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(Relato corto) El espacio del lector : Lunes por la mañana

Foto: Unsplash

Gina Vanzzini

–¿Le puedo preguntar algo, señorita?

–Mmmh, sí, dígame.

–¿Cómo es que ha llegado hasta aquí?

–No lo sé, simplemente pasó. La verdad nunca me lo había siquiera preguntado.

–Pero, si supo cómo llegar, entonces…

Y entonces, por primera y única vez, me di la vuelta y lo dejé ahí. Supuse, en ese momento, que suspirando y elucubrando. Él y yo apenas éramos esa clase de extraños que se cuentan una que otra anécdota, intercambian un par de miradas recelosas en un café cualquiera, y siguen sus caminos aburridos y llenos del polvo que se levanta por las mañanas. Ni siquiera esperaba verlo de nuevo, en medio de las notas apresuradas en el celular y sus miradas esquivas y, con todo, seguía en mi mente.

–Sabe que estoy aquí para algo –me repetía siempre al inicio de estas, ya para entonces usuales, conversaciones-, lo sabe y no lo quiere ver –me decía, mirando a un horizonte imaginario por encima de los anteojos de pasta negra, mientras arqueaba las cejas, pobladas y con algunas canas prematuras.

–No tengo nada que saber, ni tú nada que me puedas dar –contesté, mientras lo miraba por encima del hombro, la primera vez que se me acercó, después de preguntarme, como lo haría siempre, si podía estar a mi lado.

–Entonces ya sáqueme de aquí y ponga fin a este sufrimiento. Ya no lo soporto más, si Usted no lo hace, entonces lo tendré que hacer yo –finalizaba con una exhalación cuya caricia se quedaba en mi cuello a lo largo del día.

Y entonces, desaparecía, justo cuando iba llegando a mi destino.

Generalmente me acompañaba de la estación de San Lázaro a Insurgentes, todos los lunes mientras me iba sumergiendo, de a poco, en los olores y sabores de la ciudad. No podría decir que tenía una voz aterciopelada, pero sus palabras sí que lo eran. Se metían entre los recovecos de mi mente y jugueteaban ahí por días, lavándose en el agua de la pudicia y cobijándose con el manto de la secrecía.

–Y bueno, ¿entonces qué ha pensado? –me inquirió ese lunes, frente a un par de burócratas semidespiertos y una mujer obesa que ocupaba más de un asiento.

–Nada, ¿qué quieres que te diga? No puedo aceptar lo que me ofreces… -le dije desviando la mirada y tratando de que no se me abriera la bosa que llevaba bajo el brazo- y no es que no quiera, pero simplemente no puedo.

–Podría decirle que en este vagón solo vamos usted y yo y que no hay nada de lo que piensa que está viendo. En realidad, todo es una ilusión.

Mis nudillos palidecieron mientras apretaba con fuerza el tubo que pendía sobre nosotros y el operador frenaba con brusquedad, con lo que se movió no solo el piso, sino también el aire que venía llenándome la cabeza desde la mañana en que comencé a sostener estas pláticas.

–Entonces, no es que no quieras, ¿verdad? Es que, de verdad, no puedes y, tal vez, ni siquiera sabes cómo hacerlo –comenzó a tutearme el lunes siguiente, con cierto desenfado y sin levantar los ojos detrás de las gafas, como usualmente solía hacerlo, en tanto que yo permitía que derribara esa última barrera como una flor que se abre a recibir el sol.

Con todo, esa última vez, no pude, no supe y no quise contestarle. Su aliento, esa tibieza que acariciaba mi cuello mientras viajábamos apretados entre la gente del vagón, se sintió ahora como un aguijonazo frío sobre la yugular.

Liberé el aire contenido en mis pulmones para aliviar un poco el dolor y tratar de olvidar su repentina desaparición. Era cierto. No sabía y no podía hacerlo.

Lo que él me pedía era algo que iba más allá de mis limitaciones y yo, como una niña entumecida por el miedo, solo espiaba a la posibilidad a través del ojillo de la cerradura. La puerta que me pedía trasponer, era todo lo que me habían dicho que estaba bien, era todo lo bueno y limpio en el mundo. Lo otro, no. Lo otro era lo desconocido.

Dejé de verlo por un par de semanas. Llegué a extrañarlo entonces, sus preguntas, en apariencia incoherentes, y su mirada detrás de los anteojos de pasta negra me sacaban del olor podrido del aire del metro y me hacían olvidar los apretujones imprudentes y lascivos de los otros hombres.

–Anda, ¡hazlo! ¿Qué esperas? –distinguí su voz esa noche de miércoles, sintiendo un dejo de alivio a pesar de sus palabras, con su aliento de nuevo en mi nuca, mientras sostenía un trozo de vidrio del vaso que acababa de rompérseme en las manos sobre la tarja de peltre, justo después de haber sobrevivido un día más, pesado y gris, como todos.

Levanté la mirada y lo vi reflejado en el cristal que daba hacia el cubo de luz del edificio, la luz mortecina de la estancia le daba a la escena un aspecto sobrenatural. Sus manos posándose sobre mis hombros y sus ojos, detrás de los anteojos, me llevaron a todas esas mañanas de inicio de semana en las que me sacaba de la rutina. Pero lo que pedía, no podía ni sabía cómo hacerlo, hasta que lo hice.

La sangre se mezclaba con el agua que seguía corriendo, tomando un tono rosa al principio deslavado, que luego se fue haciendo más intenso a medida que el filo del vidrio me permitió hendirlo en mi carne con más certeza y pulcritud. Sus manos entonces acunaron mis hombros y yo sentí un estremecimiento que me recorrió hasta la raíz del alma.

–¿Viste como sí sabes y sí puedes? Ahora eres mía, tienes mi gratitud eterna por hacerlo más fácil de lo que parecía –alcancé a escuchar que murmuraba, cerca, muy cerca, tal vez incluso, dentro de mí.

Esa noche conocí el otro lado. Esa oscuridad donde hay más respuestas que preguntas, esas que no nos atrevemos a ver ni a entender. ¿Que si me dolió? No. Creo que el dolor estaba ya ahí y más bien solo lo saqué de mí, vaciándome de él al dejar correr lo que me quedaba de vida, así, literalmente por el caño.

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