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Crónicas urbanas: Un amor en tiempos del coronavirus

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Jesús Peña

Todo lo malo comenzó, como siempre inicia… con algo simple. Era una gripa pasajera.

Pero no, se agudizó.

Todo fue tan rápido.

Comenzamos a refugiarnos en nuestras casas, a no salir.

Al principio fue hermoso. Te tenía para mí las 24 horas.

Luego, la escasez; y cada día era más difícil conseguir las cosas. El hambre fue arreciando hasta que se convirtió en una lucha por conseguir lo más elemental.

Primero fue el trabajo (dichosos lo que teníamos un ingreso); luego, el papel higiénico… nunca entendí por qué la gente se proveía de él, hasta que hizo falta. Siguió la comida y el agua.

Pero nos teníamos a nosotros, ideamos la forma de abastecernos. Jamás pensé, por ejemplo, que guardar tanto periódico le sirviera a alguien más que a mi ego, para presumir lo que he hecho en mi profesión.

La rapiña se hacía cada vez más común. Nosotros reforzamos la casa para que no pudiera entrar nadie. Era una nación de dos.

Pero al final, como a todos, la realidad nos alcanzó.

Llegó el invierno, uno jamás visto. Hasta el trópico heló. Los científicos explicaron que el cambio climático cobró la peor factura en el peor momento. Entonces el coronavirus, esa “gripita”, se potencializó.

Cada noche trataba de animarte. Te abrazaba y te prometía que todo mejoraría. No sé de dónde sacaba esas palabras, pero te hacía creer que así sería.

Poco a poco nos enterábamos de la muerte de los seres más queridos. Ni siquiera podíamos acudir a despedirlos. Los pocos noticiarios locales que quedaban contaban historias terribles: “Doña Rita murió hace un mes. Nadie lo supo hasta que su hijo fue a buscarla y encontró su cadáver en la silla de ruedas. No la había visto por refugiarse con su familia. Así como la encontró, la dejó. No tuvo la fuerza para hacer algo por ella, por los restos de la mujer que le dio la vida. Dejó que los gusanos y las ratas terminaran por devorarla”.

Aun así, gracias a ciertas amistades, aún teníamos algo que llevar a la mesa. Aunque sólo era una vez al día. Eso era mucho, a comparación de esa pobre señora.

“¿Te acuerdas de ella?” –te pregunté–. “Un día te la presenté. Vendía antojitos por la noche. Era una lindísima persona, con una trágica historia. Tan trágica que no podía acabar de otra manera” –ironicé–. En aquella ocasión te dijo que eras “una bonita muchacha” y a mí me dijo que jamás te perdiera.

En ese momento volteaste la mirada. Te acordaste, seguramente, de los tuyos. Yo recordé a los míos. Ambos sabíamos que ya sólo nos teníamos a nosotros.

Entonces, de la nada, pronunciaste lo inimaginable: “Cuando muera, no dejes que sea comida de gusanos, ni de ratas. Aliméntate de mí”.

No supe qué responder a eso.

“¡Carajo!” -pensé, sólo lo pensé-.

Entonces te dije: “Nos hemos alimentado tantas veces de nosotros”.

“No así”, respondiste con un tono de nostalgia y de resignación. “Prométeme que cuando muera aprovecharás mi cuerpo”.

“Sólo si tú prometes lo mismo”, te respondí.

Yo no sabía lo que sentías. Sólo te abracé hasta quedarnos dormidos.

Al día siguiente ocurrió un accidente. Rompiste un vaso y te cortaste un dedo. Sin nada a la mano para curarte te senté en el suelo, puse tu dedo en mi boca para contener la sangre que salía. Era tan tibia, era tan dulce…. tan dulce como tu mirada… y no pude contenerme. Seguí absorbiendo tu esencia de vida, saboreándote de una forma jamás vista.

Entonces, después de unos minutos, te miré. Estabas sonriendo, plácida, pero distante. Te pregunté que qué podía hacer… pero entonces te vi pálida, te tomé por las mejillas y no había respuesta. Tu herida no sangraba más. Te habías ido, dejándome aquí para lamentarlo.

“Cuando muera, no dejes que sea comida de gusanos, ni de ratas. Aliméntate de mí”… fueron las primeras palabras que vinieron a mi mente.

Sentí asco. Sentí ganas de vomitar. Sentí ganas de salir corriendo. Sentí… la verdad, me sentí saciado, como en mucho tiempo no lo estaba.

“¡¿Qué hice, ¡¿Dios mío?!”, grité. Y tú seguías sonriendo.

Pensé en llamar al 911, pero hace semanas que nadie atendía. La única seguridad que tenía cada familia era la que cada una pudiera darse: cuchillos, machetes, palos, tal vez un arma de fuego… algo que jamás te conté que tengo, con apenas una carga de balas, la cual pensaba más para un final rápido que para la defensa personal.

Saqué las cosas del refrigerador. En realidad, no había nada desde hace tiempo. Quiero decir que saqué las rejillas. Entonces te metí ahí, por impulso.

Esa tarde casi me vuelvo loco. Tomé mi arma e intenté reunirme contigo. Un revólver viejo que es herencia de mi abuelo. Pero no tuve el valor, porque aún quería ver tu sonrisa, aunque sea en el refrigerador, pero aún con tu labial negro.

Conforme pasaban las horas, entre el hambre y la falta de sueño, comencé a planear qué hacer contigo.

No tenía en dónde enterrarte, sobre todo me cuestionaba: “¿Dejaría que fueras la comida de gusanos?”

Abrí el refrigerador y te recorrí centímetro a centímetro… como siempre, como cada día, como a cada instante.

Vi tus pies, con tus uñas rojas recién arregladas, porque el glamour nunca lo perdiste. Me imaginé aquella tostada de pata que te compré una noche de feria… y que en la cocina aún tenía hierbas de olor y vinagre.

Vi tus piernas, esos muslos dulcísimos, como un corte de primera que en un asado quise prepararte, pero nunca me dejaste, porque dijiste que yo, como buen vegetariano, no comería.

Vi tu vientre, en el cual me perdí tantas veces, y pensé en aquella tarde, en Atlixco, cuando comías un menudo que te invité en el mercado.

Tu costillar, en un mole de olla; y tu cadera… en un mole de caderas.

Incluso me imaginé fileteando tus pechos, empanizando y friendo, acompañándolos con ese puré de papas que tanto te gustaba.

Tu boca, tu lengua, tus cachetes rebosantes, tu cerebro… como los tacos que una noche te compré saliendo de misa.

Tu 90-60-90 tan exquisito, como nunca.

No sé en qué momento tenía el set de cuchillos en la mano. No sé en qué momento se me olvidó que soy vegetariano. No sé en qué momento quise devorarte de otra manera. Sólo pensaba en tu permiso para alimentarme de ti.

Ya no podría beber el agua salada de tus ojos, tampoco la savia dulce de tu boca, ni ese líquido bendito que brotaba de tus labios, después de besarlos tanto hasta que se convirtieran en mi cena o desayuno.

Antes de hacer el primer corte te abracé y, sin querer, me quedé dormido.

Cuando desperté, no estabas.

Cuando desperté, sólo la almohada.

Cuando desperté, el alivio.

Cuando desperté… aunque lejos, estabas viva… y con eso vino la esperanza.

 

 

 

 

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