dije.

-Tú mamá te quiere mucho, sólo es distraída y ya se le hacía tarde.

No quería que pensara que nunca la quiso.

Me fui a mi departamento y ahí esperé toda la noche, tuve mucho tiempo para esperarla. Tome un cuchillo, largo y puntiagudo que usaba para cortar verduras, me senté en mi pequeña sala tratando de escuchar cualquier pequeño detalle que me hiciera familiar su llegada. Pasaron los minutos y las horas hasta llegar a las cinco de la mañana. Yo no había cerrado el ojo para nada, ya sabía que era necesario que Raquel comenzara un nuevo futuro y que a veces uno aprende con el dolor. Mi lección no le gustaría tanto pero ya no deseaba que la siguieran lastimando.

Pensé que lo que tanto deseaba se vería frustrado cuando la oí llegar con alguien, probablemente el novio en curso, pero las risas y los murmullos fiesteros se acabaron en una discusión espontánea que surgió entre los dos.

Lorena reclamaba que había estado muy cerca de otra mujer y que no se lo permitiría menos por ser una fecha tan especial, el hombre con quien iba trató de convencerla por unos minutos y al final la llamó estúpida y celosa, y se cerró el portón del edificio.

Lorena subió las escaleras después de todo ese alboroto, entonces sin prender la luz salí a esperarla.

-Ale ¿cómo estás? ¿me estabas esperando? Me dijo en un todo ebrio que me hizo enfurecer.

-Sí amiga, te esperaba. Pásale, vas a despertar a Raquel y le toca exponer en la primera hora, quédate conmigo y yo la llevo.

-Gracias amiga.

Se recostó en mi sillón y comenzó a quedarse dormida. Cuando comenzó la profundidad del sueño, con toda la fuerza de mi corazón le atravesé el suyo. No le dio tiempo de quejarse, alcanzó a mirarme, sorprendida por lo que había hecho, pero su embriaguez no la ayudó y no se pudo defender.

Lo malo es que Raquel también la esperaba y ella se dio cuenta de todo, no había cerrado la puerta bien porque hacía un ruido muy fuerte cada que la cerraba y no pretendía despertar a todos. No sé por qué Raquel se quedó viendo lo que hacía y no dijo nada, sólo calló al momento y posteriormente gritó y salió corriendo a pedir ayuda. Yo no quise hacer nada y por eso aquí estoy.

-Ok ¿tiene algo más que agregar?

-No

-¿Su nombre?

-Alejandra Sánchez Dorian

-Oiga, una pregunta, usted me está diciendo aquí que mató a otra persona igual que Lorena, me dijo que son dos.

-Sí, eso le dije.

-Y ¿cuándo mató a la otra?

-El día que me salí de casa. Mi madre corrió la misma suerte de Lorena.

Terminé la declaración y se llevaron al área de observación a la interna.

Ese día llegué temprano a mi casa, subí corriendo al cuarto de mi hija pero aún así ya estaba durmiendo. La abracé fuerte y le cancelé la cita Román. Sentí un frío diferente ese día. Cerré la puerta con llave e intenté dormir.

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