Nuestras plumas

San Agustín y la visión política actual

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Perspectivas sobre la antigüedad y sobre nuestro tiempo del pensador cristiano.

Perspectivas sobre la antigüedad y sobre nuestro tiempo del pensador cristiano.

Fidencio Aguilar Víquez

A Lorena, mi mujer,

en su cumpleaños,

y a los abuelos de mis hijos,

en especial a doña María Luisa

y a don Rodolfo.

Agustín no deja de esclarecer la misión política de los cristianos y, al propio tiempo, sigue siendo un interlocutor relevante para los políticos y pensadores no creyentes en tópicos de la cosa pública. En México, luego de las constantes expresiones del presidente electo sobre la esperanza y la constitución moral, el Hiponense puede responder si un régimen político –cualquiera que éste sea- puede responder a las aspiraciones más grandes y hondas del corazón humano.

En el año 410 las tropas de Alarico llegaban a Roma para demoler los últimos resquicios del poderoso imperio que, para entonces, era cristiano. Los fieles cristianos huían entonces al norte de África y llegaban desesperanzados y escandalizados por la caída de Roma y, muchos sentían, de la misma fe cristiana. Hipona, diócesis de Agustín, los recibió y les esclareció: Roma cae pero no el cristianismo. Porque el cristianismo no se identifica con ningún régimen, con ninguna cultura ni con ninguna ética en especial. Lo cual no significa que éstos no sean valiosos en sí mismos dentro de su natural autonomía. Significa que, más allá de la patria terrena –histórica y temporal-, se abre una patria especial: la del espíritu, la patria eterna.

Sin embargo, no por mirar la patria celeste ha de olvidarse a la patria terrestre. La tradición bíblica, desde Jeremías hasta Pedro y Pablo, había insistido a los fieles a procurar el bien del país (incluso a Babilonia en tiempos de la deportación): “Buscad la prosperidad del país adonde os he deportado y rogad por él al Señor, porque su prosperidad será la vuestra” (Jer 29, 5-7). O en tiempos de Nerón y su persecución, cuando san Pablo invita a orar por los emperadores: “a fin de que tengamos una vida tranquila y sosegada” (Tim 2, 2). Ahí está el justo orden: velar también por la patria terrena, participar en su bien, en su cuidado. La tarea de los fieles no es de resistencia, sino de colaboración. Y, por supuesto, sin perder de vista la patria celeste.

Esa distinción fundamental, que ya estaba en el núcleo del pensamiento cristiano (“Dad y al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Mt 22, 21), es lo que sirve de base a Agustín para su planteamiento teológico y filosófico-político; al César le corresponde todo aquello que tiene que ver con el orden temporal (el poder) y a Dios todo aquello que tiene que ver con el alma y su salvación (la conciencia). Hay una distinción, pero hay una primacía ya marcada en Hechos 5, 29: Obedecer antes a Dios que a los hombres.

Roma cae pero no el cristianismo. Y eso es un aliciente para los cristianos: la fe no está soportada en ningún régimen temporal. Y al mismo tiempo es una respuesta al mundo de los no creyentes que increpaban a los cristianos de que Roma caía porque se había hecho cristiana y había abandonado el culto de sus dioses tradicionales. El obispo de Hipona les responde básicamente: Roma cae por la decadencia de sus costumbres, por la corrupción de sus dirigentes y porque había dejado el ejemplo de los grandes hombres que la habían forjado. Y más: querer volver a la adoración de los antiguos dioses era una insensatez porque era pretender adorar a formas humanas deformadas, a dioses viciosos, mentirosos, egoístas. Les llama por su nombre: demonios. Se trata de las fuerzas y potestades que se muestran tras el poder cuando se vuelve anónimo (Véase el estudio de Ratzinger/Benedicto XVI: Liberar la libertad. Fe y política en el tercer milenio, BAC, Madrid, 2018, 50-73).

De esa suerte, da un paso más: distingue dos amores y dos ciudades que cada uno de esos amores funda: la ciudad de Dios y la ciudad del mundo (Ciudad de Dios, XIV, 28); si no hay distinción y respeto a esas fronteras, entre la patria terrestre y la celeste, si hay que escoger entre una y otra, sobre todo cuando el poder se vuelve instrumento de esas fuerzas anónimas, potestades demoníacas, se pervierte el sentido y el significado de la patria terrenal e histórica, y el cristiano entonces está obligado en su conciencia a elegir la ciudad de Dios. Sería el caso extremo, por ejemplo en la persecución cristiana por parte del imperio romano (o de cualquier otro imperio que quiera volverse divino).

Ningún régimen, por tanto, responde a las esperanzas humanas más hondas de bien y felicidad. No sólo no es posible, sino que estaría usurpando una dimensión que va más allá de lo meramente humano. Eso se aprecia mejor si vamos de la antigüedad a la modernidad. En la edad moderna, el sano proceso de secularización y del descubrimiento de la laicidad del mundo, llevaron, empero, a un fenómeno de identificación o cuasi identificación entre la providencia y el estado: casa, vestido y sustento, que antes se imploraba a Dios, ahora es lo que el estado debería garantizar: trabajo, salud, educación, bienestar hasta las anheladas pensiones. De esa suerte el estado se vuelve dueño y señor de todo, de la vida y de la muerte de los ciudadanos, si acaso sólo les deja su conciencia y su vida privada.

El liberalismo moderno, desde luego, ha aportado mucho para defender al individuo del estado y de sus poderes: la libertad y la propiedad no se tocan. Pero el cristianismo -y Agustín especialmente- es más hondo: ante todo la conciencia. Por ello, el cuidado de la conciencia se vuelve lo más relevante tanto para el individuo como para la familia. El estado está limitado, aunque tenga el monopolio del poder.

La desmitificación del estado la hizo el cristianismo desde el inicio, primero con su fundador y luego con sus primeros seguidores. Agustín y otros dieron cuerpo a la doctrina y formularon que la conciencia, la libertad y el destino humano no deben someterse al imperio del estado, si bien han de colaborar con él en todo aquello que puede significar bienestar. Es uno de los aportes de Agustín para todos los tiempos y especialmente el nuestro, para no olvidar nuestro origen y nuestro destino.

@Fidens17

 

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