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Crónicas urbanas : palomas

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Mayra Labastida

El vuelo que levantan las palomas al aire, entre el ligero viento que las hace planear y el sol de la tarde que se filtra en cada una de sus pequeñas alas, de aquellos plumajes azul grisáceo o quizá blanco o negro que cualquiera de ellas viste, era el motivo de mis alegrías todos los fines de semana.

Cuando el dinero hace tanta falta, los detalles que nos regalan los paisajes del mundo simplemente nos maravillan.

A mis ocho años era difícil ir a la plancha del zócalo sin dejar de querer un helado o un merengue, lo saboreas aunque sabes que otra vez no lo vas a probar, sabíamos que el dinero era escaso en la casa y que lo mejor sería disfrutar del agua de limón sin azúcar que la abuela nos ponía para no pedirle nada a mi padre.

Era una Puebla antigua que nos permitía ir del barrio de los Sapos donde vivíamos en una vieja vecindad, que ahora es una tienda de muebles rústicos sofisticados vintage, y caminar al zócalo de la ciudad que a tan pocas calles queda.

Caminábamos con prisa para disfrutar de un domingo y ver a mucha familias hacer lo mismo, complacerse del sol que nace a los costados de la Catedral y se esconde en las hojas de los árboles viejos y altos, muy altos, que nos ayudaban a mitigar en la sombra los rayos del sol a las dos de la tarde.

Mi padre era excelente guía de turistas para cualquiera que desconociera las bellezas de esta ciudad. Se hacía pasar por uno de ellos, a cambio recibía monedas como propina mientras les contaba a extraños y conocidos la historia de cómo llegaron las campanas a lo alto de la Catedral o la historia de la Casa de los Muñecos guardianes. A veces con eso alcanzábamos a comprar alguna galleta de Santa Clara.

Luego comenzaron a tener grupos de guías que le impidieron seguir contando esas historias.

Historias que mi padre sólo había escuchado y que las hacía suyas como si él hubiera estado presente, pero que bien sabía no le constaban.

Me entra un cosquilleo en la barriga cuando recuerdo a mi hermano jugando conmigo a corretear a las pequeñas aves emplumadas después de haberlas engañado con un poco de pan duro que habíamos tomado de la cocina.

Ese trucutu que ellas cantan mientas se acercan a que les des las migajas de las migajas que teníamos para comer.

Imitábamos su caminar, ese movimiento tonto de cabeza que las palomas hacen cada que dan un paso. Era motivo de minutos largos de risa entre mi hermano y yo.

Jamás las lastimamos, no se dejaban tocar, y aunque se hubieran dejado seguramente hubiéramos aprovechado para acariciarlas por lo felices que nos hacían.

A mi padre también le gustaba corretear a las palomas, mi abuelo lo llevaba de niño, quizá por eso él lo hacía con nosotros. Jamás las hubiera lastimado, o quizá no lo sabía.

Un día se le acercó tanto una de ellas que alcanzó a tocarle las plumas de la cola, en el susto la tonta asustadiza salió volando del lugar. Le sorprendía cómo los magos en sus actos de magia las podían agarrar y él no.

Esa día fue diferente, nos dirigimos al zócalo con el mismo ánimo de pasar una tarde jugueteando, mi padre no tenía ese mismo entusiasmo que nosotros, su mirada triste lo delataba, se le notaba serio y muy ausente.

Desde que salimos de la casa de mi abuela se metió a la bolsa de su viejo y roido pantalón, un charpe de ligas gruesas. No era extraño pues lo usaba para atinarle a las lagartijas que salían de los arbustos, a ellas si las mataba o al menos esperaba que del miedo de no atinarles se les cayera una parte de sus colas.

Nos sentamos en una banca, mi padre solo miraba el vuelo de las palomas y se reía forzadamente conmigo y con Gonzalo mi hermano mayor.

En un instante nos separamos de él para ir a la fuente de la plancha del zócalo a mojarnos las manos con el agua y dar de manotazos para quitarnos el calor, después de varios minutos cuando lo volvimos a ver nos dijo:

  • ¡ya vámonos, ya es tarde!, su abuela me pidió unas cosas para la comida, qué bueno que se quedaron aquí mientras las fui a comprar.

Aunque queríamos quedarnos más tiempo, mi padre parecía urgido a irse del lugar.

Cuando estás muy joven la felicidad te impide observar los detalles.

Esa noche cenamos un rico caldo verde que mi abuela preparó.

Mi padre no quería comer, y me extrañaba que estuviera tan inapetente.

En mi plato hondo, se dejaba ver el muslo diminuto de una pequeña ave que mi abuela aseguraba eran de codorniz. Yo estoy seguro que ella ni siquiera las había probado. Y ni qué pensar en la posibilidad de comprarlas para comer.

También estoy seguro de que mi padre hubiera preferido conocer el sabor de una lagartija escuálida a las que tan fácilmente mataba para así podérselas comer.

Yo sabía de qué era ese caldo y por qué mi padre se quedó sin hambre. La escena le provocaba tristeza, por no poder darnos lo mejor, por la falta de trabajo, por la falta de saber criarnos como él hubiera querido.

Pero también lo llenaba poco a poco de felicidad, no había mejor momento que vernos comer ese día, cualquier día.

¿Cuánta carne podría tener ese plato de comida? Y a costa de lo que fuera, del mal recuerdo de ver comer lo que a él tanto le hacía feliz, nos había llevado la comida hasta la mesa, a nuestro hogar.

Yo comí pensando en el vuelo de las palomas y en la hermosa tarde de sol que tuvimos juntos.

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