Crónica urbana

Crónicas urbanas : Nidia

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Mayra Labastida

Nidia camina algunos pasos para llegar a la parada de autobuses cercana a la fábrica donde por varios años ha trabajado como cortadora de tela.

Viste pantalones de mezclilla, una playera blanca y lleva cola de caballo en el pelo. Se ha puesto una chamarra negra porque en temporada de invierno el frío es cruel con sus huesos. Prefiere cobijarse un poco mientras camina con un par de tenis viejos que conserva desde hace cuatro años. No hace deporte, sólo los ocupa para caminar cómodamente. Siempre están limpios porque fueron el último regalo de su tía cuando cumplió veintidós, luego se murió de cancer en el estómago. Nidia limpia los tenis con esmero siempre y con un trapo húmedo antes de dormir, los ha hormado extrañamente por su manera de caminar.

Es una mujer hermosa, no usa maquillaje y no lo necesita en realidad. Sus rasgos son delicados, parecieran hechos con pinceles. Ella no sabe lo hermosa que es, nunca logra observarlo cuando se mira al espejo.

Paso, paso, paso, paso. Los pies hacen un camino para encontrar otra opción para regresar a su casa. Dos autobuses pasaron de largo sin hacer caso a las señales que les hizo para abordarlo y la luz del cielo parece tener un dimmer que con recelo prefiere la oscuridad de la noche.

La luz que desaparece le preocupa, está sola en un camino también solitario, una carretera alejada de la ciudad. Unos 40 minutos la separan de la zona urbana. Paso, paso, paso, paso, se mueven sus pies, punta talón, punta talón, con dirección hacia su casa. Las ruedas de un vehículo serían más rápidas que sus pequeños pies.

No acostumbra salir tarde del trabajo pero era necesario avanzar pues sus llegadas fuera del horario habitual la meterían en problemas. No es impuntual, solo que Alfredo, su esposo, siempre le sabotea. Últimamente no quiere que vaya al trabajo y le hace la vida imposible para salir, que si le planche la camisa, que el desayuno está frío, que no ha tendido la cama, que no quiere que se arriesgue en el camino.

Recordar cómo no le permite trabajar, la hace enojar. Cuando abandonaron a su tía y el cáncer llegó, ella dejó de trabajar. Nidia no tuvo más remedio que ayudarla. Y por supuesto se juró que nadie le haría dejar su trabajo nunca, incluso ella misma, en una tristeza como la que hizo enfermar a su tía.

En el camino comienza a pensar si será mejor pedir “ray” ¿sería peligroso?, ¿qué más puede pasar? Si no llega a casa mejor. Hace rato no le interesa llegar a casa, hace rato preferiría no estar viva. Son sólo ella y su esposo, nadie más la va a extrañar.

Los golpes por su tardanza le han dolido mucho, así que mejor levanta la mano para sugerir sólo a ciertos vehículos, prefiere camionetas con batea, para ir sin problema.

El primer vehículo que observa su mano se detiene para subirla. Le causa zozobra y se niega a abordar porque es un vehículo de cuatro puertas, lo conduce un viejo con gorra y al acercarse no le da buena espina, aún así agradece. Quizá sea la experiencia de la incertidumbre. Insiste en que sea una camioneta, ahora sabe que cuando uno necesita algo nunca aparece como deseamos.

Vuelve a intentarlo. La segunda parece ser la opción perfecta, es una camioneta y la conduce una mujer con gafas pero le pide ir al frente porque atrás lleva cosas que se pueden romper y ya están acomodadas. Nidia se niega nuevamente.

-Gracias pero ya viene mi camión, lo alcanzo a ver, prefiero no incomodar-.

No quiere entablar conversación con nadie. Ir al frente le sugeriría una plática que ella no quería tener. Es exigente a pesar de su necesidad.

Talón punta, paso, paso, paso, una piedra le lastima el pie derecho por las suelas delgadas que tienen sus tenis. Se ha apartado un buen tramo de la fábrica, ya está más oscuro.

Insiste por tercera y última vez, y se detiene otra camioneta. Es roja y la conduce un hombre, es joven. No hablan pero le indica que se suba en la batea que va vacía.

