Crónica urbana

Crónicas urbanas: Tras el espejo

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Veo frente a mí el reflejo de lo que aún soy, el rimel corrido después de horas de llanto, imagen surrealista que contrastaba más junto a mis ojos encendidos con el fuego de la catarsis. La pintura de ese momento era rematada por un coctail de pastillas que planeo sea mi última cena.

Mayra Labastida / Erick Almanza

Cuando se acerca el final los sentidos se agudizan. El andar de las manecillas comenzaba a ser estruendoso como el golpe de un mazo en la demolición de una obra; de hecho, ahora que lo pienso, la analogía no tiene desperdicio… el sonido fatal previo a la destrucción. Después el cruel zumbido en el tímpano (niiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii).

¿Cómo pensar en ese momento? Veo frente a mí el reflejo de lo que aún soy, el rimel corrido después de horas de llanto, imagen surrealista que contrastaba más con mis ojos encendidos con el fuego de la catarsis, los párpados inflamados, la piel seca y con vestigios de los surcos que dejó el líquido salado que traicionó las llamadas románticamente «ventanas del alma». La pintura de ese momento era rematada por un coctail de pastillas que planeo sea mi última cena.

Había sentido al infierno darme la bienvenida, en cada pastilla degustaría el placer que siempre me dio desafiar al mundo. Una locura desatada que provenía desde lo más profundo de mi ser, alborozo de no volver a despertar nunca.

Al tiempo ensordecedor de cronos y con los nervios hechos trizas, volví a mirarme en el espejo. Y queriendo observar a detalle cada lágrima que corría en mis mejillas, sentí mi cuerpo desfragmentarse y fundirse entre el cristal.

La frontera se había roto. La materia de mi cuerpo estaba ahora del otro lado observando el desorden de la habitación.

Lo primero que miré fue a mi «yo»
tirada en el suelo. ¡Diablos! creí que terminaría en una forma más estética, como en pose de diva de los 50’s tras la tragedia, una pierna estirada, la otra a media doblar, los brazos extendidos hacia el imaginario nirvana, el mentón levantado, una mueca que emulara a la de la Gioconda, y una iluminación Rembrand para que los que vieran el bosquejo de mi partida dijeran «se ve con tanta paz, cual si estuviera dormida».

Pero la paz nunca fue una opción para mi historia y no sería así para el fin de la misma. A la agonía y a la muerte les gusta ser burlonas y prefirieron que el preludio de mi último respiro fuera con una mueca del terrible dolor de estómago que sentía en el momento, como si algo estallara en mí, espuma en la boca, los ojos en blanco a medio cerrar, las piernas a medio abrir y con la falda un poco alzada tras el impacto con el suelo, mostrando parte de mi ropa interior que ensució por la traición del esfínter al perder el control de todo. ¡Maldición! Ni siquiera puedo morir con un poco de dignidad. Pero ya no hay nada que pueda hacer, o casi nada, sólo observo la escena tras el encierro del otro lado del frágil vidrio que enlaza los dos mundos.

Me percato que aún me quedan unos pocos minutos de consciencia y de razón. Con el último sorbo de aquella amarga delicia de fármacos reapareció ese profundo abismo de soledad que me hacía acariciar el velo de la muerte, que se contoneaba sigilosa y sonriente acercándose a mi.

Partir como tú era el último recurso que me quedaba, de la misma forma cobarde me alejaba del dolor de tu ausencia. Lo malo del prólogo del momento final en este mundo es que todo se vuelve muy lento y entra el ansia del arrepentimiento.

Caí en esa trampa.
Viendo mi rostro acariciando el suelo, advertí que quizá no era tiempo aún de irme. ¡Cobarde! Le grité a mi gemela que colapsaba del otro lado.

Levanté los brazos para salir del interior del espejo, comencé a golpetear para intentar traspasarlo tal como lo hice a mi llegada, pero no lo lograba, seguía tocando fuerte para que aquel cuerpo, yerto aún, se despertara.

¡Quizá no era muy tarde! ¿O sí? Lo arruiné… otra vez.

Se me iba la vida en un sorbo, sólo necesitaba un soplo de vida y regresar, aunque parecía que quedaría ahí, como espectadora de esa escena final.

Pareciera que la desesperación del momento comienza a servir de algo, comencé a notar del otro lado de la historia el temblor de mis piernas con arduas ganas de levantarse, pero algo se los impedía y las mantenía desconectadas de las órdenes.

En realidad no sé qué pretendía ¿intentar sobrevivir después de que era yo quien quería dejar este mundo para siempre? . Quizá sólo enfrentaba el miedo, la angustia o el efecto de los ansiogénicos antes probados.

En ese instante siento que hubiera preferido caminar en piedras de fuego hasta derretirme, colgarme de algún árbol, saltar de prisa del edificio más alto, pero no anticipé que morir envenenada sería tan doloroso.

Más allá del sufrimiento, adentro del cristal aún esperaba el momento de tu llegada. Hubiera querido más vueltas del planeta, las que fueran necesarias para reencontrarte.

Algo sucede, por fin parece llegar el último aliento y al mismo tiempo te veo entrar al cuarto del otro lado del reflejo, te hincas junto a mi cuerpo y comienzas a llorar. No sé si eres sólo un espíritu o parte del delirium tremens que llega de repente. No importa, estás aquí y con todas mis fuerzas pronuncio tu nombre, pero sólo el silencio prevalece.

No puedes oírme. En el mundo de lo opuesto te permiten ser visible pero te quitan todos los sentidos, así que de nada servía tratar de gritar, no había sonido, nunca más lo hubo.

Al final mi cuerpo es retirado del lugar pero por alguna razón sigo aquí, no sé cuánto tiempo ha pasado desde entonces, creo ya han sido años, pues aunque el dolor de estómago prevalece y aún sigo golpeando la frontera del encierro, mis manos ya se observan envejecidas y débiles, y puedo sentir el rostro agrietado. El río negro debajo de mis ojos aún sigue ahí.

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