Nuestras plumas

La esquizofrenia política

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Pablo Rodríguez Regordosa
La función es de permanencia voluntaria

Pablo Rodríguez Regordosa

La política es una actividad muy compleja, pues si bien es aquella en que se pueden prevenir grandes males y producir grandes bienes, su ejercicio irresponsable deja sin evitarse grandes males y sin producirse grandes bienes.

Pero quizá lo complejo no estriba en la parte de los resultados, sino en el proceso en sí del ejercicio de la política.

Los clásicos nos han enseñado que hay tres enemigos del alma: el mundo, el demonio y la carne. Cuando niño entendía muy bien lo del demonio, imaginando un mal consejero susurrando los peores consejos al oído. Lo de la carne, no necesariamente lo imaginaba como un buen bistec o corte para asar, sino como esa tentación que tiene su raíz en el instinto de reproducción que a todos nos asiste.

Encontré dificultad, sin embargo, en comprender que al “mundo” se le definiera como “enemigo del alma”, hasta que encontré un documento que precisa que por “mundo” se entienden tres tentaciones distintas: el poder, los honores y la riqueza.

En la actividad política se manifiestan por excelencia todas estas tentaciones: el demonio como mal consejero, el “power appeal” como magneto de personas del sexo opuesto, el ejercicio del poder, el manejo de recursos económicos y las adulaciones del “señor diputado”, “señor presidente”, “señor gobernador”, etc.

No es fácil lidiar con tantas tentaciones, pero claramente personas de buena formación, acompañadas por personas que les ayuden a no perder el piso pueden salir adelante.

Sin embargo, al cabo del recorrido por la política todos estos años he encontrado también diversos perfiles psicológicos, entre los que se encuentran los cínicos, los reservados, los coherentes y una subespecie particular de quienes afirmo padecen “esquizofrenia política”.

Al revisar fuentes de información, encuentro que la palabra “esquizofrenia” es el nombre genérico de un grupo de enfermedades mentales que se caracterizan por alteraciones de la personalidad, alucinaciones y pérdida del contacto con la realidad. También se define como un trastorno mental que dificulta diferenciar lo que es real de lo que no lo es, y también dificulta pensar con claridad, tener respuestas emocionales normales y actuar de manera normal en situaciones sociales.

La sintomatología de la esquizofrenia pueden incluir: sentirse irritable o tenso, dificultad para concentrarse y a medida que la enfermedad continúa, la persona puede tener problemas con el pensamiento, las emociones y el comportamiento, como: escuchar o ver cosas que no existen (alucinaciones), aislamiento y creencias fuertemente sostenidas que no son reales (delirios).

Aquellos políticos que aceptan por bueno ciertas prácticas cuando son ejercidas por ellos, pero las descalifican cuando las hacen otros, padecen esquizofrenia política.

Aquellos políticos que repiten que alguien hizo algo que nunca sucedió, todo para alinear las cosas en función de sus intereses particulares, padecen de esquizofrenia política.

Los políticos que vociferan por el respeto de los acuerdos pero saliendo de las reuniones hacen todo en sentido distinto a lo hablado, sufren de esquizofrenia política.

Los que vociferan contra los políticos que caen en prácticas deshonestas, en el cobro de los moches, o del diezmo, o de la transa en los acuerdos, pero llegado el momento piden su comisión, su compensación o su participación, sufren de esquizofrenia política.

Aquellos que frente a su grupo de seguidores descalifican inmisericordemente a otros actores políticos con mayores responsabilidades que ellos, pero luego se reúnen en privado para buscar beneficios personales para sí a espaldas de su grupo de seguidores, padecen esquizofrenia política.

Lo delicado es que no hay manera de diagnosticar el mal antes de confiar un cargo o responsabilidad a una persona, pues normalmente los síntomas aparecen en el ejercicio del poder.

No hay mal que dañe tan profundamente a las instituciones políticas, que contar entre sus integrantes a personas que padecen esquizofrenia política.

Terminan dividiendo en una lógica maniquea, los buenos son ellos y sus seguidores y los malos son todos los que no son parte de su equipo. Cualquier práctica impropia realizada por ellos o los suyos se justifica por razones de Estado, pero cualquier otro que haga algo similar o de quién se piense o diga que lo hace (aunque la realidad sea diferente), habrá de ser descalificado sin piedad por impuro y contaminado.

Cualquier similitud con la realidad, no es casualidad, escribo sólo de lo que veo, por eso les ratifico la recomendación del clásico: cuando veas a alguien así, aléjate y cuéntaselo a quien más confianza le tengas. Y hazlo rápido, porque la esquizofrenia política es contagiosa.

Que Dios nos libre de esos enfermos.

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