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Crónicas urbanas: Tras la melodía de los dos corazones

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Mayra Labastida

Mi gusto por la música comenzó desde muy pequeña. Los reyes magos me dejaron en el árbol de navidad un teclado hermoso semi profesional. Mi padre, siempre emocionado con los regalos que cada año aparecían en mi casa, me recordaba que era importante cuidarlo mucho y dedicarle tiempo.

En esos consejos lo podía ver con una mirada tierna que mostraba una ligera tristeza en sus recuerdos, y que ahora es muy fácil de entender por los golpes duros de la vida en la edad adulta.

Memorias propias de las fechas, y que también le remontaban a su infancia en la que nunca hubo regalos de navidad. Por eso su afán de que aprendiera a cuidar cualquier cosa que me obsequiara, de aprovecharla y siempre ser agradecida.

En sus historias mi padre me contaba cómo era el alumno consentido del maestro Altieri, director del Coro Normalista del Estado, en donde de pequeño había hecho sus pinitos como cantante.

Decía que era importante saber tocar algún instrumento y que él creía que la base era el piano, pues el maestro Altieri siempre los hacía vocalizar tocando un hermoso piano de cola que estaba en el salón de la escuela de gobierno a la que iba, y en donde practicaban las mañanitas que cantarían al ex gobernador Rafael Moreno Valle.

– ¡Aprende de música hija!, a mí me hubiera gustado que mi papá me dijera eso. Ya ves, yo cantaba las mañanitas en la casa del general Moreno Valle, ahí en la colonia La Paz y sólo tenía ocho años. La música te lleva a lugares que ni te imaginas.

La carrera como tenor principal del coro fue muy breve para mi papá, le duró un año en lo que al maestro Altieri le asignaron otros proyectos que no incluían darle clases a niños de la primaria.

Por ese motivo, ese enero mi padre me había asignado una tarea importante en mi vida. Nunca fui rebelde, así que me interesé en conocer el instrumento con mucho afán todos los días después de clases, obedeciendo las recomendaciones de mi progenitor.

Mi vida de adolescente estaba entre tareas de matemáticas, historia, español, notas y acordes de mi teclado.

Intentaba tocar partituras que no entendía y que en su momento mi padre me había proporcionado luego de haberlas comprado en un puesto de periódicos que le quedaba de paso a la empresa metalúrgica en la que trabajaba como obrero.

Eran unas revistas de “teclado fácil para niños” que, me aseguraba, serían el inicio de mi gran carrera musical y el pase de abordar vuelos internacionales a grandes países para que se deleitaran con mis conciertos.

Él creía que yo sería autodidacta y sola podría aprenderlo. La situación económica nunca fue de abundancia, así que no había para clases de música, pero siempre me decía que si lograba tocar una canción entonces pensaría en darme un maestro particular por las tardes.

¡Na, ni, na, ni, na, na, na! Tocaba siempre con mis pequeños dedos que exploraban el teclado sin ninguna colocación ni orden, viajeros en ese paraíso blanquinegro de notas que fueron agudizando mi oído.

Todos esos impulsos eléctricos que llegaban a mi cerebro a través de las notas: do, re, mi, fa, sol, la, si, do. Llegaban para hacer historia y quedarse en cada pulsación que emitía.

Con los años y las necesidades tuve que cambiar las teclas musicales por las de una máquina de escribir que emitía sonidos nada armónicos, a excepción de las palabras de mi jefe indicando que había terminado la jornada laboral de ese día.

Nunca pude darle gusto a mi padre de escucharme tocar una melodía completa, tal vez Lullabi de Brahm’s, o la canción de la película ‘El padrino’ o siquiera el ‘Martinillo’ completo y a dos manos.

La vida me fue dando los caminos necesarios para subsistir por el trabajo, pero alejada de cualquier asunto relacionado con la música. Me volví secretaria desde los 17 años para ayudar en casa con los gastos, luego de una pronta jubilación de mi padre. Las prensas para hacer piezas metálicas para automóviles le habían hecho perder el oído por completo.

A veces me sentaba frente al teclado y tocaba al azar, con una canción al fondo que solamente yo escuchaba, y trataba de imitar los movimientos de cualquier pianista experto.

Mi padre me veía y se reía conmigo, sabía que nunca había aprendido a tocar aquel instrumento, pero estaba tan orgulloso de mí que disfrutaba desde primera fila la interpretación que yo hacía.

Sus oídos jamás escucharían un concierto mío, pero sus ojos volvían a llenarse de esa ternura y agradecimiento cuando apreciaba el último movimiento de mis manos simulando el final de la melodía, que él aplaudía sin escuchar pero que hacía que vibraran en las notas de nuestros corazones.

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