Crónica urbana

Crónicas urbanas : sentir tu piel

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Mayra Labastida 

Comencé quitando milímetro a milímetro el contorno de su rostro, con delicada precaución. Los pelos de su barba tupida atoraban el deslizamiento de la navaja. Ya no sentía dolor alguno. Su muerte me acercaba al conocimiento y a la investigación. Había comprado el cadáver fresco para poder trabajarlo.

En mi mente se asomaban los detalles de cientos de documentales de taxidermia, cirugía de reconstrucción entre otros, que me enseñaron los pasos exactos del corte que necesitaba.

Mi cuerpo tenía esa extraña sensación que hace que los vellos de la piel se ericen, como descargas eléctricas que bajaban hasta mi estómago y me hacían sentir vivo.

Nadie vería esta acción como algo bueno, el respeto a los muertos es algo que nos enseñan desde pequeños. Sobre todo de quien me crió. Para mí había sido mi madre, aunque nunca me lo dijo yo sabía que no lo era. Ella tenía un gran respeto por los muertos, cada que podía me hacía acompañarla a los funerales de vecinos y familiares. A mí no me mueve en nada ver a alguien sin vida.

Comencé a desollar animales desde muy chico, algunos los encontré en la carretera. Seguido había perros, ardillas, gatos o conejos aplastados. Cercenados por las llantas de cualquier auto que no se detuvo para seguir su viaje sin saber que para mí esa indiferencia por la muerte era oro puro.

Me llaman asesino, loco, sociópata, y ¿qué hay de ellos? Ni siquiera se detuvieron para saber si podían ayudarlos a vivir.

Yo sólo estaba interesado en recogerlos para poder trabajarlos, y era fácil. No me producía asco, de ninguna manera.

Para que estuvieran frescos a veces esperaba sentado en la carretera a ver si corría con suerte de encontrar algún animal en agonía. Cuando por fin lo hallaba lo guardaba en un costal y me iba a mi casa.

Me gustaba todo el procedimiento. Los limpiaba, los cepillaba, con algunos instrumentos que me fui construyendo para hacerlo. El primer escarpelo que tuve lo hice improvisado de unas navajas que quite cuidadosamente de un rastrillo, y las acomodé en una rama dura que encontré por ahí. Y con delgados alambres las uní para acomodarlas y comenzar lo que más me gustaba: desollar la piel. Con el tiempo y más grande, entre los trabajos que ayudaba en la ranchería me pude comprar otros de mejor calidad. No era difícil conseguirlos por el rumbo pues por esta zona la caza es un oficio que no se ve mal.

Los animales, como los seres humanos, cada uno con sus características y complejidades, fuimos diseñados de una forma tan perfecta que hasta en los errores genéticos que tenemos hay una belleza única y sublime.

Yo no lograba ver los rasgos de mis padres en mi rostro, lo sabía cuando me miraba frente al espejo, descubría que mis rasgos contrastaban a los de ellos y me hacían una realidad confusa, llena de dolor por saber porque no me decían quién me había dado esta apariencia.

Al mirarme y después del tormento que verme sin un rostro conocido, me alimentaba de alegría pensando en la perfección que tenemos desde que somos formados en el inicio, que las pequeñas porciones de materia embonan tan perfecta y adecuadamente que van diseñando ese rompecabezas mágico que es el cuerpo humano y que nos detalla uno a uno.

Me gustaba desarmar ese rompecabezas, investigarlo, desunirlo para volverlo a ensamblar en mi memoria.

Pero este gusto no me hace asesino. Yo no soy culpable de su muerte. Yo sólo lo compré. Como cualquiera compra pollo, carne o pescado para comer. Sé que no debía hacerlo pero lo compré.

⁃ Señora usted nos dice qué hacemos con él.
⁃ Llévenselo, ya perdió la razón, no sé ni lo que dice.

Escuché a mi madre decirle a los policías y luego llevaron mis manos a mi espalda para esposarme. Repito, yo solamente sabía que no era mi madre. Ahora que recuerdo no sólo yo lo sabía.

Tal cual se atoraban los pelos de la barba me fui dando cuenta que aquel cadáver inmóvil frente a mí tenía los rasgos de mi madre. El ceño fruncido que ella tiene cuando estaba molesta porque no había comprado las cosas que me pidió, o cuando mi padre regresaba con la camisa llena de colores que delataban sus amoríos.

La comisura de sus labios era similar a la de mi padre, tosca y ruda, la acompañaba un lunar entrecortado muy cercano al arco de cupido.

No tenemos tiempo a la elección de cómo podríamos ser. Sólo somos una mezcla armónica de rasgos primeramente y hasta manías de nuestros padres, según vayamos aprendiendo. Pero esos rasgos no los tenia yo. Sólo el cadáver frente a mí. Y quizá no lo compre. Yo solo desollaba animales.

-Señora, necesitamos que nos cuente qué es lo qué pasó

-Escuchaba una discusión entre ellos, no era normal verlos discutir, pero últimamente le reclamaba sobre un mal olor que salía del taller donde Natan hace sus trabajos con los animales.

Luego ya no escuché ruidos. Pasaron varias horas y ninguno aparecía. Me asomé al taller y lo encontré quitándole la cara a mi hijo. Sólo me dijo que quería saber que tenía adentro que lo hacía tan malo con él.

-Y entonces, ¿Natan qué es suyo?

-Lo crié desde pequeño, cuando su madre me lo trajo en brazos. Lo amamos todos sin ningún problema. Era un chico callado y muy dedicado a sus trabajos. Pero creo que no se sentía de la familia. Cuando creció nunca tuvo otros intereses que descubrir el interior de los animales. Pero jamás pensé que le hiciera esto a su hermano.

-¿Natan sabía que no era su hijo?

-Yo nunca se lo dije. Pero mi hijo se lo dijo. Le grito que era un cuchitril su taller y que no le gustaba verlo haciendo esas cosas. Lo llamó raro y mala leche. Por eso discutieron fuertemente. Salieron rumbo al taller. Y yo preferí no meterme. Ya luego, como le dije, no escuché nada. No sé en qué momento perdió la cabeza.

-Señora, lo vamos a remitir. Acompáñenos.

-¿Sabe algo oficial? Cuando la madre de Natan me lo entregó aquel día me dijo algo muy extraño que no me puedo sacar de la cabeza, ella dijo:

“Lo estoy envenenado con mi leche, se me está muriendo y yo no lo puedo alimentar. Usted lo puede criar mejor que yo. Se lo regalo ¡acéptelo por favor! ”.

Creo que esa mujer realmente lo envenenó con lo poco que fue alimentado. Tal vez no debí aceptarlo, tal vez mi hijo muerto tenía razón y en la sangre traía lo mala leche.

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