Nidia se acomoda, no tiene miedo y el hombre se muestra amable en esperar a que esté bien acomodada.

Del retrovisor nace una mirada que nunca había visto, unos ojos que la miran con consideración. Ella siente la mirada, pero disimula muy bien el asecho que además le gusta.

A la luz de un vehículo que pretende rebasarlos, la camioneta donde ahora viajan dos se ilumina al tiempo que Nidia vuelve a buscar los ojos del conductor en el retrovisor. Unos ojos que la ven hermosa, que no le asustan, unos ojos que disimulan un cortejo pero que parpadean un vals de palabras mudas que los acercan poco a poco.

El conductor se asegura de manejar con precaución, mueve el espejo y a Nidia ahora le queda la comisura de sus labios. Son unos labios que ríen mucho, se notan las comisuras de la felicidad que le marcan un paréntesis a su boca.

Comienza a imaginar un beso. Los estudia, los atesora. En su mente sólo existen las formas que con sus dedos imagina y toca.

Ya han recorrido varios kilómetros en esas miradas furtivas, fugases pero eternas.

Falta poco para la gasolinera, ya está pronto su hogar y su despedida. Hace mucho no tenía un encuentro tan cercano con alguien a pesar del cristal que los separa, sólo era una delgada estela que se quedaba en medio para garantizar que eran un par de desconocidos.

La camioneta comenzó a detenerse y al mismo tiempo que el motor se apagaba también se le detenían las ganas a Nidia.

El conductor la miró, los ojos se despedían de ella como si el trayecto les hubiera dado una vida juntos. Ambos bajaron del vehículo. Ella se ayudaba de las manos y dio un salto que le puso los pies en la tierra. Él abrió la puerta y se bajó. Al tiempo que se acomoda y se recarga al costado para poder verla partir. Nidia se aleja con una sonrisa de agradecimiento por los bellos momentos a su lado.

Paso, paso, paso, punta talón, punta talón, los tenis soportan el peso liviano de Nidia y la protegen a medias de las dolencias del asfalto. Sigue el camino ya falta poco, sólo una calle, sus pasos son cortos pero apresurados, nadie debe contar cómo llegó a su casa. Paso, paso, talón punta, una de sus manos busca en la chamarra las llaves para abrir. Por fin se detiene. Es una casa pequeña, rosa, con una ventana justo arriba de la puerta.

Con una técnica que aprendió cuando de adolescente se volaba de su casa y llegaba tarde, Nidia movió sigilosamente la puerta y al filo de esa dimensión que se abría mostrándole su futuro miró a su esposo, sentado de espaldas moviendo los dedos por la ansiedad que le acechaba a causa de la ausencia de su esposa.

Con los ojos llorosos por los golpes que se le venían, miró a su esposo que se levantaba con el entrecejo fruncido y la misma mueca de odio.

Entonces algo pasó. El tiempo se detuvo ante ella. Y pudo observar los pasos de aquel hombre violento que se regresaban como en “rewind” de un control manejado por Dios o por su mente, para devolverse al sillón y volver a verle los dedos mover desesperados por la presencia de ella. El rebobinado de esa mala película la llevó al filo de la puerta cuando apenas la estaba abriendo. Entonces la cerró. Sus pasos también la llevaron hacia atrás, al inicio cuando miraba la fachada rosa que tiene una puerta y una ventana.

Paso, paso, punta, talón, la misma banqueta que apenas había pisado, otra piedra en el camino le lastima el mismo pie. Falta poco para llegar a la gasolinera. Aún sigue recargado en la batea, sirvió de algo la espera.

En el cuadro de esta película que parece mejorar en el guion se ve la sonrisa de Nidia hace tiempo guardada. Hace tiempo no le duele la panza de la emoción. La siguiente escena los ojos que le hicieron volver levantan la ceja y la invitan a subir de nuevo. Ya no se sube en la batea. Ahora ella viaja al frente con él. El rumbo es desconocido, siente un dolor en el estómago, pero no es por el amor que nace sino por la mortal herencia de su tía.

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