Nuestras plumas

(Relato corto) El espacio del lector : Blanco Azulado

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Foto: unsplash

Gina Vanzzini

“Se murió Sofía”, y ella no supo qué decir, tan solo se quedó en el aire la pregunta que ensombreció el pasado de su madre, también desde una tarde de noviembre, cuando la encontraron sola en el patio de su casa, rodeada de sus perros y de los niños de su hermana.

Esa noche, luego de que los mayores llegaran para cuidar de los más chicos, nubes de un blanco azulado, de aspecto irreal, se sobreponían a otras, más densas y negras, que amenazantes, enmarcaban las entrañas verdes e hirsutas de los cerros. Las señoras que le rezaron el novenario a Sofía traían su veladora, como si con eso fueran a evitar caer en las garras del infierno y de los demonios que acechaban a la vuelta de cada esquina, y tal vez por eso y solo por eso, se permitían tomar parte de las suposiciones necias que siguieron durante semanas al incidente.

–Dicen que fue la Lety –comenzó una de ellas, ahuecando aún más las manos para sostener mejor el fuego de su vela, tal vez temerosa de que su osada hipótesis la estuviera acercando a las azufradas puertas.

–Pero, ¿cómo te explicas? Si la Lety no ha venido desde que pasó Todos Santos porque se fue con el hombre a México… –sostuvo una más, sin velita, muy segura de que la precisión de su comentario la mantendría alejada de los alcances del Juicio Final.

–Acuérdense de que a la Sofi ya casi nadie la quería, solo su mamá y a esa también se la llevó… –y la mujer se interrumpió a sí misma cuando el fuego de las tres se apagó por una corriente fría que les recordó que también sus lenguas y sus ojos serían carne de gusanos algún día.

A Sofía no la había matado ni la Lety, ni el hombre, ni su inefable parecido con su madre. La habían matado el silencio, el olvido y la desesperación.

La mordaza que le puso a sus sueños; el baúl con llave donde se puso a sí misma, y el desánimo que se vistió de los girones de su memoria y llenó de mierda casi todos y cada uno de sus recuerdos, justo antes de que ella pudiera lavarlos en las lágrimas del arrepentimiento y la resignación.

Y era cierto, casi nadie la quería, porque para casi nadie estaba viva, incluyéndose, por supuesto, ella misma. Su madre, desde el día de esa primera muerte, se la había llevado, con el rostro fresco, lleno de emoción a los diecisiete años; lleno de sangre también, y lleno del polvo de los teyolotes sobre los cuales estaba, esa tarde de noviembre, cuando las nubes del irreal blanco azulado parecían danzar delante de las otras, más densas y negras, que auguraban la tormenta.

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