Nuestras plumas

El lenguaje de los actores políticos

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En su columna de este día, el analista político, Fidencio Aguilar Víquez, habla sobre el lenguaje de los actores políticos, tanto a nivel nacional como estatal. 

Fidencio Aguilar Víquez

Nadie tiene una bola de cristal para que vea y nos diga qué es lo que va a suceder en el futuro. Si a duras penas podemos reconstruir el pasado, y eso no por otra cosa sino porque es difícil dar contexto e inteligibilidad a los vestigios (los documentos y monumentos), el futuro que todavía no es resulta más difícil. Con todo, sobre todo en cuanto a política se refiere, es posible interpretar los leguajes, los gestos, los símbolos y hasta los silencios de los actores políticos para que, de alguna manera, comprendamos qué están mirando y, por tanto, qué podría advenir, dado que ellos tienen un lugar y una mirada privilegiados que los coloca –al menos hipotéticamente- en una mejor situación para mirar lo que es posible que acaezca.

El lenguaje es una de las cosas que resultan interesantes para vislumbrar lo que podría sobrevenir, sobre todo cuando se trata de los actores políticos relevantes, como puede ser el presidente electo, el señor AMLO, como es bien conocido; o el presidente en funciones, o algunos de los que aún tienen alguna zona de influencia (y de poder). A nivel local, podríamos pensar en el gobernador en funciones, o el que está detrás de él –al decir de los entendedores de la cosa pública-, o de alguno que otro que pudiera tener margen de acción. Y ahora los que vienen y están a punto de asumir el cargo para el que fueron electos. El mismo excandidato que reclama la anulación de la elección en vistas de todo lo que se introdujo en esa jornada electoral del pasado 1 de julio en que la gente salió a votar con toda la confianza de cumplir una responsabilidad y de ejercer un derecho ciudadano y jamás pensó que se encontraría con tipos armados que sustrajeron las urnas con toda gala de violencia, digo, ese excandidato es un actor relevante en este momento.

¿Qué dicen? ¿Lo que están viendo? ¿Lo que quieren? ¿O lo que pretenden que vea la gente para, de alguna manera, empujarla hacia allá? Y todo aquello sobre lo que guardan silencio, aunque exista, no forma parte de ese horizonte que es la discusión, el debate y la postura sobre la cosa pública, sobre los intereses superiores de la sociedad. Por ello, en primera instancia, el lenguaje es lo primero que llama a atención, no sólo por lo que pudieran señalar, sino también –y sobre todo- por lo que pudieran omitir.

Si regresamos a los años setenta, allá por el 76 o 77, cuando salía el presidente Echeverría y entraba el presidente electo López Portillo, el lenguaje presidencial era el principal simbolismo que predecía y decía lo que había pasado, lo que estaba pasando y, más importante, lo que iba a pasar. Pronto la gente se acostumbró a ese lenguaje un poco raro –al menos para mí que era un niño de 10 u 11 años- que resultaba contradictorio, o al menos cargado de cierta ironía. Si el presidente decía un día que los precios se mantendrían estables, no sólo se asustaban los empresarios, sino toda la gente –o al menos los responsables de las familias- se daba un pequeño golpe con la palma de la mano en la frente para manifestar que sabían que al día siguiente los precios iban a subir. Ese tipo de lenguaje llegó a su clímax cuando el presidente López Portillo en su último informe de gobierno señaló que iba a defender el peso “como un perro”, a la mañana siguiente advino una devaluación que trajo consigo una tremenda crisis económica que puso al país en jaque y detuvo todo viso de crecimiento económico y desarrollo social. Simplemente la economía se le salió de las manos y los paganos fueron todos los ciudadanos mexicanos.

A partir de ahí, el lenguaje fue cambiando al de cirugía mayor. Las medidas económicas fueron rigurosas, llegaron los técnicos financieros, expertos en el manejo de finanzas públicas sanas, el manejo de la deuda exterior e interior, los recortes y los ajustes, los ahorros –sobre todo los ahorros-, todo se movía para lograr la salud económica de la república. Pero tal salud no alcanzó la salud política y moral (el lema de campaña de De la Madrid fue justamente: “La renovación moral de la sociedad”). Fueron los tiempos en que el narcotráfico creció al amparo del poder político y militar. Hubo voces que incluso señalaron al entonces secretario de la defensa nacional de estar involucrado hasta las cachas con los capos del narco y también la famosísima Dirección Federal de Seguridad, en fin, el lenguaje pasó de ser contradictorio a ser irónico: la renovación moral pasó a significar una gran imbricación del poder político con el narco; y más: la protección de aquél para que éste siguiera su curso sin mayores problemas.

¿Qué tipo de lenguaje tenemos hoy en los actores políticos y cómo podemos leerlo? ¿O cómo lo estamos leyendo? De ahí la importancia de mirar con atención lo que dicen los actores políticos. El presidente electo ahora se encuentra muy activo y cada día anuncia quiénes serán sus colaboradores en el gobierno federal. O bien, qué programa implementará o qué obra será relevante. Anuncia el programa deportivo, todo lo que implica, y muestra su gran pasión por el béisbol (gente preparada, dice, para las grandes ligas). Había anunciado un día antes la construcción del Tren Maya, con una inversión de 150 mil millones de pesos. Será una de las grandes inversiones que mostrará una forma y manera de realizar las políticas públicas, una suerte de alianza del régimen entrante con los grandes empresarios. Como diciéndoles: Si se complica lo del nuevo aeropuerto (el famoso NAICM), no se preocupen, invertiremos en el tren. O bien, cuando se reúne con Ricardo Monreal, anticipa de algún modo sus maniobras en el senado. Y así, cada uno de sus anuncios, es un lenguaje de lo que será su sexenio, ni más ni menos.

A nivel local, por ejemplo, llama mucho la atención que el gobernador en funciones dice muchas cosas de lugares comunes, podría decirse que más bien no habla nada, no dice nada, al menos no determinantemente. Habla de la detección de 2 mil 355 tomas clandestinas de robo de combustible, pero en el fondo no está sino reconociendo lo que hace el gobierno federal. O se aprecia su felicitación al dirigente local de la Coparmex, lo que denota no sólo la buena armonía entre ese sindicato patronal y su gobierno, sino un rostro de una sólida alianza en muchos aspectos, incluyendo acaso el económico.

Como se puede ver, no se trata de una bola de cristal, sino de palabras, lenguaje que es preciso mirar con atención.

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