Crónica urbana

Crónicas Urbanas – Periodismo ‘chayote’ y sus diversas presentaciones

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Hacer reportajes a modo, sobornar a figuras públicas mediante columnas 'amarillistas' o recibir 'sobrecitos', son algunas formas en las que funciona el denominado periodismo 'chayote'

Hacer reportajes a modo, sobornar a figuras públicas mediante columnas ‘amarillistas’ o recibir ‘sobrecitos’, son algunas formas en las que funciona el denominado periodismo ‘chayote’

Jaime López

-Pídele 20 mil pesos, si te dice que menos, respóndele que no somos limosneros- me dijo sin reparo alguno, mientras se cercioraba que la tela de su saco no se arrugara.

Su apariencia y atuendo personales se mantenían pulcros, todo lo contrario a su forma de dirigir una casa editorial.

-¿Por qué esa cara?- me cuestionó al ver mi reacción -Si casi todo mundo lo hace- añadió.

Aunque en un principio pensé en responderle que el ‘chayote’ no era una práctica habitual en el gremio periodístico local, mi memoria puso las cosas en perspectiva, pues recordó varios ejemplos de ello.

De ese modo, la silueta de la persona enfrente de mí se transformó en un ente regordete con voz chillona, el cual se reunía en su oficina con algunos de sus ‘amigos’ preferidos.

-Si no estoy manejando un puesto de molotes, Estefano- alcanzó a decir el rollizo ser, mismo que había obtenido su doctorado como parte de los pagos que recibió de su principal mecenas, el ‘gober’ de cierta entidad del país, según cuentan las malas lenguas.

‘Golpear’ a diversas figuras de la escena política poblana, mediante columnas ‘amarillistas’, era su modus operandi, así como presionar a los jefes de comunicación de los principales ayuntamientos de la entidad con quienes se reunía periódicamente.

De repente, el rechoncho cambió de forma, a la de un grupo de reporteros que pedían su ‘sobrecito’ al presidente de cierto órgano de gobierno con tal de no desacreditarlo en sus notas.

La cantidad de billetes puesta en ese ‘sobrecito’ podía variar, lo cierto es que les ayudaba a solventar los gastos adicionales diversos que sus sueldos raquíticos de la profesión no alcanzaban a cubrir.

Su estilo de obtener más recursos a través del ‘chayo’ había perdurado durante varios cambios de gobierno, y en una ocasión uno de ellos tiró -por error- su ‘sobrecito’ al piso, queriendo hacer pasar los billetes como el cobro de una tanda.

La silueta volvió a cambiar de forma, ahora a la de un seudoempresario de baja estatura, que se ostentaba como el director general de una revista cultural que se imprimía de manera mensual.

Su estilo de vida, entre campos de golf, reuniones o fiestas privadas, e hijos en escuelas particulares, era producto de convencer a sus subdirectores -más jóvenes que él- de abrir cuentas en el banco y pedir préstamos cuantiosos.

Mientras ponía el pellejo de otros en riesgo, él utilizaba el dinero para viajar, pagar las colegiaturas de sus vástagos o acudir a conciertos de artistas internacionales, mientras que pagarle puntualmente a sus empleados (jefes editoriales o reporteros) era su menor preocupación.

-Alberto- me gritó -Te me fuiste, ya no me estabas escuchando- me indicó, al mismo tiempo que me recordaba que tenía que mover cielo, tierra y mar para conseguir el saludo de cierto presidente municipal.

El edil debía darme su ‘contribución’ a cambio de un reportaje a modo, que lo hiciera ver como un político de primera categoría, socialmente responsable y hábil con el lenguaje, pese a que su manera de expresarse era un galimatías.

Me esperaba una tarde larga, en la que debía descifrar y reacomodar las respuestas torpes de un tipo que llegó a su puesto por su servilismo a un grupo de poder relacionado con la derecha. Todo con el objetivo de recibir una ‘comisión’ que nunca llegó.

Me di cuenta que la silueta del ‘chayote’ tiene presentaciones todavía más oscuras, espinosas, hipócritas, pues algunos colegas se erigen como los más estruendosos defensores de la libertad de prensa, cuando en realidad solo son parásitos de una corrompida libertad de empresa.

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