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Crónicas urbanas: Vida de perro

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El amor por los perros de la calle duró hasta que llegó su excremento

(crónica invitada)
Mayra Labastida

El calor está terrible a las dos de la tarde. Espero que se abra la puerta de la escuela para ir por mi hijo más pequeño. Llegué unos veinte minutos antes de la hora. Busco un árbol para tomar un poco de sombra, ahí junto a la señora de los dulces. Ella también llegó temprano.
Junto con ella un par de perritos flacuchos que la siguen a todos lados.
-¿Vive cerca ? Le pregunto para que el tiempo se pase rápido.
-Si aquí por La Libertad.
⁃ ¿Son suyos?
⁃ ¿Qué?
⁃ Los perritos.
⁃ Siempre me siguen y pues los ando trayendo.
⁃ Bueno ya tiene quien la cuide. Y se ríe asegurando su falta de interés.
⁃ ¿Cómo ve que ya propusieron matarlos?
⁃ ¿A quienes ?
⁃ Pues a los perritos callejeros.
⁃ ¡Ora! . No, pobrecitos, ellos qué culpa si ni decidieron venir, estos dos son de por mi colonia, desde chiquillos se fueron a refugiar en la casa, ahí donde tengo unas macetas afuera. A mí me dieron lástima y pues les saqué de comer, les di agua y ya ve que luego no se van.
⁃ ¿Pero no son suyos?
⁃ Pues no entran a mi casa, es que son sucios, andan dejando todo por ahí regado, se hacen donde sea y yo no tengo tiempo de estar cuidando perros, vivo con mi esposo pero él trabaja en la fábrica de algodón ahí en Cholula, nunca está en la casa, vivimos solos. No sé si sea buena idea la de matarlos, aunque la suerte de estos pobres abandonados siempre es mala. De todas maneras, si no los agarran para matarlos en las perreras, los matan para hacerlos taquitos o tamales.
⁃ ¿A poco si?
⁃ Siiiii, ¿a poco cree que no? . Se desaparecen los perros, si por eso no creo que les convenga a muchos. – Y se ríe con un rostro de maldad que se disimula entre la sobra de su sombrero de paja -. No se crea, tampoco pienso que sea malo que los maten, de todas maneras terminan muertos ya ve cuántos perritos quedan ahí en la calle, ni cal les echan.
⁃ Y eso todo lo respiramos, le respondo. Imagínese que todo lo que hacen del baño, la basura y los desechos tuvieran luz, ya ni el recibo de luz pagábamos.
No terminaba mi comentario con humor escatológico, cuando uno de los perritos se puso junto a la banca, cerca del árbol donde nuestra conversación mataba el tiempo, y comenzó a defecar frente a nosotras. Supuse que la señora, al sentirse amiga de sus perros de compañía, al menos limpiaría los residuos del pequeño y defecante canino.
-¡Mírelo ahí están de cochinos! y ¿quién va a levantar eso?
⁃ Pues vienen con usted, ¿a poco no trae bolsas? .
⁃ Le digo que nomás me acompañan, ni son míos.
La plática se interrumpió cuando una señora le preguntó por el precio de una bolsa de gomitas. Decidí no seguir más con el asunto y en seguida me despedí. Y mientras seguía esperando me dio por observar la calle. Conté al menos siete cacas de perro, dos bolsas de papas, botellas de pet, una servilleta y como tres chicles que se derretían en la banqueta. Por un momento me puse a reflexionar si realmente sería la solución matar a los perros.
La realidad es que la gente gusta de responsabilizar a otros, la señora de los dulces sí quería a sus perros, que no eran sus perros cuando defecaban, por lo que no la responsabilizaba de limpiar.
Por otra parte me puse a pensar en la propuesta. Si mataran a todos los perritos ¿la calle estaría limpia? Muchos simplemente abren la puerta de su casa y dejan salir a sus perros a cagarle la puerta al vecino. No sólo es una asunto de exterminio, sino de responsabilidad y educación, de aprender a decir «no quiero un perro si no lo sé o puedo cuidar» .
No juzgo a la señora de los dulces, a ella le gusta la compañía de sus perritos, quizá llenan el espacio que le deja su marido.

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